En materia de derechos ciudadanos, el Gobierno cubano insiste no sólo en permanecer anclado en el pasado, sino en retroceder. En fecha reciente el Ministro de Educación Superior emitió un documento para el Reordenamiento del Trabajo Político-Ideológico en las Universidades que, entre otros tópicos, la declarada Universidad para todos devendrá nuevamente en Universidad sólo para los revolucionarios.
Los derechos civiles y políticos, como las libertades de conciencia, palabra, prensa, reunión, asociación y derecho de sufragio, constituyen la base de la comunicación, del intercambio de opiniones, de concertación de conductas, de la toma de decisiones y de la formación de asociaciones mediante las que se expresan los intereses individuales o de grupos y que constituyen la garantía de la participación ciudadana en la vida pública y en las principales definiciones de la Nación.
La decisión no sólo constituye la negación del precepto martiano que reza: Con todos y para el bien de todos. También niega nuestra historia constitucional, por ejemplo: los derechos individuales reconocidos en la primera constitución mambisa de 1869 como las libertades de culto, imprenta, reunión pacífica y enseñanza; los recogidos en la constitución republicana de 1901 -libertades de expresión, de palabra o escrita, por medio de la imprenta o por cualquier otro procedimiento-; los derechos de reunión y de asociación “para todos los fines lícitos”, la libertad de movimiento para entrar y salir del país; y finalmente los derechos refrendados en la Constitución de 1940, que amplió los de la anterior constitución con el derecho a desfilar y formar organizaciones políticas contrarias al régimen, la declaración de punible a todo acto de prohibición o limitación del ciudadano a participar en la vida política de la nación, la legitimidad de oponer resistencia para la protección de los derechos individuales y la autonomía de la Universidad de la Habana, entre otros. Un conjunto de derechos y libertades que hicieron de esta Constitución un modelo de legislación democrática para la época en todo el continente.
En enero de 1959 al quedar conformado el primer gabinete gubernamental, en lugar de la promesa de restablecer la Constitución de 1940, como había expresado Fidel Castro en La Historia me Absolverá, ésta fue reformada, sin consulta popular, para conferir al Primer Ministro las facultades de Jefe de Gobierno y al Consejo de Ministros las funciones del Congreso; una modificación similar a la que había hecho Batista con los Estatutos que sustituyeron la Constitución después del Golpe de Estado de 1952. Acto seguido se procedió al desmontaje de la sociedad civil y de todos sus instrumentos, incluyendo la autonomía universitaria.
Los antecedentes insulares de la Reforma Universitaria se remontan a los esfuerzos realizados desde la época colonial por figuras como Félix Varela y José de la Luz y Caballero, pero su antecedente más inmediato data de enero de 1923, cuando el estudiantado de la Universidad de La Habana -bajo la influencia del Manifiesto de Córdoba, que los estudiantes argentinos enarbolaron en junio de 1918- demandaron la educación superior gratuita y la autonomía universitaria.
Aprovechando el conflicto surgido entre estudiantes y profesores por la expulsión de un alumno de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de La Habana se creó el Consejo Superior de Universidades con profesores y estudiantes de los tres centros universitarios del país y representantes del Gobierno. Dicho Consejo acometió el trabajo que concluyó con la Reforma Universitaria presentada el 10 de enero de 1962. Ese mismo año, el dirigente comunista cubano Carlos Rafael Rodríguez, en un artículo publicado en la prensa, resumió el alcance de la Reforma en tres preguntas: ¿Qué, cómo y quiénes van a estudiar? El qué y el cómo respondían a la nueva situación creada con el arribo de los revolucionarios al poder. En el ¿quiénes? radicaba la esencia del problema. La nueva Universidad, decía él, será regida conjuntamente por profesores y alumnos, donde la participación estudiantil, surgida de las luchas desde los años 30, era casi un requisito, pero, aclaró: “en la medida en que la revolución universitaria es obra de una verdadera revolución y que el socialismo preside las transformaciones, no es posible pensar en los profesores y los estudiantes como dos grupos antagónicos… Un profesor de conciencia revolucionaria, orientado por el marxismo leninismo y militante de esa ideología durante años (se refería a Juan Marinello), no necesitará de la presencia vigilante de los estudiantes junto a él en el gobierno de la Universidad, porque tendrá la madurez suficiente para enfocar los problemas de la educación superior con un criterio certero”.
De esa forma, la Autonomía Universitaria -conquistada durante las luchas estudiantiles en la República, y refrendada en el artículo 53 de la Constitución de 1940, el cual reza: “La Universidad de La Habana es autónoma y estará gobernada de acuerdo con sus Estatutos y con la Ley a que los mismos deban atemperarse”- sin ser derogada legalmente, de hecho dejó de existir.
Desde esa época, la Universidad, una de las fuentes más importantes de cambios sociales en nuestra historia, quedó inutilizada para esos fines. Una de sus peores consecuencias radicó en que bajo ese estado de control, el Estado totalitario enarboló la consigna de la Universidad para los revolucionarios, consigna que se materializó en la separación de cientos de estudiantes y profesores que no compartían la ideología del sistema. Sin embargo, con el proceso posterior de universalización de la enseñanza superior, parecía que la Universidad, aunque sin autonomía, sería nuevamente para todos. Ahora, en pleno siglo XXI, en medio de la crisis más profunda de nuestra historia, el Estado cubano, en lugar de restablecer los derechos cívicos, decide retroceder con la declaración de la Universidad para los revolucionarios.
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Tomás Romay Chacón (1764-1849), hombre enérgico, de exquisita sensibilidad, católico convencido y amigo consecuente, fue una de las grandes figuras cubanas de fines del siglo XVIII y primera mitad del XIX. Se destacó como médico e higienista, escritor y poeta, orador e historiador, catedrático, político, economista y amante de las ciencias jurídicas. participó en la fundación del Papel Periódico de La Habana y de la Sociedad Económica Amigos del País, fue profesor de la Real y Pontificia Universidad de La Habana donde ocupó el decanato de las facultades de Filosofía y de Medicina, realizó contribuciones a la apicultura y al incipiente movimiento literario de su época, ocupó la dirección de la Junta Central de Vacuna y abogó por la instrucción primaria gratuita, vinculó el estudio de las ciencias naturales con la lucha contra la escolástica.
En política era un hombre de su época y de su clase, defensor del sistema establecido y admirador de la monarquía española. El 20 de mayo de 1820 publicó Purga Urbem, un artículo en el que se proclamó enemigo intransigente del liberalismo revolucionario y de la independencia de las colonias americanas; una prueba irrefutable de que se puede ser forjador de la ciencia, de la cultura y de la nacionalidad sin ser revolucionario, pues la historia es obra de todos los que aportan a ella.
A pesar de su labor enciclopédica, fue en la medicina –primera carrera profesional que se estudió en la colonia y a la que consideraba la ciencia más útil a la humanidad– donde realizó sus mayores aportes. En ella obtuvo la licenciatura, la cátedra de Patología y el grado de Doctor en Medicina con una tesis, defendida en 1792, sobre el contagio de la tuberculosis. Dos años después, ante la Junta Ordinaria de la Sociedad Patriótica de Amigos del País –primera reunión científica de médicos cubanos– presentó la Disertación sobre la fiebre maligna llamada vulgarmente Vómito Negro, enfermedad epidémica en las Indias Occidentales; un ensayo que inauguró la bibliografía médica en Cuba y por la cual fue designado Miembro Correspondiente de la Real Academia de Medicina de Madrid.
Su principal contribución fue la introducción en Cuba de la vacuna contra la viruela. Tres años antes de que el médico británico Edward Jenner anunciara en 1798 el descubrimiento de la inoculación preventiva contra la viruela, Romay ya había publicado un artículo sobre el tema. Posteriormente cuando las autoridades coloniales decidieron introducir la inoculación por medio del virus de las vacas, el científico cubano recorrió todo el territorio de la Isla en la búsqueda de pus vacuno sin resultados. Fue de forma accidental que conoció del arribó a La Habana de una familia procedente de Puerto Rico con tres niños recién vacunados contra la viruela, en perfecta supuración. Romay hizo contacto con la madre, tomó el pus de los niños e inoculó a varias decenas de personas de todas las edades, sexos y condiciones.
Luego, ante la campaña difamatoria de los enemigos de la inoculación procedió a vacunar a dos de sus hijos y a otros niños en presencia del Real Tribunal del Protomedicato con resultados positivos. Desde ese momento y durante más de tres décadas se consagró a la vacunación antivariólica. En febrero de 1833, con 69 años de edad, Romay participó en la lucha contra el cólera morbo aparecido en La Habana, una enfermedad que en 54 días mató más de 8 000 personas, entre ellas a su hija primogénita.
Su influencia en el desarrollo de la medicina y de la ciencia en Cuba se desarrolló también gracias a la influencia en alumnos suyos, como fue el caso del Dr. José Estévez y Cantal quien, además de resultar el mejor químico de su tiempo, consolidó una nueva rama de la Terapéutica: la Hidrología Médica. Estévez realizó el análisis de las aguas de San Diego, la más famosa de nuestras fuentes minero-medicinales, para el aprovechamiento de sus propiedades curativas. A Través de Estévez, la Botánica, la Química y la Mineralogía se introdujeron en la Isla y contribuyeron de manera extraordinaria a desarrollr el movimiento de reformismo cultural y científico.
Romay se destacó en la introducción de métodos científicos en la práctica docente médica. En 1834, cuando se inauguró oficialmente la clase Clínica Médica, fue su primer catedrático. Su tesis consistía en que había que aprender la especialidad junto a la cama del enfermo. De igual forma introdujo los estudios de la Anatomía sobre el cadáver y los de Clínica en la sala de los hospitales, llevó a los alumnos a las salas de los enfermos y a la morgue para la práctica de autopsias. Fue a partir de ese momento que comenzó la enseñanza regular y metódica de la Clínica en los hospitales.
Como médico su trabajo siempre tuvo un carácter predominantemente social. Fue médico auxiliar en los hospitales de Marina; médico auxiliar de la sala de enfermos establecida en el Convento de Belén; médico general de la Real Casa de Beneficencia desde su fundación; médico del Convento de religiosos de Santo Domingo; médico del colegio de niñas de San Francisco de Sales; médico del Monasterio de Santa Catalina; médico del Real Colegio Seminario de San Carlos; médico general auxiliar del Hospital Militar establecido extramuros y médico principal del Hospital Militar de San Ambrosio.
Por sus contribuciones al estudio de la Fiebre Amarilla, por sus actividades de prevención de enfermedades que lo convirtieron en el primer gran higienista cubano, por la introducción de métodos científicos en la práctica docente, por su lucha contra la escolástica en la enseñanza, por su influencia en los alumnos y por la introducción de nuevos métodos de pensamiento, sentó los principios de la ciencia en Cuba. Tomás Romay, uno de los forjadores de nuestra cultura nacional es un vivo ejemplo de que el servicio a la patria no se limita a batallas militares, que a la misma se le puede servir en cualquier campo con independencia de las ideas políticas: una enseñanza para todos, especialmente para los gobernantes.
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Paralelo a la labor de Arango y Parreño, el padre José Agustín Caballero y de la Barrera (1762-1835) se ocupó de la reforma en el pensamiento como premisas para el avance de la ciencia y de la cultura. Filósofo y teólogo, Caballero encabezó primero la cátedra de Filosofía en el Seminario y después hasta el final de su vida, la cátedra de Sagrada Escritura y Teología Moral. Dotado de conocimientos enciclopédicos, fina sensibilidad, conducta ética e ideas ilustradas, enfrentó desde el catolicismo los prejuicios escolásticos que impedían el avance de la colonia.
Con el apoyo del gobernador Caballero definió que la primera causa para salir del estado de estancamiento cultural de la colonia radicaba en las obsoletas formas de pensamiento, objetivo a la que enrumbó su actividad teórico-práctica hasta devenir exponente de un pensamiento filosófico innovador que dio inicio a la reforma de la añeja filosofía medieval. Por y para eso estructuró desde la lógica, la metafísica, la física y la ética su Philosofia Electiva (1797): primer intento de adecuarse al pensamiento moderno y uno de los primeros esfuerzos por sistematizar los conocimientos filosóficos en la Isla. El apellido electivo de su filosofía significaba la no aceptación de verdades absolutas ni sometimiento a autoridades en materia filosófica o científica y lo identificaba con el método mediante el cual el sujeto, pensando por sí mismo, se remonta a los principios generales, los examina, discute y extrae sus propias conclusiones; un método en el cual la escolática quedaba inutilizada.
Al referirse a esos aportes en una oportunidad, su sobrino materno José de la Luz y Caballero, escribió: “… fue el primero que hizo resonar en nuestras aulas las doctrinas de los Locke y de los Condillac, de los Verulamios y los Newtones. Fue el primero que habló a sus alumnos sobre experimentos y física experimental”.
Según Torres Cuevas su solución a los problemas no provoca ruptura sino conciliación entre el viejo sistema de ideas y el nuevo. “Su pretensión –decía Cuevas– es desarrollar la crítica de la escolástica, eliminando todo lo que obstaculiza el desarrollo de las ciencias, pero sin romper los pilares fundamentales del sistema”. Por su parte, Ternevoi, en su obra La Filosofía en Cuba, 1790-1878, plantea que: “ni en la lógica ni en toda su filosofía Caballero fue consecuente hasta el final, pues evitó los problemas escabrosos y orilló el materialismo y el ateismo”.
Considero, respecto a estos criterios, que al valorar la conducta de cualquier figura histórica hay que tener en cuenta el tiempo, el espacio, sus intereses y su propia formación. Caballero es un hombre de la Iglesia, un teólogo, miembro de una clase social en formación, por lo tanto, como a todo hombre que le toca ser protagonista en una época de transición, asume la ruptura o la evolución, es decir, la revolución o la reforma. Y Caballero optó por la segunda. Formado en la escolástica, inició su negación mediante la reforma. Ternevoi juzga a Caballero de forma atemporal desde la óptica de la filosofía marxista, como si el ilustre cubano fuera un simple profesor de marxismo, ignorando que su grandeza está en haber hecho lo que hizo desde la misma escolástica y desde las aulas del Seminario mucho antes del surgimiento del marxismo. Su propósito, y lo cumplió a cabalidad, era crear un método de conocimiento para promover el desarrollo científico y social. Fue, por su acción reformadora, el último escolástico cubano del siglo XVIII y el primer filósofo del siglo XIX; fundador de la filosofía y cofundador de la ciencia en Cuba. Ese es su indiscutible mérito, por eso no sólo debemos recordarlo y agradecerle, sino también enfrentar, como él lo hizo, los retos de nuestro tiempo: reformar todo lo que sea necesario, que en la Cuba de hoy es casi todo.
En materia de educación fue el primero que se pronunció por la supresión del latín, la implementación del estudio del español en las escuelas, la generalización de la enseñanza primaria gratuita y la impartición de la enseñanza a las mujeres, elementos que constituyen parte de su obra en la reforma educacional. Fue también el primero que habló de experimentación física en Cuba, tema a los que dedicó varias de sus obras y discursos, entre ellos: “Discurso sobre la Física” (1791); “Educación de los hijos” (1791); “Pensamientos sobre los medios violentos de que se valen los maestros para educar” (1792); “Reflexiones sobre el verdadero filósofo” (1792); “Ordenanzas para las escuelas gratuitas de La Habana” (1794); “Discurso sobre la reforma de estudios universitarios” (1795); y “Discurso sobre la educación de las mujeres” (1802). Su actividad cultural se extendió al resto de las instituciones de la época, entre ellas a la Sociedad Patriótica, calificada por Martí “como la más alta mentora de las sociedades cubanas”, a la vez que realizó innumerables aportes, ideas y proyectos salidos de su pluma que se diseminaron por la sociedad habanera desde las páginas del Papel Periódico de La Habana.
A comienzos del siglo XIX Caballero concibió y preparó el primer proyecto de gobierno autonómico para Cuba, una legislación inspirada en el derecho público inglés y único documento en que despliega su interpretación de las doctrinas políticas. Era éste también un proyecto de reformas mediante el cual se proponía continuar la modificación del sistema colonial en correspondencia con los intereses de la oligarquía criolla; y en 1813 se hizo cargo de la educación de su sobrino, José de la Luz y Caballero, lo cual representó una nueva y valiosa contribución. Si a esto último se hubiera limitado su labor, de todas formas ocuparía un lugar destacado en nuestra historia.
Sin embargo, su principal aporte consistió primero, en comprender que las transformaciones del siglo XIX eran imposibles con los métodos de enseñanza existente y actuar en correspondencia. En ello radica lo imperecedero de su obra, pues, aunque nos separen casi dos siglos de su muerte, en la Cuba de hoy como en la de ayer, las reformas en la enseñanza, en la cultura y en la sociedad en general, constituyen una imperiosa necesidad. Por su legado, José Agustín Caballero constituye una de las principales piedras fundacionales de nuestra nacionalidad.
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Después de la retirada de los ingleses en 1763, Carlos III suprimió el monopolio del comercio, habilitó los puertos españoles para el tráfico mercantil con Cuba y contrató la introducción de esclavos. Un conjunto de medidas que brindaron a la oligarquía criolla la oportunidad para materializar el sueño e convertir a Cuba en la primera productora mundial de azúcar y café, un proyecto económico –el mejor estructurado de nuestra historia– en el cual el político, abogado y economista Francisco de Arango y Parreño (1765-1837) se alzó como la figura principal.
Sus ideas sobre el fomento de la economía están contenidas esencialmente en dos trabajos: En el Discurso sobre la agricultura de La Habana y medios de fomentarla (1792), donde analizó de forma global las características de una empresa fabril desde el flujo de producción, pasando por la fuerza de trabajo, hasta la financiación, la distribución y los mercados; y en el informe Resultan grandes perjuicios de que en Europa se haga la fabricación del refino (1794), en el que analiza los mecanismos empleados por las metrópolis europeas para la dominación colonial. Fue ésta la primera crítica al mercantilismo realizada en una colonia española y constituye por eso una obra pionera del pensamiento económico.
La ruina de Haití y el vertiginoso aumento de los precios del azúcar y el café, provocado por la revolución en la isla vecina, crearon las condiciones para que Cuba ocupara su lugar en el mercado internacional. El obstáculo principal estaba en la fuerza de trabajo esclava, ante lo cual los hacendados criollos optaron de forma resuelta por una economía pura al margen de la ética. Precisamente la vida política de Arango comenzó como Apoderado del Ayuntamiento habanero ante el gobierno metropolitano, donde logró, gracias a su informe de 6 de febrero de 1789, la libre introducción de esclavos, primero por dos años y después por seis años más. Entre enero de 1789 y abril 1804 se dictaron catorce reales cédulas, órdenes y decretos que impulsaron el negocio negrero hasta devenir en punto de arranque del sistema moderno de explotación y base de la acumulación capitalista originaria. Así el azúcar convirtió a la Isla en una gran plantación que cambió radicalmente su geografía, su estructura económica y todos los aspectos de la sociedad colonial. Ya en la década de 1830 Cuba era la primera exportadora mundial de azúcar, café, mieles, aguardiente y cobre, y estaba entre las primeras del mundo en cera, miel de abejas y tabaco; mientras la población negra superaba en número a la blanca.
Dos de las consecuencias de la nueva posición de la isla de Cuba fueron: 1- Por sus intereses económicos los hacendado criollos se mantuvieron ajenos a la lucha independentista desarrollada en todo el continente durante el primer cuarto del siglo XIX, pues la guerra implicaba su ruina como clase social; quedaron atrapados en un conflicto insoluble: necesitaban libertad para su clase y esclavitud para los negros. 2- El miedo al negro, surgido en ese contexto, puso a la orden del día las preocupaciones por las sublevaciones de esclavos y el aumento de la represión. Ante esa realidad el sentir de los hacendados esclavistas fue expresado por Arango y Parreño en las Cortes Españolas, donde más o menos dijo: la libertad de su clase antes que la libertad del esclavo; los españoles antes que los africanos; los ciudadanos antes que las gentes de color. Ideas en las que se basó la Cuba de plantación, colonial, esclavista y burguesa.
Sometidos en la plantación a la esclavitud de por vida, los esclavos conformaron agrupaciones humanas prácticamente sin mujeres, rompiendo el concepto de familia. Fue un poco más tarde, cuando la interrupción del tráfico negrero era evidente que nuestro ilustre estadista logró la libertad para introducir mujeres esclavas con fines productivos y reproductivos. En su ingenio –el mayor del mundo en la época– durante la década de 1820 toda la caña fue cortada y alzada exclusivamente por negras; mientras la cría de esclavos, a imagen y semejanza de la cría de animales, generó efectos tan horribles como las madres infanticidas que en actos de “amor” optaban por eliminar a sus descendientes para que no sufrieran los horrores de la esclavitud.
Para dominar la desobediencia se empleó un abanico de castigos que generalmente se ejecutaban a la entrada del barracón como muro de contención al espíritu de rebeldía: el azote, el boca abajo, el novenario, la escalera y el bayona, eran parte del repertorio. De tan infernales condiciones de vida –más bien de muerte– brotaron el cimarrón, el palenque y las conspiraciones. Una violencia que se manifestó con total desnudez durante las sublevaciones esclavas. Un lugar especial corresponde a la insurrección liderada por el negro libre José Antonio Aponte y Ulabarra, cuyo objetivo era abolir la esclavitud y derrocar al gobierno colonial. La escalada de violencia llegó a su cima en 1844 con la horrible represión conocida como “Conspiración de la Escalera”, en la que fueron involucradas más de cuatro mil personas negras y blancas, 57 fusilados, 817 encarcelados 334 desterrados y más de 300 muertos durante los procesos de investigación. Además de los muchos negros y mulatos cubanos que tuvieron que partir hacia el exilio en México.
El pragmatismo de las cajas de azúcar constituyó un intento de desarrollo económico basado en la subordinación de una población que constituía la mitad de la Isla. En el desconocimiento del diferente, que atraviesa nuestra historia hasta el presente, están los gérmenes del resultado obtenido. Cierto es que Arango hablaba de “patria” a los cubanos, pero de una patria excluyente. Uno de sus grandes aportes, y el menos mencionado, radica en haber demostrado lo pernicioso e inviable de cualquier proyecto dirigido al progreso de un grupo social en detrimento de otro. Se puede sí, crecer en la economía o en cualquier otro ámbito durante algún tiempo, pero no se puede progresar; mucho menos conformar una nación, desconociendo los derechos de una parte tan sensible de los nacionales. Cuba devino primera exportadora de azúcar pero terminó sumida en el horror, la sangre, el odio y los prejuicios raciales que aún subsisten.
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Lo que Cuba fue a partir de 1762 tiene mucho que ver con la ocupación de La Habana por Inglaterra. Un acontecimiento que no sólo dividió nuestra historia en un antes y un después sino que marcó el rumbo futuro de la Isla.
La Guerra de Sucesión (1702-1714) que dio inicio a la dinastía Borbónica en España culminó con los acuerdos firmados en Utrecht y sentó las bases del primer imperio colonial británico. Gracias a esos acuerdos Inglaterra obtuvo el privilegio del asiento de negros esclavos y la introducción de cientos de toneladas de productos ingleses en territorio americano. Algunas décadas después, durante la Guerra de los Siete Años (1756-1763) entre Inglaterra y Francia, la Corona española, ligada por lazos de sangre a los galos, participó en la contienda y en respuesta la Armada Británica consumó un viejo sueño imperial: ocupar La Habana, el centro marinero y militar de defensa y comunicaciones del imperio español sin el cual el dominio naval del Caribe resultaba incompleto.
La acción –la mayor movilización militar y naval de la historia americana hasta el siglo XIX– se desarrolló entre el 7 de junio y el 12 de agosto de 1762 y tuvo por escenario principal la toma Morro habanero. De un lado, el conde Albermarle con 53 buques de guerra, más de 200 transportes y miles de hombres que representaban más del 50% de las fuerzas navales inglesas en el Caribe. De otro lado, el mariscal Juan del Prado con 14 buques anclados en la Bahía, las fortalezas del sistema defensivo y unos 9 mil efectivos, incluyendo milicianos del vecindario.
El 7 de junio los ingleses comenzaron el ataque por Cojímar y Bacuranao para tomar Guanabacoa, ocuparon la Cabaña y el día 27 de ese mismo mes sus primeras fuerzas llegaron hasta el foso. A partir de ese momento se desarrolló una tenaz resistencia. Dos días después explotó la mina que había sido colocada por los zapadores y por la brecha abierta entraron cinco regimientos que durante una hora combatieron cuerpo a cuerpo hasta que la fortaleza quedó dominada. El día 11 de agosto comenzó el ataque a la ciudad y al día siguiente se firmó el acta de capitulación. El saldo: 5 000 muertos de la parte británica y 3 700 por la española, de ellos unos 800 negros esclavos, muchos de los cuales fueron pasados a cuchillo en venganza por sus intrépidas acciones contra los británicos. En la primera de esas acciones, trece de los esclavos que se hallaban en el Morro salieron sorpresivamente machete en mano, se lanzaron sobre una avanzada enemiga, mataron a uno de sus miembros, hicieron siete prisioneros y pusieron al resto en fuga. En la segunda, otro grupo salió por la Puerta de Tierra, mataron a un Capitán, a una parte de la tropa e hicieron 47 prisioneros, ocupando tres Banderas.
El 6 de julio de 1763 los ingleses devolvieron La Habana a cambio de la Florida, pero nada volvió a ser como antes. Una vez restablecido el dominio español, los intentos de restituir los viejos controles monopólicos fueron insuficientes para contener el flujo comercial entre Santiago de Cuba y el Caribe; mientras los hacendados bayameses y santiagueros criaban ganado para los productores de café, añil y algodón de Santo Domingo. De ahí que la importancia de la ocupación inglesa no radica precisamente en la guerra, sino en la influencia que tuvo en el devenir de la Isla.
La ocupación británica suprimió la Real Compañía de Comercio, la Real Factoría de Tabacos y abrió el puerto habanero al comercio internacional, en particular con las trece colonias de Norteamérica. Según cálculos, en los 11 meses de ocupación unos 900 buques entraron al puerto de La Habana. La ocupación completó la entrada de Cuba a la civilización occidental al marcar definitivamente la orientación del espíritu insular. Con ella los cubanos adquirieron de forma práctica la verdadera dimensión de la situación geográfica de la Isla para el comercio marítimo y descubrieron una atmósfera más tolerante en materia política y religiosa. Aunque la oligarquía criolla quedó en lo político sujeta nuevamente al poder colonial español, ahora contaba con una capacidad de influencia, de comercio y de transporte superior a la que poseía anteriormente.
Además de tener que aceptar la apertura del comercio, el gobierno español puso fin a algunos privilegios injustos e inició un programa de obras públicas orientadas por Carlos III –el representante más genuino del despotismo ilustrado español– que embellecieron a la capital. En pocos años La Habana se llenó de fuentes y avenidas, se construyó el Palacio de los Capitanes Generales y el de Segundo Cabo y se culminó la Catedral de La Habana. El monarca español había llegado a la conclusión-por supuesto después de la presencia inglesa en La Habana– que la mejor forma de conservar la colonia era mejorando la calidad de vida de sus súbditos. Un salto impensable sin el impacto de la ocupación. La toma de La Habana demostró la relevancia de la libertad del tráfico marítimo y la necesidad de una marina mercante que lo asegurase e influyó en la forma de vida y en las concepciones políticas y jurídicas de la intelectualidad criolla. Por ejemplo, el padre José Agustín Caballero propuso, en 1781, una legislación local inspirada en el derecho público inglés.
En el plano económico, la naciente plantación azucarera-tabacalera contó con todas las condiciones para un desarrollo vertiginoso. La capacidad de producción instalada, el capital acumulado para la compra de esclavos y la libertad de comercio aceleraron la tendencia plantacionista. El comercio de seres humanos, una necesidad fundamental de la oligarquía habanera comenzó a realizarse directamente y más barato con los negreros ingleses. Se dice que en el momento en que se firmaba la rendición, ya esperaba en la bahía habanera el primer barco cargado de herramientas parlantes para hacer su entrada al puerto. Sin embargo, los logros de la oligarquía, tal y como ocurrió anteriormente con Félix de Arrate, constituían una gran injusticia hacia otros sectores sociales, especialmente hacia la creciente población negra, libre y esclava. La presencia inglesa en La Habana demostró la importancia vital de las libertades pero demostró también lo inútil y peligroso de realizar cambios para una clase en detrimento del resto de los sectores de la sociedad sobre la base de “la igualdad en la desigualdad”.
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Aproximadamente entre 1510 y 1550 la economía de la isla de Cuba se basó en la minería y el trabajo obligatorio de los aborígenes. Desde esa fecha y hasta fines del siglo XVII predominaron la ganadería y la marinería militar; un período en que el desarrollo de la ciudad de La Habana se basó en los servicios marítimos y constructivos. En ese contexto emergió la figura de José Martín Félix de Arrate y Acosta (1701-1764) primer ideólogo de la oligarquía habanera.
Ese sector de la sociedad, integrado por familias con orígenes semejantes e intereses comunes, conformó un sentido de identidad y destino que necesitaba una voz que lo representara. De esa necesidad emergió Félix de Arrate, autor de la Llave del Nuevo Mundo. Antemural de las Indias Occidentales. En ella narra la historia de La Habana, donde la condición de ciudadano le permitía una cierta participación política que a su vez excluía a los negros, mulatos y también a los blancos que laboraban manualmente. En ella revela la exigencia de ampliar el espacio de poder de su clase social.
La Llave del Nuevo Mundo recoge la historia de La Habana a partir de los eventos fundamentales que la fueron conformando. Se trata de una memoria cívica en la que el sector social que representa aparece como agente de lo que se rememora. Con ella quedó definida la identidad del habanero como hombre de historia ciudadana y contiene un discurso que, enunciado desde la colonia, no podía ser sino subversivo. Terminada poco antes de la toma de La Habana por los ingleses, la obra de Arrate clausura una época donde los valores históricos de la hidalguía comienzan a ser sustituidos por los de una burguesía que, desde la economía de plantación cifra su ascenso en el proceso productor de mercancías para el mercado internacional.
La historia –dice Moreno Fraginals– no está allí por casualidad, sino para sustentar la historia de la patria, es decir, de La Habana, con el fin de dejar plasmada la constancia de la grandeza de los nacidos en ella: los criollos habaneros. Una historia que destaca y alaba las virtudes de los españoles criollos respecto a los peninsulares. Con la palabra Patria evoca el amor a la ciudad, al trozo de tierra en que se nace, resalta las características del clima, de la geografía y del entorno vegetal, la superioridad de las maderas habaneras –empleadas en las puertas, ventanas y artesonados de El Escorial– ante las de cualquier otra parte del mundo, las frutas de delicados sabores y rotundos perfumes, a la vez que asocia el término patria a la familia, a la sociedad, a la libertad y a la felicidad. Un enaltecimiento en el cual introduce la idea conclusiva de que el criollo sólo se distingue del castellano por el lugar donde nació. En ese elogio del medio natural y del español nacido en Cuba están los fundamentos de la equiparación de derechos entre peninsulares y criollos.
Al exaltar al habanero Arrate exaltó también a todos los naturales, incluido indios y negros, generando un discurso subversivo. Sin embargo, como miembro de la oligarquía habanera blanca, insertada en la cultura metropolitana, su sentido de equiparación no implicaba ruptura No se impugnaba –y no era el momento para hacerlo– el orden político-social establecido y su escala de valores; lo que se impugna era el lugar que la oligarquía criolla ocupaba dentro de esa escala jerárquica. El español criollo estaba al servicio del imperio y sus méritos dimanaban, precisamente, de esos servicios. Se trataba de una impugnación-reclamo. Por eso, decía Moreno Fraginals, sólo hay queja y reclamo, porque, ante la igualación de los méritos, emerge la igualdad de posiciones.
Los conceptos de Arrate revelan el doble carácter de las contradicciones de la oligarquía habanera. En primer lugar la oposición criollo/peninsular en la cima de la sociedad; en segundo lugar, el antagonismo blanco/negro y rico/pobre en la base. Los valores de la hidalguía se nutren de ambas negaciones. Se proclaman iguales a los españoles peninsulares y por eso tienen derecho a ocupar los más altos cargos oficiales; mientras por ser hombres de sangre limpia, tienen derecho a someter a indios, negros y blancos pobres. Son estas las contradicciones que en el siglo siguiente buscaron solución en las guerras de independencia.
Su elogio y alabanza de la Habana y de lo que en ella nace: Indios, negros, frutas, árboles, cerdos genera un criollismo, que aunque limitado en lo social contenía valores que fueron asumidos en la cubanía naciente y concientizados por las propias clases dominadas. Las virtudes de la tierra que elogia en su obra la encontramos posteriormente en la poesía criolla: en la Oda a la Piña, de Manuel de Zequeiera y Arango (1764-1846); en la Silva Cubana, de Manuel Justo de Rubalcava (1769-1805); en La Flor de la Caña y la Flor del Café, de Plácido (1808-1844); y en Rufina. Invitación Segunda, del Cucalambé (1829-1862); por solo citar algunos ejemplos de la afinidad temática entre el criollismo de Arrate y el canto a la naturaleza en la poesía cubana.
La validez de la obra de Arrate se puso en evidencia desde la década de 1760, cuando la oligarquía habanera se proyectaba hacia un nuevo objetivo: hacer de Cuba la primera productora mundial de azúcar y café. En ese momento, la Sociedad Económica Amigos del País, dominada por la nueva intelectualidad criolla, fundó una comisión de historia, editó su obra y retomó todo lo útil de su legado. Su obra constituyó el primer gran alegato político del criollismo cubano como único podría ser en aquella época y aquellas condiciones: aristocrático, colonialista, esclavista y racista. Fue un intento de equiparación para su clase combinado con la exclusión del resto de la sociedad que constituye el primer eslabón de la historia política cubana, una historia que encierra importantes claves para la interpretación del presente.
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El octavo mes del año constituye una oportunidad única para reflexionar sobre el pensamiento y la acción de Eduardo René Chibás. Su memoria, siempre presente, se acrecienta cada agosto, mes que lo vio nacer, atentar contra su vida y desaparecer físicamente. Santiaguero de nacimiento y abogado de profesión integró el primer Directorio Estudiantil contra la prórroga de poderes de Gerardo Machado, fue cofundador de la Unión Cívica de Exiliados Cubanos en Nueva York, delegado a la Asamblea Constituyente de 1939; fundador del Partido Ortodoxo, candidato a la presidencia de la República en 1948, sufrió prisión en varias oportunidades. Atentó contra su vida el 5 de agosto de 1951 y falleció el 16 del propio mes.
Convencido de la imposibilidad del progreso de la nación sin la correspondiente conducta cívica se dedicó a combatir la corrupción política y administrativa. Su experiencia política como senador y vocero del Partido Auténtico lo llevó a la conclusión que: “en un Partido, las ideas fundamentales tienen mucha importancia, pero también tienen una importancia vital los hombres que van a ponerlas en práctica”. El Diez de Octubre de 1944 expresó: yo entré en el poder tildado de millonario y dos años después salí más pobre de lo que entré, en cambio ellos entraban en el gobierno sin bienes de fortuna, pero hoy disfrutan de muchos millones de pesos de capital. Para él la correspondencia armónica entre conductas e ideas, era, precisamente, una de las carencias republicanas y la causa que lo llevó a separarse del autenticismo y a fundar el Partido Ortodoxo en 1947
En otra oportunidad dijo: “No se puede construir una nación sobre cimientos podridos. Por eso hay que talar y destruir primero para desecar el pantano y edificar después sobre una base sana. Eso –decía– es lo que estamos haciendo los ortodoxos con ¡Vergüenza contra Dinero!”. Estas citas, que expresan una y la misma idea, son suficientes para corroborar la concordancia entre pensamiento y acción del líder ortodoxo y para comprender la quijotesca lucha que libró, armado con el verbo y la pluma, contra los políticos corruptos y contra la ola de crímenes de los porristas y gangster que estremecían la República.
Como teoría del comportamiento y componente de la cultura, la ética es un conjunto de valores presentes en toda actividad y por tanto en la política. Así, la ética política constituyó una obsesión para Chibás, quien sabía que males como la violencia física y verbal y el uso del Estado como parcela propia, no eran sino una manifestación de la débil presencia de la ética en nuestro entorno político. Para él la ética, como tema central de la política, incluía no sólo a los miembros de su partido, sino a todos los ciudadanos, y en consecuencia intentó llevar ese mensaje ético a su pueblo a través de las denuncias contra la corrupción política.
Estrechamente relacionado con su pensamiento y acción, estaba la decisión de llevar la lucha hasta la ofrenda de la vida. Chibás era continuador de una herencia familiar de entrega absoluta a los fines patrios. En este sentido, refiriéndose a sus antepasados expresó: “Yo también, como ellos, he ofrendado a Cuba patrimonio y sosiego. Menos afortunado que mis mayores, no he podido ofrendarle la vida”. Y en otro momento decía “Mi familia supo ofrendar a la patria en 1868 la fortuna, la paz y la vida”. Sus antepasados, los Agramontes, murieron por la causa de la independencia y eso para Eduardo constituía una predestinación; ese concepto incubado durante su vida demuestra que no existió casualidad ni acto inconsciente, sino la consecuencia de su conducta y carácter. Y eso no puede merecer otra cosa que admiración y respeto.
El “Último Aldabonazo a la conciencia cubana”, conclusión de los discursos acusatorios contra Aureliano Sánchez Arango, entonces ministro de Educación –acerca de la adquisición de un reparto residencial en Guatemala y la imposibilidad de presentar pruebas contundentes para confirmarlo– no fue más que una manifestación de la estrecha correspondencia entre conducta, pensamiento y acción de Eduardo Chibás.
El auto atentado contra su vida fue una inmolación dirigida a levantar la conciencia de la sociedad civil sobre la gravedad de la corrupción que corroía el alma de la nación en formación. Su figura es un vivo ejemplo demostrativo de la imposibilidad de realizar cambios sociales esenciales sin la existencia de una cultura cívica y democrática y de una sociedad civil fuerte, y también, de intentar hacerlo desde la óptica personalista.
La ética, es una dimensión que, al margen de la época y la ubicación geográfica, sitúa al hombre –con independencia de su posición económica, política, cultural ideológica o religiosa– como lo primario. El primer homenaje a la figura de Eduardo Chibás no puede ser sino luchar contra todo lo que impida la libertad de los cubanos, sin lo cual todo lo demás queda en simples declaraciones. En ese sentido, lo primero moral y humano es la participación, la igualdad de oportunidades, el derecho y la libertad, todo lo cual nace y se desarrolla en la sociedad civil, ese abanico de asociaciones sobre cuya base los ciudadanos participan libremente en los procesos políticos, económicos, sociales y culturales de su interés y lugar privilegiado de surgimiento y despliegue de demandas y participación ciudadanas.
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Tal parece que la violencia estaba predestinada para enraizarse en Cuba. Arribó con los conquistadores, tomó sus primeras víctimas entre los aborígenes, asumió las formas más descarnadas en el maltrato a los esclavos y en las sublevaciones de respuesta, estuvo presente en los asoladores ataques de corsarios y piratas a nuestras costas, en el bandolerismo que azotó nuestros campos, en las múltiples conspiraciones y durante las guerras independentistas del siglo XIX.
Inaugurada la República, aunque tutelada, pero con gobierno y constitución propios, podía pensarse que aquellas manifestaciones, mezclas de incultura y crueldad de crueldad eran cosa del pasado. Sin embargo, en agosto de 1906, apenas terminado el primer mandato presidencial, los cubanos en el poder negados a reciclarse y los cubanos por acceder al poder reclamando el reciclaje, armados todos con lo peor de la ética utilitaria del siglo XIX e incapaces de dirimir los asuntos nacionales mediante fórmulas civilizadas, escenificaron una de las páginas más ridículas y dolorosas de nuestra historia.
Don Tomás Estrada Palma, a pesar su honestidad en el manejo de la hacienda pública, resolvió junto a sus más cercanos seguidores reelegirse para un segundo período. La respuesta de los que esperaban su turno para circular por el poder, fue la insurrección bautizada con el diminutivo de Guerrita de Agosto. Un alzamiento que al tomar fuerza en Pinar del Río, La Habana y Las Villas, provocó la contra-respuesta gubernamental: solicitar la intervención de los Estados Unidos.
La diferencia de esta segunda intervención norteamericana radica en que esta vez se produjo a solicitud de los cubanos. Fue el propio Don Tomás quien pidió al gobierno norteamericano que enviara dos barcos de guerra, uno a La Habana, otro a Cienfuegos y dos mil o tres mil hombres. ¡Yo o nadie!, algo que podría traducirse como Yo primero, la República después; una terca disyuntiva asumida en nuestra historia antes y después de los hechos narrados. El primer resultado fue la pérdida innecesaria de vidas humanas, entre ellas la del veterano de las tres guerras de independencia, General Quintín Banderas, quien fue asesinado vilmente por otros cubanos, lo que no pudieron lograr sus enemigos durante 30 años de contiendas bélicas.
La negativa de Estrada Palma a dialogar y a negociar el conflicto con sus adversarios es una prueba de la incapacidad de nuestros gobernantes para situar los problemas nacionales por encima de los intereses personales o de partidos. Incapacidad manifiesta antes de tomar el poder, pero sobre todo una vez tomado el poder; una costumbre devenida cultura: “resolver” las diferencias machete por medio y considerar al diálogo y la negociación como cosas de débiles y mariquitas.
El peor daño de esos acontecimientos ha sido la pérdida de autoestima de parte de los cubanos: un resultado fatal para nuestro devenir. Ante la supuesta incapacidad para dirimir y poner en orden nuestros asuntos internos, se optó por colocar esas decisiones en manos de los vecinos del Norte. Precisamente con motivo de la guerrita de Agosto, en un folleto titulado Los dos protectorados de D. T. Lainé y José de Armas y Cárdenas, se recoge el expresivo lema de tan manifiesta incapacidad: “Cuba debe ser para los cubanos bajo la garantía y protección de los Estados Unidos”. Si es necesario, incluso, se abandona el país y se regresa cuando nos lo pongan nuevamente en orden. La estampida de la burguesía cubana después de 1959 es la mejor ilustración de esa disminuida autoestima. Es interesante la respuesta que en 1906 Enrique José Varona dio a esas conductas. En su artículo Un camino extraviado, respondió “que el remedio debe buscarse en el cambio de nuestra organización política interna”.
La violencia y el odio en el siglo XX no se limitó a la Guerrita de Agosto, estuvo presente en el asesinato de miles de cubanos negros en 1912 –la mayor y más horrible de las matanzas ocurridas en Cuba y ejecutadas por cubanos– en los crímenes y actos vandálicos de los años 30, en las pandillas gangsteriles de los años 40-50 y en los actos de repudio escenificados contra cubanos desde los años 80, y está generalizada en nuestra sociedad como lo evidencia el reciente asesinato del padre Mariano Arroyo. Manifestaciones todas que indican el estado de deterioro social y la distancia que nos separa de las formas civilizadas de dirimir nuestros asuntos.
Ahora mismo Cuba está envuelta en un nuevo y peligroso conflicto. En el presente contexto, caracterizado por el reclamo social de cambios, por la apertura de los gobiernos de la región, por la suspensión de las sanciones de la Unión Europea y por un cambio de política de los Estados Unidos hacia nuestro país, el Estado totalitario, a pesar del record impuesto en su permanencia en el poder, sin haber cumplido las promesas de pan y libertad enarboladas en 1959 y sin ningún proyecto viable para salir de la crisis, insiste en un discurso agotado y gastado.
Con el expediente acumulativo de violencia, ante la amenaza de un conflicto en el cual todos seremos perdedores, se impone el diálogo, la negociación y el consenso, un camino que históricamente nos hemos negado a transitar responsablemente; pero el único mediante el cual se puede salvar la sociedad cubana. Antes de que sea demasiado tarde, los cubanos debemos optar por esa única vía posible para una solución sin sangre y sin perdedores. La violencia, entronizada en nuestra cultura debe ser desterrada definitivamente. Un paso equivocado puede ser irreversible. Esa es la gran responsabilidad de todos –especialmente de los que detentan el poder– ante aquellos que dieron su vida por constituir un país y una nación para el bien de todos.
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 Casa de Arrate, en la calle Murala no. 101 esquina a Mercaderes
Aproximadamente entre 1510 y 1550 la economía de la isla de Cuba se basó en la minería y el trabajo obligatorio de los aborígenes. Desde esa fecha y hasta fines del siglo XVII predominaron la ganadería y la marinería militar; un período en que el desarrollo de la ciudad de La Habana se basó en los servicios marítimos y constructivos. En ese contexto emergió la figura de José Martín Félix de Arrate y Acosta (1701-1764) primer ideólogo de la oligarquía habanera.
Ese sector de la sociedad, integrado por familias con orígenes semejantes e intereses comunes, conformó un sentido de identidad y destino que necesitaba una voz que lo representara. De esa necesidad emergió Félix de Arrate, autor de la Llave del Nuevo Mundo. Antemural de las Indias Occidentales. En ella narra la historia de La Habana, donde la condición de ciudadano le permitía una cierta participación política que a su vez excluía a los negros, mulatos y también a los blancos que laboraban manualmente. En ella revela la exigencia de ampliar el espacio de poder de su clase social.
 Incripcion en la casa de Arrate
La Llave del Nuevo Mundo recoge la historia de La Habana a partir de los eventos fundamentales que la fueron conformando. Se trata de una memoria cívica en la que el sector social que representa aparece como agente de lo que se rememora. Con ella quedó definida la identidad del habanero como hombre de historia ciudadana y contiene un discurso que, enunciado desde la colonia, no podía ser sino subversivo. Terminada poco antes de la toma de La Habana por los ingleses, la obra de Arrate clausura una época donde los valores históricos de la hidalguía comienzan a ser sustituidos por los de una burguesía que, desde la economía de plantación cifra su ascenso en el proceso productor de mercancías para el mercado internacional.
La historia –dice Moreno Fraginals– no está allí por casualidad, sino para sustentar la historia de la patria, es decir, de La Habana, con el fin de dejar plasmada la constancia de la grandeza de los nacidos en ella: los criollos habaneros. Una historia que destaca y alaba las virtudes de los españoles criollos respecto a los peninsulares. Con la palabra Patria evoca el amor a la ciudad, al trozo de tierra en que se nace, resalta las características del clima, de la geografía y del entorno vegetal, la superioridad de las maderas habaneras –empleadas en las puertas, ventanas y artesonados de El Escorial– ante las de cualquier otra parte del mundo, las frutas de delicados sabores y rotundos perfumes, a la vez que asocia el término patria a la familia, a la sociedad, a la libertad y a la felicidad. Un enaltecimiento en el cual introduce la idea conclusiva de que el criollo sólo se distingue del castellano por el lugar donde nació. En ese elogio del medio natural y del español nacido en Cuba están los fundamentos de la equiparación de derechos entre peninsulares y criollos.
Al exaltar al habanero Arrate exaltó también a todos los naturales, incluido indios y negros, generando un discurso subversivo. Sin embargo, como miembro de la oligarquía habanera blanca, insertada en la cultura metropolitana, su sentido de equiparación no implicaba ruptura No se impugnaba –y no era el momento para hacerlo– el orden político-social establecido y su escala de valores; lo que se impugna era el lugar que la oligarquía criolla ocupaba dentro de esa escala jerárquica. El español criollo estaba al servicio del imperio y sus méritos dimanaban, precisamente, de esos servicios. Se trataba de una impugnación-reclamo. Por eso, decía Moreno Fraginals, sólo hay queja y reclamo, porque, ante la igualación de los méritos, emerge la igualdad de posiciones.
Los conceptos de Arrate revelan el doble carácter de las contradicciones de la oligarquía habanera. En primer lugar la oposición criollo/peninsular en la cima de la sociedad; en segundo lugar, el antagonismo blanco/negro y rico/pobre en la base. Los valores de la hidalguía se nutren de ambas negaciones. Se proclaman iguales a los españoles peninsulares y por eso tienen derecho a ocupar los más altos cargos oficiales; mientras por ser hombres de sangre limpia, tienen derecho a someter a indios, negros y blancos pobres. Son estas las contradicciones que en el siglo siguiente buscaron solución en las guerras de independencia.
Su elogio y alabanza de la Habana y de lo que en ella nace: Indios, negros, frutas, árboles, cerdos genera un criollismo, que aunque limitado en lo social contenía valores que fueron asumidos en la cubanía naciente y concientizados por las propias clases dominadas. Las virtudes de la tierra que elogia en su obra la encontramos posteriormente en la poesía criolla: en la Oda a la Piña, de Manuel de Zequeiera y Arango (1764-1846); en la Silva Cubana, de Manuel Justo de Rubalcava (1769-1805); en La Flor de la Caña y la Flor del Café, de Plácido (1808-1844); y en Rufina. Invitación Segunda, del Cucalambé (1829-1862); por solo citar algunos ejemplos de la afinidad temática entre el criollismo de Arrate y el canto a la naturaleza en la poesía cubana.
La validez de la obra de Arrate se puso en evidencia desde la década de 1760, cuando la oligarquía habanera se proyectaba hacia un nuevo objetivo: hacer de Cuba la primera productora mundial de azúcar y café. En ese momento, la Sociedad Económica Amigos del País, dominada por la nueva intelectualidad criolla, fundó una comisión de historia, editó su obra y retomó todo lo útil de su legado. Su obra constituyó el primer gran alegato político del criollismo cubano como único podría ser en aquella época y aquellas condiciones: aristocrático, colonialista, esclavista y racista. Fue un intento de equiparación para su clase combinado con la exclusión del resto de la sociedad que constituye el primer eslabón de la historia política cubana, una historia que encierra importantes claves para la interpretación del presente.
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Síntesis de la tesis defendida por Dimas Castellanos, el 21 de junio de 2006 en opción al título de Licenciado en Estudios Bíblicos y Teológicos.

Introducción
El impacto de la evangelización de los esclavos la historia y la conformación de la nación cubana explica la diversidad de autores, momentos y perspectivas desde las cuales el tema ha sido abordado. Sin embargo, esos acercamientos no lo agotan y el tema continúa siendo un problema de investigación. En ese sentido el presente estudio constituye un nuevo acercamiento al problema desde la siguiente interrogante: ¿Era posible lograr los fines de la evangelización en condiciones de esclavitud de plantación y subordinación de la Iglesia de la Isla al gobierno colonial?
El objetivo –limitado a las plantaciones azucareras de fines del siglo XVIII y principios del XIX– consiste en demostrar que la evangelización en condiciones de esclavitud y la iglesia subordinada al Estado fueron las principales causas del resultado negativo de ese intento. La hipótesis elaborada como guía del trabajo investigativo y a la vez como respuesta anticipada al problema se formuló así: “La subordinación de la Iglesia al Estado y la esclavitud en las plantaciones azucareras impidieron lograr los fines de la evangelización”. Con ese fin se emplearon los métodos teóricos de investigación: analítico-sintético, histórico-lógico, hipotético-deductivo y el hermenéutico para las fuentes bíblicas.
La importancia radica en que al ubicar la contradicción entre esclavitud y Evangelio y la subordinación de la Iglesia al Estado como causas principales se obtiene una comprensión más cabal, una reinterpretación del lugar que ocuparon otros factores y permite profundizar el estudio de la conformación de la nación cubana. Con ese fin la investigación quedó estructurada en tres capítulos que resumo a continuación: 1- La Subordinación de la Iglesia al Estado; 2- La Esclavitud y 3- El evangelio y la evangelización en la plantación azucarera.
La subordinación
La subordinación de la Iglesia al Estado tiene sus antecedentes en el fracaso de la represión contra los cristianos entre el siglo I y el IV d.C., proceso en el que ésta conquistó la libertad de culto, adquirió legalidad y asumió dimensión universal a cambio de perder la independencia. El Concilio de Nicea, inaugurado y clausurado en mayo del año 325 por el emperador Constantino el Grande, constituyó el primer eslabón de una perjudicial cadena que lastró la esencia libertaria y de dignificación humana del cristianismo. Esa subordinación se reflejó en:
1- La entrega realizada por los papas Calixto III y Alejandro VI de los territorios de América a los reyes católicos. 2- En instituciones como El Patronato Real de Indias y el Pase Regio mediante los cuales el Estado español se encargó de propagar la fe católica en los territorios descubiertos y de la promoción institucional de la Iglesia en América. 3- En el cobro de los diezmos que constituyó una fuente de conflictos entre eclesiásticos, poder civil y hacendados, lo que disminuyó aún más la autonomía y la moral de la Iglesia para oponerse a la esclavitud. 4- En la Primera Instrucción para la entrada de negros al Nuevo Mundo emitida en 1501 por los Reyes Católicos, reveladora de las razones terrenales de la colonización. 5- En el Requerimiento emitido en 1513 que constituyó una justificación teológica de la conquista, la colonización y los crímenes con los aborígenes del Nuevo Mundo. Y 6- En la Contrarreforma, respuesta al protestantismo nacida del Concilio de Trento que marcó el renacimiento de la catolicidad bajo la cual se desarrolló la evangelización en América.
Estos factores resultaron determinantes en la evangelización de los negros esclavos en las plantaciones azucareras.
La esclavitud
Desde el punto de vista bíblico la libertad es una necesidad de origen divino otorgada por el Creador al hombre. En Génesis 1: 26-27 el hombre es situado en un orden superior al resto de las especies pero que no incluye a sus semejantes. Por tanto, cualquier acción humana encaminada a dañar o someter a la esclavitud a miembros de su misma especie es ajena a la voluntad del Creador y carece de fundamento bíblico. Desde la óptica cristiana, la dignidad se fundamenta en la identidad de los seres humanos, por lo que en cualquier proyecto encaminado al mejoramiento humano la persona tiene que ser sujeto, principio y fin; mientras la esclavitud, como sumisión o exclusión de la libertad, es opuesta a esa esencia divina y natural y por tanto opuesta a la dignidad sobre la que se fundamenta la libertad.
La esclavitud –resultado del comercio, las guerras y las legislaciones– presente en el Antiguo Testamento desde la época de los patriarcas, es opuesta a la definición del Génesis. Aunque Moisés al dar forma legal a la esclavitud definió su temporalidad, ese acto constituyó una desviación respecto al plan divino. Tan arraigada era esa institución entre los hebreos que estos marcharon y regresaron del exilio babilónico con ideas diferentes, pero siempre con sus esclavos. De todas formas el carácter de “blandura” que distinguió la esclavitud entre los hebreos desapareció posteriormente con el empleo masivo de la fuerza de trabajo esclava en la producción de bienes para el comercio.
En su obra Resolución sobre la libertad de los negros y sus originarios, en estado de paganos y después ya cristianos el capuchino Francisco José de Jaca, partiendo de la autonomía del orden natural y del derecho como intérprete de ese orden, desmontó los argumentos justificativos de la esclavitud: el cristiano, antes de ser tal, es hombre y por tanto libre y si los negros, antes de ser cristianos eran libres, menos pueden serlo después. Apoyado en el principio ético y cristiano: No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti, Jaca demuestra que la guerra siempre es injusta con todo lo que de ella se sigue. Incluso aunque se fragüen en las propias familias de los negros. Apoyado en la doctrina paulina Jaca resume la esencia de su pensamiento en que la libertad que ofrece el Evangelio es incompatible con cualquier forma de servidumbre.
España fue la primera nación europea que trajo esclavos al Nuevo Mundo, primero desde su territorio y luego desde África. En la minería, en la ganadería y la marinería militar, en el tabaco, el café y el azúcar, la esclavitud estuvo presente en campos y ciudades en sus más disímiles formas. Una de ellas, la esclavitud patriarcal, predominó hasta mediados del siglo XVIII para luego ser desplazada por la explotación intensiva en la plantación azucarera.
La plantocracia cubana carente de asalariados optó por la esclavitud como única solución posible a la expansión azucarera. Logró en 1788 la libertad de la trata por dos años prorrogables. En los 30-40 años posteriores a 1789 entraron unos 400 mil esclavos a Cuba, lo que hizo de la trata un negocio más rentable que la producción del dulce. Las ideas de esta clase se resumen en: la libertad de su clase antes que la libertad del esclavo; los españoles antes que los africanos; los ciudadanos antes que las gentes de color. Ideas que constituyeron el fundamento de la Cuba de plantación, colonial, esclavista y burguesa que obstaculizó la evangelización basada en el principio cristiano del amor a Dios y al prójimo.
Aunque el artículo 52 de las Ordenanzas de Cáceres de 1574 establecía el derecho de los amos a castigar físicamente a sus esclavos, fue en la plantación donde los negros sufrieron los peores tratos. Conformada esencialmente por varones en edad productiva, el concepto de familia desapareció. No fue hasta bien avanzada la gran plantación que se incluyeron las féminas con fines reproductivos a imagen y semejanza de la cría animal, generando efectos tan horribles como las madres infanticidas, que en un acto de “amor” optaban por eliminar a sus descendientes para evitarles los horrores de la esclavitud. Para dominar la desobediencia se empleó un abanico de castigos públicos que incluían el azote, el boca abajo, el novenario, la escalera, el bayona, a dos manos, una variante del boca abajo, incluso para negras embarazadas.
De esas infernales condiciones brotaron el cimarrón, el palenque y las conspiraciones. A la violencia respondieron con violencia y a cambio recibieron una mayor violencia que generó una espiral de dolor y muerte durante siglos. En ese proceso se destacan la insurrección liderada por el negro libre José Antonio Aponte en 1812, primer cubano que estructuró una conspiración de carácter nacional para abolir la esclavitud y derrocar al gobierno colonial y la Conspiración de la Escalera, desarrollada en Matanzas donde convivían unos cien mil esclavos que, favorecidos por la solidaridad e identidad cultural entre negros y mulatos libres, cuando representaban el 58% de los habitantes de la Isla, comenzó un proceso insurreccional que culminó con miles de seres humanos entre muertos, encarcelados, desterrados y reprimidos. En esas sublevaciones, donde el negro escribió un trozo de nuestra historia estuvo ausente la respuesta enérgica de la Iglesia de Cristo.
Cuando el proceso insurreccional era indetenible, siglos después de la presencia de la esclavitud en la Isla, se inició la regulación legal de las condiciones de vida de los esclavos con el Código Negro hispano-cubano de 1842. Un código que además de ser violado, a menos de dos años de estar en vigor varios de sus artículos fueron derogados y restablecido el prudente arbitrio de los amos como único criterio exigible en el tratamiento de los esclavos.
Esa breve descripción de la esclavitud y su concreción en las infernales condiciones de vida de la plantación demuestra la imposibilidad de evangelizar en condiciones de esclavitud.
El evangelio
La fe y el reconocimiento de las faltas son la base para la aproximación a la imagen y semejanza con Dios. Con ese fin Jesús entró como modelo en la historia anunciando la Buena Nueva con énfasis en el cambio interno, pues el Reino requiere la participación consciente del sujeto en la comunidad. Un cambio que se concreta en no juzgar a los demás, ayudar al prójimo, ser el primero en el servicio, ser humildes, actuar con el otro como si fuera para sí mismo; un compromiso que se contrae en el momento del bautismo al ser incorporado al cuerpo de Cristo. Desde ahí comienza una misión que se concentra en la edificación de un reino que no es de este mundo pero que “no tiene otro lugar teológico, ni histórico, donde comenzar y desarrollarse que aquí”: un proceso de liberación total que incluye y conlleva las liberaciones intrahistóricas en el ámbito económico, político y cultural y por tanto, contrario a cualquier relación de sometimiento.
En ese proceso la libertad y el amor son elementos básicos. La conexión entre ambos conceptos se manifiesta en que para expresar amor en las relaciones con el prójimo se necesita de libertad para optar por el bien. Un amor que abarca a “todos los prójimos”, que parafraseando a San Pablo, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, que se presenta como la forma más elevada en que se realiza el libre albedrío; mientras la libertad, es la infraestructura del amor, el medio para su realización. Por eso, cualquier acción encaminada a limitar la libertad de los seres humanos es inadmisible, y si dicha acción se ejerce en nombre de Dios, es falsa, contraria a la esencia del mandamiento cristiano y por ello condenable.
Las cartas paulinas, contrario a los que algunos autores afirman, no admiten ni justifican la esclavitud. La solicitud de obedecer a los amos y considerarlos como hermanos responde al menos, a dos factores: 1- Un llamado a eliminar la esclavitud en las condiciones en que nace la iglesia, integrada por amos y esclavos. Cualquier llamado más radical hubiera sido un detonador de la naciente Iglesia. 2- la naturaleza y arraigo de la esclavitud requerían de cambios en la forma de pensar y de vivir. Condiciones que imposibilitaban su erradicación inmediata. La visión de Pablo al respecto está contenida en Corintios 7: 20-24: si tienes la oportunidad de hacerte libre aprovéchala; o en Filemón 12: Te lo envío de nuevo. Tú, pues, recíbelo como a mí mismo, donde Pablo respeta la situación jurídica de Onésimo pero lo devuelve como hermano, introduciendo el concepto de fraternidad que significaba un golpe contra el orden imperante al fomentar una nueva comunión: un proyecto estratégico y total de liberación que comienza por fomentar la fraternidad entre amos y esclavos. Si la esclavitud surgió de la conducta pecadora, egoísta y antihumana, su erradicación pasa por los cambios internos en los hombres y en las comunidades. Un camino más largo pero más efectivo. La otra salida era el uso de la violencia revolucionaria y el método de liberación de Jesús era y es el amor. Sin embargo, el NO a la violencia no significa pasividad, sino un camino diferente para la liberación sin dañar la dignidad de los otros, que también eran seres humanos.
El mensaje de Dios a través de Cristo enfatiza en los más pobres, pero engloba todas las formas de exclusión. Convertir a los marginados en sujetos activos no significa un modelo de sociedad que desaloje a los que hoy están fuera de la categoría de excluidos. El hecho de que la praxis de liberación nace del encuentro de Dios con los pobres y que la Teología de la Liberación se pensó como teología bíblica y profética, hace imposible un nuevo modelo de sociedad sin los que hoy están fuera de la categoría de excluidos.
Si las condiciones de vida de los esclavos en las ciudades y en zonas rurales antes del boom azucarero, pudieron favorecer la labor evangelizadora, una vez entronizada la cárcel-plantación y el adoctrinamiento masivo, esa posibilidad desapareció. El presbítero Antonio Nicolás Duque de Estrada elaboró la Explicación de la doctrina cristiana acomodada a la capacidad de los bozales, una obra de carácter didáctico dirigida a los capellanes de ingenios con indicaciones de qué, cómo y cuándo predicar a los esclavos. En ella se recomienda a los capellanes no oponerse al castigo de los esclavos, aunque le parezca injusto, sino es con el ruego y aun esto no conviene hacerlo antes que el mayoral haya desahogado algo el enojo. Y les pide, cuando se quejen del mayoral, no darles la razón y disculparlo, aunque conozca que la queja es justa.
Según Duque el que gobierna el ingenio se llama Mayoral; el Papa, que gobierna la Iglesia se llama Vicario de Jesucristo. Cuando el Mayoral manda una cosa, su amo la manda, y cuando el Papa manda una cosa, Jesucristo la manda. Y como el que no hace lo que manda el Mayoral… merece castigo, asimismo el que no hace lo que manda el Papa… merece que lo castigue Dios. Es decir, el mayoral es el pequeño dios de la plantación; lo que Moreno Fraginals calificó como Jesucristo-Mayoral. Los negros esclavos, que carecían de derechos, pero no de inteligencia, arribaron a la conclusión de que, ante tal similitud había que liberarse de ambos. La respuesta fueron la cimarronería, las rebeliones y el rechazo simulado al cristianismo.
El único modo posible –para interiorizar una nueva cultura en seres humanos portadores de cosmovisiones religiosas diferentes– había sido expuesto desde el siglo XVI por el Padre Las Casas. Su tesis central consiste en exponer y demostrar que: el único modo de llevar a todos los pueblos a la verdadera religión es la evangelización pacífica delicada, dulce y suave; persuasiva del entendimiento y atractiva de la voluntad. Ese modo brilló por su ausencia en la plantación.
Los esclavos llegaron desposeídos de todo, menos de lo que traían en su mente y en su corazón. El intento de desarraigar sus creencias religiosas en medio de la institucionalización de los cantos y los bailes, de la formación de cabildos y cofradías en las ciudades y facilitado por las funciones y atributos externos de las divinidades de ambas cosmovisiones, permitió a los esclavos identificarlas en un proceso de transculturación que les permitió ocultar sus deidades detrás de los santos cristianos: la Virgen de la Caridad con Oshun; San Francisco de Asís con el Orula, señor y dueño del poder de la adivinación. Santa Bárbara con Shangó; la Virgen de Regla con Yemayá, Babalú Ayé con San Lázaro y así sucesivamente. Todo lo contrario a lo que ocurrió en los Estados Unidos, donde la prohibición de los toques de tambor, de la formación de cabildos y de cofradías, en ausencia de las imágenes de santos en el protestantismo dio un resultado diferente.
Conclusiones
1- La pérdida de independencia de la Iglesia frente al poder temporal, desde los papas hasta el capellán del ingenio, fue causa suficiente para el fracaso de la evangelización en las plantaciones azucareras. 2- La esencia antihumana de la esclavitud concretada en las infernales condiciones de la plantación y la respuesta violenta marcaron la conformación de la cultura y de la nación cubanas, una causa por sí misma suficiente para el fracaso de la evangelización. 3- El sometimiento a la esclavitud de seres que eran libres antes del bautismo fue una acción contraria al mensaje divino; mientras los incomprensibles catecismos, la combinación del cuero y del Padre Nuestro, y la angelización de los amos, fueron acciones anticristianas que conformaron una visión detestable en los esclavos y por ello causa también del fracaso de la evangelización.
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