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La prensa oficial cubana insiste en justificar el monopartidismo. Entre los argumentos se afirma que los fracasos revolucionarios estuvieron en la falta de unidad, que Martí creo un solo partido, que la existencia de la nación depende de la conservación de esa unidad y que el multipartidismo sería aprovechado por el imperialismo. La última manifestación de estos reiterados criterios apareció en el periódico Tribuna de La Habana, el domingo 15 de agosto, bajo el título ¿Qué lugar ocupa el PCC en el mantenimiento de la unidad revolucionaria?

Para demostrar esa combinación de medias verdades y absurdos, cito seis párrafos que contienen las ideas esenciales expuestas por José Martí acerca de las razones y funciones que lo llevaron a la fundación del Partido Revolucionario Cubano (PRC).

1- En enero de 1880, en Nueva York, Martí presentó un estudio crítico de los errores de la Guerra de los Diez Años que culminó en el Pacto del Zanjón. En ese análisis dijo: “Los que intentan resolver un problema, -no pueden prescindir de ninguno de sus datos…”1, y en consecuencia señaló múltiples causas, entre ellas el efecto negativo de la falta de unidad.

2- En julio de 1882, en Carta a Máximo Gómez acerca las guerras pasadas, esbozó los objetivos del Partido así: “…sólo aspiro a que formando un cuerpo visible y apretado aparezcan unidas por un mismo deseo grave y juicioso de dar a Cuba libertad verdadera y durable todos aquellos hombres abnegados y fuertes, capaces de reprimir su impaciencia en tanto que no tenga modo de remediar en Cuba con una victoria probable los males de una guerra rápida, unánime y grandiosa…” 2.

3- En las Resoluciones de noviembre de 1891, consideradas como el prólogo a las Bases del PRC, planteó: “La organización revolucionaria no ha de desconocer las necesidades prácticas derivadas de la constitución e historia del país, ni ha de trabajar directamente por el predominio actual o venidero de clase alguna; sino por la agrupación, conforme a métodos democráticos, de todas las fuerzas vivas de la patria; por la hermandad y acción común de los cubanos residentes en el extranjero; por el respeto y auxilio de las repúblicas del mundo, y por la creación de una república justa y abierta… levantada con todos y para el bien de todos.”3

4- En abril de 1893 expresó: “La grandeza es esa del Partido Revolucionario: que para fundar una república, ha empezado con la república. Su fuerza es esa: que en la obra de todos, da derecho a todos. Es una idea lo que hay que llevar a Cuba: no una persona”4

5- En abril de 1894, en el aniversario de la fundación del PRC, dijo: “Un pueblo no es la voluntad de un hombre solo, por pura que ella sea… Un pueblo es composición de muchas voluntades, viles o puras, francas o torvas, impedidas por la timidez o precipitadas por la ignorancia”5.
 
6- En el Manifiesto de Montecristi, firmado conjuntamente con Máximo Gómez el 25 de marzo de 1895 antes de incorporarse a la lucha armada, plantea que la guerra no es “el insano triunfo de un partido cubano sobre otro, o la humillación siquiera de un grupo equivocado de cubanos; sino la demostración solemne de la voluntad de un país harto probado en la guerra anterior para lanzarse a la ligera en un conflicto sólo terminable por la victoria o el sepulcro”6.

El contenido de los seis párrafos citados demuestra que: los fracasos revolucionarios tuvieron múltiples causas y no sólo la división entre ellos; que la función del Partido consiste en dirigir la guerra de la que ha de nacer una República con libertad verdadera y durable; que el Partido no ha de trabajar por el predominio actual o venidero de clase alguna; que su fuerza radica en que en la obra de todos, da derecho a todos; que un pueblo no es la voluntad de un hombre solo, por pura que ella sea, sino composición de muchas voluntades; y que el fin de la guerra no consiste en el triunfo de un partido cubano sobre otro.

Como eslabón intermedio para gestar la Patria y conformar la República se fundó el PRC, no para dominar y prohibir la existencia de partidos diferentes después del triunfo, no para anular la participación popular, no para declarar que la calle y la universidad es de los revolucionarios, no para encarcelar a los que piensan diferente; todo lo cual demuestra que las ideas democráticas y humanistas de Martí han sido ignoradas o tergiversadas para atribuirle una túnica que no le sirve: la génesis del monopartidismo cubano.

A lo anterior habría que añadir que el fundamento de la política está en el hecho de que los hombres son seres sociales y diversos. En ese sentido los partidos, como indica la etimología de la palabra, son parte de un todo que por su naturaleza diversa y plural consta de otras partes, donde cada una representa intereses o tendencias de un sector de la sociedad. Esa razón explica que cuando las ideas de la independencia no estaban representadas en los partidos existentes, José Martí fundara el PRC; Diego Vicente Tejera creara en 1899 el Partido Socialista Cubano, porque los interese de los obreros no estaban recogidos en los partidos liberales y conservadores. Por similares razones surgió la Agrupación Comunista de La Habana en 1923, el Partido Comunista en 1925, o el Partido Ortodoxo en 1947, porque el Autentico no satisfacía a una parte de sus integrantes.

El monopartidismo es antinatural, la mejor prueba de ello es que los regímenes totalitarios para implantar el monopartidismo tienen que destruir los demás partidos políticos o subordinarlos a sus intereses, dando lugar al modelo más perfecto y terminado de régimen totalitario, y con él, al estancamiento y al fracaso. En Cuba, la existencia de un solo partido fue resultado de un proceso inverso que se inició desde la época de la lucha insurrecta en la Sierra Maestra que culminó en 1965 con la fundación del Partido Comunista como única fuerza política, refrendada posteriormente en la Constitución; proceso ajeno a las ideas y la obra de José Martí.

De lo anterior se deduce la necesaria restitución del derecho de asociación y de la despenalización de la diferencia política para que los cubanos puedan desempeñar el papel activo y determinante que les corresponde en los destinos nacionales. Por todo ello, la irreducible diversidad y el agotamiento del modelo vigente han colocado la necesidad del pluripartidismo a la orden del día.
1 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TI, p.216
2 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TI, p.325
3 MARTÍ, JOSÉ. Resoluciones tomadas por la emigración cubana de Tampa y Cayo Hueso en noviembre de 1891. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p.23
4 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p.192
5 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p.359
6 MARTÍ, JOSÉ. Obras Escogidas en tres tomos. TIII, p.511

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La eliminación de la sociedad civil al interior de Cuba –base sólida del totalitarismo y causa del inmovilismo– se acompañó de una política exterior basada en la confrontación. El diferendo con Estados Unidos, el rechazo al reingreso en la OEA condicionado a la aceptación de la Carta Democrática Interamericana de 2001, la cual exige el respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales, el no ingreso en los Acuerdos de Cotonou –relaciones de cooperación de carácter vinculante–, la negativa a ratificar los pactos de derechos humanos firmados desde 2008 y las relaciones conflictivas con la Unión Europea, conforman una estrategia dirigida a eludir cualquier compromiso con el restablecimiento de la sociedad civil, el respeto a los derechos humanos y la democratización, y a estrechar los lazos con países e instituciones donde esas exigencias no existen o son eludibles.

A principios del año 2010, la convergencia de un conjunto de factores internos y externos puso a la orden del día el límite del inmovilismo. Los intentos de homogeneizar la pluralidad social, convertir al ciudadano en masa, desconocer la función vital de los derechos y libertades y determinar qué, cuándo y cómo hay que hacer cada cosa, al anular a la persona humana, condujeron al estancamiento primero y al retroceso después hasta concluir en un rotundo fracaso, que se traduce parafraseando a Lenin, en que los de abajo no quieren y de los de arriba no pueden, y se reconoce en el discurso oficial por la decisión de actualizar el modelo.

La salida de la crisis permanente, tiene su punto de partida en la economía: la improductividad, el estancamiento, la importación de alimentos producibles en Cuba, la disminución de las exportaciones, la imposibilidad para devolver los fondos extranjeros depositados en bancos nacionales, entre otros males. Una necesidad urgente por la fragilidad de los términos del intercambio comercial con Venezuela, los cuales se basan en una relación política que puede variar bruscamente si ocurren cambios en el país sudamericano, como sucedió con la Unión Soviética.
 
El primer obstáculo para ese plan, denominado como actualización del modelo, radica en la necesidad de fuentes externas de financiamiento, cuyo acceso pasa por la liberación de los presos políticos cubanos, lo que explica una de las razones del actual proceso de excarcelamiento. Algunos colegas afirman que la liberación de los prisioneros es una maniobra del gobierno encaminada a cambiar la imagen exterior para acceder a las fuentes de financiamiento. Aunque esa idea tiene su sustento en hechos anteriores, la misma pierde de vista que estamos en tránsito a un nuevo escenario que imposibilita tal propósito.

La política de confrontación surgió en el contexto de la Guerra Fría y tuvo su sustento en la ayuda de la desaparecida Unión Soviética. La conservación de esa política después de la Guerra Fría fue posible por la cooperación de Venezuela, ajena a razones económicas, la cual puede desaparecer en cualquier momento. Por lo anterior y por muchas más razones, me inclino a pensar que la actualización del modelo consiste en la introducción de algunas reformas que, aunque carentes de la voluntad política para la democratización de Cuba, conformarán un nuevo contexto. La liberación de los presos y las medidas económicas como la generalización del trabajo por cuenta propia, incluyendo la contratación de mano de obra, apuntan en esa dirección.

El nuevo escenario, signado por el giro de la política de confrontación hacia el entendimiento, por la emergencia de nuevos actores, por el descontento ciudadano y el consenso de cambio, podría conducir a medidas económicas más profundas y a otras demandas de la sociedad cubana, como los derechos a salir y entrar libremente del país, el acceso libre a Internet, o la libertad de expresión, por sólo mencionar tres de las más acuciantes carencias de los cubanos. En definitiva la política no tiene tanto que ver con los deseos como con lo posible en cada momento. El reto está en la capacidad para convertir esa posibilidad en realidad, y eso tiene poco que ver con las quejas o con los juicios apresurados.

La debilidad de las fuerzas internas, debido a la inexistencia de una sociedad civil independiente y reconocida jurídicamente, tendrá que depender en cierta medida de la comunidad internacional, la que junto a la liberación de los prisioneros, debería exigir al Gobierno cubano la ratificación de los pactos de derechos humanos firmados desde el año 2008 y poner las leyes internas en consonancia con esos documentos. Por eso y por la imposibilidad de actualizar el modelo sin acompañarlo con la implementación de los derechos humanos, base de la dignidad y del interés personal, el propósito de salir de la crisis económica será nulo.

Si actualizar el modelo significa conservar el totalitarismo, el intento contiene una contradicción insoluble, pues sin la participación interesada de los ciudadanos como sujetos activos en los destinos de la nación la salida de la crisis será imposible. El Estado y la sociedad civil son dos elementos del mismo sistema y el ámbito de la política desborda al Estado, por tanto se impone a corto o mediano plazo la sustitución del modelo totalitario por otro de carácter democrático y participativo. En definitiva, el socialismo, en cualquiera de sus variantes, lo único que no puede hacer es negar la idea de la democracia y eso implica cambios estructurales que no pueden estar supeditados a la ideología. Ese es el reto del poder y el desafío a las fuerzas del cambio.

La historia política de Cuba constituye una demostración de que los cambios, en ausencia de la participación cívica de los ciudadanos, conducen nuevamente al punto de partida. Ello explica que en materia de libertades cívicas hemos retrocedido hasta el estado en que Cuba se encontraba en 1878. La participación del pueblo como seguidor de éste o el otro líder, ha hecho que la política sea monopolizada por figuras o élites caracterizadas por el personalismo, el mesianismo, el empleo de la violencia física y verbal y el uso del poder público como coto privado. Esa historia nos dice que tan ineludibles son los cambios en la economía como en materia de derechos humanos.

Ahora mismo, la reaparición pública del ex jefe del Estado cubano tiene como denominador común, con épocas anteriores, la ausencia del ciudadano como sujeto de la historia. Ese es nuestro Talón de Aquiles. No se trata de que sea inminente o no una guerra nuclear, sino de que los cubanos, con independencia de esa guerra, estamos amenazados por graves problemas en nuestro patio que debemos y tenemos que resolver. Quizás nuestro mejor aporte a los conflictos en otras partes del mundo consista en resolver nuestros problemas para demostrar nuestra capacidad y responsabilidad. Y eso tiene más que ver con la conversión de los cubanos en sujetos activos que en tratar de persuadir al

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Víctima del poder, de la violencia, de las injusticias sociales y del racismo, , durante la llamada Guerrita de Agosto de 1906, generada por el conflicto entre la élite política de la época con motivo de la reelección presidencial de Tomás Estrada Palma, fue asesinado uno de los héroes de las gestas independentistas cubanas, el General del Ejército Libertador Quintín Banderas Betancourt; un negro liberto que entregó 30 años de su vida a la lucha por la abolición de la esclavitud y la independencia de Cuba.

Negro, de mediana estatura, fortaleza física, sonrisa fácil e inteligencia natural, Quintín formó su personalidad en el barrio santiaguero de Los Hoyos. Su labor como albañil desde temprana edad, le impidió aprender las primeras letras. Viajó a España como fogonero y grumete de un barco donde aprendió el oficio de marino mercante. Se incorporó como soldado a la Guerra de los Diez Años y terminó como General de División. Participó en la Invasión a Las Villas, en la Protesta de Baraguá, en la organización de la Guerra Chiquita, en la Guerra de Independencia de 1895 y en la invasión a Occidente en 1897. Fue juzgado y separado del servicio por un Consejo Militar, pero una vez finalizada la guerra, la Asamblea del Cerro ratificó sus grados de General de Brigada y de División con carácter retroactivo.

Sus indisciplinas, relacionadas con su carácter rebelde, se produjeron en un ambiente perneado de racismo e intrigas. Quintín, de piel bien negra, tuvo como jefes y subordinados a cubanos de piel blanca. Figuras del calibre de Calixto García, por ejemplo, condicionaron su participación en la guerra a que la jefatura estuviera en manos de blancos. Lo indiscutible es que el General Banderas fue uno de los cubanos que puso los intereses de la patria por encima de los personales. En una oportunidad escribió: Jamás pensé en los provechos que me proporcionaría la guerra, solo la libertad dirigió mis pasos, y, a su logro he consagrado mi juventud, mis comodidades, mi vida entera. El triste desenlace de su vida está relacionado con el racismo y la violencia en el escabroso proceso de conformación de nuestra nación.

Las naciones, resultado de procesos históricos complejos, alcanzan su plenitud en el momento en que la conciencia de identidad y pertenencia de diversas comunidades desemboca en una comunidad única y estable. En Cuba, ese proceso aún sin completarse, estaba en ciernes en los primeros años del siglo XX. Peninsulares y africanos, devenidos criollos y cubanos, aceleraron su identidad en el fragor de las guerras. Sin embargo las grandes diferencias sociales, económicas y culturales, de derechos y oportunidades, consolidadas durante varios siglos de esclavitud, impidieron la formación de un propósito común –aún no logrado– por encima de los elementos diferenciadores.

Una vez terminada la guerra, la igualdad entre cubanos, recogida formalmente en la Constitución de 1901 no se acompañó de medidas prácticas para disminuir la gran brecha entre negros y blancos. Por ejemplo en el artículo 13 rezaba: “…toda persona podrá aprender o enseñar libremente cualquiera ciencia, arte o profesión, y fundar y sostener establecimientos de educación y enseñanza…”, Sin embargo, en 1905 se continuaban haciendo gestiones para crear un centro encargado de la educación primaria superior y de segunda enseñanza para jóvenes negros que no contaban con recursos económicos para recibir tal enseñanza. Como resultado, los negros siguieron siendo lo que eran antes de las contiendas, sencillamente negros.

La doble discriminación que sufrían –como cubanos respecto a los peninsulares y como negros respecto a los blancos–, unido a sus desventajas económicas y culturales, se reflejó en la ocupación laboral. Los empleos en establecimientos comerciales, en las empresas norteamericanas (telégrafos, teléfonos, electricidad y centrales azucareros) y también en las oficinas públicas del Estado estaban prácticamente reservados para blancos, mientras los negros tenían que emplearse en la construcción, la agricultura y algunos otros oficios. La mejor evidencia de ello fue la conformación de las fuerzas armadas republicanas, donde los negros, que habían constituido el 60% de los combatientes del Ejército Libertador, en 1907 eran menos del 15% de los soldados y policías. Los negros pasaron de héroes en la guerra a desempleados en la República.

En tan desfavorable entorno, el General de las tres guerras dirigió cartas, solicitó entrevistas e intentó ocupar plazas vacantes sin resultados. El Nuevo Criollo del 25 de agosto de 1905, publicó como ejemplo de discriminación racial la negativa del presidente Estrada Palma a recibirlo. Obligado a trabajar unas veces de cartero y otras en una sección de recogida de basuras, logró sobrevivir gracias a los préstamos, las colectas y las funciones públicas que organizaban sus amigos. Para colmo, con la justificación de que había sido sancionado, se le negó la pensión de veterano; un argumento falso, pues como dijimos antes, la Asamblea del Cerro le reconoció sus grados de General con carácter retroactivo. Ante tan crítica situación optó por participar en la política. En 1899 acompañó a Juan Gualberto Gómez en el intento de organizar a los veteranos de la provincia oriental. Cerrados todos los caminos, en 1906 se unió a la llamada Revolución Liberal de Agosto con un pequeño grupo de hombres, en contra de la reelección de Don Tomás Estrada Palma.
 
En esa contienda fue el primero en iniciar las acciones combativas: asaltó el tren Habana-Guanajay, combatió y requisó armas y víveres en varios pueblos de La Habana. Una vez fracasado el intento armado, desde su campamento envió una carta a las autoridades solicitando salvoconducto para salir del país. La respuesta fue la orden de asesinato. Cuatro balazos y siete machetazos sellaron su vida. Según el parte forense falleció a consecuencias de traumatismos accidentales.

Lo único que hay es que entender –decía Juan Gualberto Gómez– es que sin libertad y sin igualdad no cabe que exista fraternidad. Y lo cierto es que en el momento del asesinato de Quintín, no existía vida económica, cultura, ni conciencia de destino comunes; elementos definitorios sin los cuales no se puede considerar que un conglomerado humano ha devenido nación. Y Fernando Ortiz afirmaba: Sin el negro Cuba no sería Cuba. No podía, pues, ser ignorado. Para mal de todos los cubanos, ese problema ignorado, aún no ha sido resuelto de forma definitiva.

Su ascenso a General fue un ejemplo de la participación de los negros en el Ejército libertador; su asesinato, un símbolo de las injusticias en la República. Después de muerto se le colocó en el panteón de los mártires y su figura fue manipulada por los partidos políticos de la época para atraerse el voto de los negros, que como sabemos, no eran pocos.

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El estado actual de Cuba confirma la imposibilidad del progreso social sin la participación cívica de los ciudadanos. La crisis estructural en que estamos inmersos y los obstáculos para salir de ella, guardan una estrecha relación con la ausencia de la participación popular en calidad de sujeto de la historia. Una realidad agravada por el hecho de que nuestro país, en materia de libertades, ha retrocedido hasta el punto en que se encontraba en 1878. Por ello, tan ineludibles son los cambios en la economía como en materia de derechos humanos para propiciar la participación ciudadana, desde la sociedad civil, en las decisiones de la nación.

La importancia de la política –ámbito de la realidad social referido a los problemas del poder– radica en que la misma constituye un vehículo para transitar de lo deseado a lo posible y de lo posible a lo real; una esfera que implica tanto al Estado como a la sociedad. Los intentos de progreso que ignoren esa verdad, como ha ocurrido hasta ahora, resultan ilusorios.

La relación entre lo que ahora mismo está ocurriendo en nuestro país con la reaparición pública del ex-jefe del Estado cubano –fenómeno insostenible en el corto plazo por la ingobernabilidad que genera– tiene como denominador común con épocas anteriores la ausencia del cubano como sujeto de la historia. Para demostrar esa continuidad, en esta oportunidad me detendré en el primer intento de reelección presidencial en Cuba.

La Constitución de 1901, en su artículo 96, referido al período de duración del mandato presidencial, dice que el cargo durará cuatro años; y nadie podrá ser Presidente en tres períodos consecutivos. Por tanto el conflicto alrededor del intento de reelección en 1906 no radica en la ilegalidad, sino en otra parte.

Tomás Estrada Palma (1835-1908), se incorporó la Guerra de los Diez Años desde su inicio, en la que obtuvo el grado de General. En el Gobierno de la República en Armas, ocupó los cargos de Secretario de Guerra, de Relaciones Exteriores y de Presidente. En 1877 fue hecho prisionero y liberado después de la Paz de Zanjón. Emigró a Estados Unidos, donde fundó una escuela para latinoamericanos. En 1895, fue designado ministro plenipotenciario del gobierno provisional de la República de Cuba en Estados Unidos y fue el centro de la Junta Revolucionaria de Nueva York. En 1901 fue elegido presidente de la República de Cuba.

Estrada Palma se concentró en una empresa importante, la austeridad en el manejo de los bienes públicos. Sin embargo, aunque consideraba que el pueblo carecía de formación para vivir en libertad, no se empeñó en el fortalecimiento de los espacios e instituciones para lograrlo. Esa decisión, consciente o no, constituye una manifestación de mesianismo, una esperanza infundada en la capacidad de un ser terrenal para conducir a un pueblo a la salvación. En ausencia del pueblo, su administración quedó limitada a una élite política carente de cultura cívica. Por ejemplo, la promulgación de leyes se hizo muy difícil, ya que para su aprobación se requería la presencia de las dos terceras de los congresistas, cuya asistencia al no ser obligatoria era aprovechada por los partidos políticos (Liberal y Moderado) para entorpecer la labor legislativa en su lucha por el predominio en el Congreso. En esa situación, el presidente Estrada Palma, que había rehusado afiliarse a ninguno de los partidos existentes, decidió integrarse al Partido Moderado, para tratar, junto a la labor del Poder Ejecutivo, de obtener el quórum y promulgar las leyes y medidas necesarias.

En cuanto al tema de la reelección, Estrada Palma creó el Gabinete de Combate para garantizar el triunfo y obtener la mayoría en el Senado y la Cámara; empeño en el que utilizó toda la fuerza gubernamental, incluyendo el uso de la violencia y del fraude en perjuicio del Partido Liberal, el cual respondió con la abstención, y en consonancia con nuestra cultura de intransigencia y machete por medio, se alzó en armas. Proceso que ocasionó cuantiosos daños materiales y pérdidas de vidas humanas antes y durante el conflicto; entre ellas los asesinatos del coronel Enrique Villuendas en Cienfuegos y del General Quintín Banderas en La Habana, de quien me ocuparé en el próximo artículo.

Los alzados, en un manifiesto fechado el 1 de septiembre de 1906, proponían, entre otros puntos, el cese de las hostilidades, el restablecimiento de la paz, la libertad para los detenidos o procesados por actividades relacionadas con las elecciones y declarar vacantes los cargos de presidente y vicepresidente de la república, gobernador civil y consejero provincial, cubiertos en el último período electoral. Por su parte Estrada Palma exigía que primero depusieran las armas para después conversar. La intransigencia de las partes y en consecuencia el fracaso de la mediación de un grupo de veteranos, entre los que estaban los generales Bartolomé Masó, Mario García Menocal y Agustín Cebreco, que planteaban convalidar el cargo de Presidente y anular los del resto de los funcionarios electos.

La intransigencia condujo al desenlace. Entre el 8 y el 12 de septiembre, Estrada Palma suspendió las garantías, solicitó el envío de buques de guerra y la intervención; petición que el propio presidente norteamericano consideró inoportuna. Según Hortensia Pichardo, Teodoro Roossevelt agotó todos los medios que estuvieron su alcance para evitar ese paso. Entre esos medios cita la carta a Gonzalo de Quesada, de 14 de septiembre de 1906 y el telegrama a Estrada Palma, de 25 del propio mes. En la primera, Roosevelt expone, entre otros argumentos, que:

Nuestra intervención en los asuntos cubanos se realizará únicamente si demuestra Cuba que ha caído en el hábito insurreccional y que carece del necesario dominio sobre ella misma para realizar pacíficamente el gobierno propio, así como que sus facciones rivales la han sumido en la anarquía.

En Carta a su amigo Teodoro Pérez Tamayo, fechada el 10 de octubre de 1906, Estrada Palma expone que la solución mediante el pacto con los rebeldes era lo peor en que pudiera pensarse, pues los problemas secundarios que se originarían después serían tantos y tan difíciles de resolver, debilitada, si no perdida, la fuerza moral del poder legítimo y sin otra autoridad que dirimiese las diferencias, serían tantos y tan difíciles, repito, esos problemas, que darían lugar a que el país se mantuviera muchos meses en medio de una constante agitación, de efectos tan perniciosos como los de la guerra misma. Por eso, dice, resolvió de manera irrevocable, renunciar a la Presidencia, abandonar por completo la vida pública y buscar en el seno de la familia un refugio seguro contra tantas decepciones. Su último sacrificio, según sus palabras, era imposibilitar que el Gobierno quedará en manos criminales. Decisión que lo llevó a poner en conocimiento del Gobierno de Washington:

la verdadera situación del país, y la falta de medios de mi Gobierno para dar protección a la propiedad, considerando que había llegado el caso de que los Estados Unidos hicieran uso del derecho que les otorga la Enmienda Platt. Así lo hice…

Por esas razones, el día 28 de septiembre, junto al Vicepresidente y los secretarios de despacho, presentó su renuncia al Congreso y el país quedó bajo un Gobierno Provisional, encabezado por el Secretario de Guerra de los Estados Unidos, William H. Taft, con lo que se consumaba la segunda intervención norteamericana en Cuba.

La carencia de cultura cívica, la ausencia ciudadana en las decisiones de los destinos de la nación, la tendencia a las soluciones violentas y el mesianismo, se manifestaron en el quehacer de la élite política cubana. Un retrato que adelantó magistralmente Carlos Loveira en su república de “Generales y Doctores”.

Según sentenció Hortensia Pichardo, La primera república cubana había muerto a manos de sus propios hijos. Yo diría más bien que a manos de un puñado de sus hijos, porque la gran mayoría, como en el resto de los acontecimientos políticos, estuvo ausente de esas decisiones. La enseñanza de ese episodio de nuestra historia, y de otros que trataremos, indica que la preparación para la participación política es un camino largo y difícil, pero mucho más seguro que el que hemos transitado hasta hoy, donde muy poco tiene que ver la mayoría de los cubanos con lo que está ocurriendo.

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El gobierno cubano inmerso en una cadena de fracasos, después de una posición inflexible durante siete largos años, decidió comenzar a liberar los prisioneros políticos encarcelados en la Primavera de 2003 para cambiar la imagen al exterior, recabar ayuda y proceder a una reforma que ha denominado: actualización del modelo. Un giro que enuncia el fracaso del inmovilismo y la decisión de cambiar algunas cosas, que si bien no significa que el Gobierno se encamine hacia democratización, el intento en sí mismo implica la introducción de algunas medidas, como es la liberación de los prisioneros, lo cual conduce a un escenario más favorable para otros pasos.

Ante ese reto, es importante tener en cuenta el por qué, desde el surgimiento de la república en 1902, Cuba cambió una y otra vez y siempre volvió a retroceder hasta el punto de partida. La primera causa de esos retrocesos radica en la ausencia de la participación ciudadana en calidad de sujeto de los cambios, debido a la debilidad de la sociedad civil hasta 1959 y su desaparición después de esa fecha. Es decir, nos aproximamos a posibles cambios en peores condiciones respecto al pasado, lo que representa una amenaza real de que los retrocesos se repitan.

La ausencia del pueblo, no como seguidor de éste o el otro líder, sino como sujeto de los cambios ha hecho que la política sea monopolizada por figuras o élites caracterizadas por el personalismo, el mesianismo, el empleo de la violencia física y verbal y el uso del poder público como coto privado; un hecho que debe ser tenido en cuenta para evitar que los próximos cambios terminen en la regresión. Con ese fin trataré de poner en evidencia algunas raíces de esos males mediante el análisis de hechos y personalidades. En esta oportunidad me ocuparé de un hombre que se enfrascó en la lucha contra la corrupción política y administrativa.

Eduardo René Chibás y Rivas (1907-1951), periodista y político, de carácter exaltado, locuaz, osado y excéntrico, integró el Directorio Estudiantil de 1927 y el de 1930. Guardó prisión y estuvo exiliado en varias oportunidades. Fue miembro del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), fundado en 1934, elegido en 1939 a la Asamblea Constituyente, representante a la Cámara en 1940 y Senador en 1944. En 1947, resultado de una división interna en el Partido Auténtico, fundó, junto a otros líderes, el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), por el que fue designado candidato a la presidencia de la República en las elecciones de 1948 y 1952.
 
Chibás se autodefinía como líder de la Revolución Moral. Los malos políticos –decía– le roban al pueblo para enriquecerse; todas las luchas políticas nacionales tienen su origen en la falta de honradez; es indispensable por lo tanto, poner las riendas de la República en manos limpias, Sin embargo se equivocó al reducir la moral –encargada de regular la conducta humana en las relaciones sociales– a la honradez administrativa. La simplificación del concepto le permitió utilizarlo como arma contra sus enemigos en las contiendas electorales, pero lo inutilizó como instrumento de cambios profundos en la clase política y en el pueblo. Sí tuvo un efecto: llamar la atención sobre la corrupción administrativa, en un momento en que ese mal se había generalizado. Su consigna ¡Vergüenza contra Dinero!, servía para alcanzar el poder como objetivo inmediato, pero no para forjar la Nación honrada con justicia social que él mismo profesaba.

Chibás hizo un uso intenso de la libertad de prensa. Ya en 1934, en la edición de Bodas de Plata de la revista Bohemia, aparecía entre sus colaboradores. Además de El Crisol y otros periódicos utilizó la emisora radial CMW La Voz de las Antillas, la CMQ y la COCO, conformando un estilo nuevo en la política cubana, basada en la utilización de los medios informativos para mantenerse en los primeros planos del interés público.

Acusador incesante, polémico y contradictorio, giraba constantemente de la defensa a la agresión verbal. En 1933, al disolverse la Pentarquía, propuso a Grau San Martín para Presidente; en 1946 elogió la obra de Grau con las siguientes palabras: En el orden educacional, hemos hecho efectivo, por primera vez en la historia de Cuba, lo que fue sueño de Martí y anhelo de Estrada Palma: que la república cuente con más maestros que soldados; sin embargo, en junio de 1948, calificó a Grau de émulo de los Borgia, el mayor simulador que ha dado el mundo desde los tiempos de Calígula, a cuyo lado he sacrificado veinte años de mi vida, sin pedirle ni aceptarle nada.

La acusación la empleó de forma sistemática. En mayo de 1939 acusó a Blas Roca de traidor; en 1942 al jefe de la Policía de extralimitarse en sus funciones; en 1943 presentó dos mociones en la Cámara contra Batista y contra el Congreso; en julio de 1945 a Carlos Miguel de Céspedes por la venta de un pedazo de la calle Paseo; en enero de 1947, en carta leída por la radio, impugnó a Grau por supuestos intentos reeleccionistas; en 1950 acusó al presidente Prío por el asalto a un juzgado correccional, del cual sustrajeron los documentos de una causa por malversación; en 1951 acusó a Rolando Mansferrer de una bomba que colocaron en la casa de Roberto Agramonte; y así sucesivamente. Su conducta le granjeó amigos y enemigos. Calificado de loco, respondía: prefiero ser un loco con vergüenza que un ladrón desvergonzado. Efectuó duelos de sables, pistolas y puñetazos en varias oportunidades.

La defensa de lo que consideraba útil en cada momento, lo llevó en 1946 a defender algo indefendible: el terrorismo. Estableció una diferenciación entre el atentado revolucionario y el simple terrorismo. Dijo: El uso de la bomba puede tener su explicación cuando ella se emplea como grieta de rebeldía contra un régimen de terror…, pero jamás cuando se emplea contra un Gobierno que es producto de la voluntad nacional.

La muerte estaba en su quehacer y en su discurso. En noviembre de 1939, en vísperas de las elecciones de delegados a la Asamblea Constituyente, resultó herido de bala y cuando le preguntaron quiénes habían sido los agresores, dijo: No se preocupen por averiguar; muero por la revolución, voten por Grau San Martín; pero la popularidad alcanzada por el disparo le dio el segundo lugar en la votación. En enero de 1948, en una asamblea del Partido, saltó sobre la mesa presidencial y se puso a gritar: ¡Tiren al corazón! ¡La Ortodoxia necesita un mártir! En mayo de ese mismo año, durante un recorrido electoral por Oriente, apuntó: El día que Chibás crea advertir una extinción o una merma en el amor ciudadano, se parte de un balazo el corazón, no por cobardía ante el fracaso, sí para que su inmolación conduzca a la victoria de sus discípulos.
Por su popularidad las encuestas lo daban como favorito para ganar las elecciones de 1952, pero el 5 de agosto de 1951, al no poder probar la acusación que había realizado contra Aureliano Sánchez Arango, se hizo un disparo a causa del cual falleció el 16 del propio mes.

La concepción de la inmediatez, característica de los cambios revolucionarios, no le permitió elaborar un proyecto político que respondiera a las condiciones existentes y a la psicología social del cubano, sencillamente pedía que lo siguieran. En una oportunidad expresó: Nuestro pueblo se informa del latrocinio de los gobernantes con la misma calma que lee las páginas de los muñequitos de colores o escucha los programas de radio. Por eso llamaba desesperadamente a la conciencia ciudadana indiferente: Pueblo de Cuba, despierta; sin comprender que los cambios al interior de las personas no responden a las urgencias revolucionarias. Por eso, con mucha razón, alguien expresó a su muerte: Chibás era un hombre imbuido de ideas mesiánicas sobre la historia, la moral y la política. A pensar en ese nuevo orden no le dedicó tiempo, pues en definitiva, el nuevo orden era él mismo, una enfermedad crónica de la que aún padecemos.

En aquella época, como en la actual, Cuba requería de un cambio capaz de romper tanto el monopolio elitista de la economía como de la política para acceder a la justicia social. Para eso era necesario el fortalecimiento de la sociedad civil, sin la cual no es posible el avance personal ni social en la modernidad. Chibás concibió un paraíso perfecto para imponerlo a una realidad compleja, construido desde su imaginación: expulsar a los ladrones del poder y situar en su lugar a un hombre honrado, servidor de la nación. Ese hombre tenía que ser su propia persona, que no apetecía ni necesitaba del patrimonio nacional, por tanto los cambios que propugnaba tenían que realizarse desde el dañino esquema del personalismo y el caudillismo, dos de los fenómenos culturales más negativos y arraigados en nuestra historia política.

Su experiencia nos indica que la actual liberación de los presos políticos tiene que acompañarse de la implementación de los derechos y libertades, y sobre todo del fomento de la cultura cívica, para que los destinos de la nación no dependa sólo de líderes mesiánicos, que tanto fructifican en nuestra sociedad.

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El movimiento es una propiedad universal: cambia la naturaleza y cambia la sociedad; la diferencia consiste en que los cambios en la naturaleza responden a leyes objetivas que actúan con o sin participación humana, mientras la historia la hacen los hombres, lo que les permite adelantarla o retrasarla, pero no detenerla. La necesidad del cambio social se manifiesta de forma permanente como insatisfacción ante lo alcanzado, lo que hace de la sociedad una entidad perfectible.

En Cuba, la convergencia de factores internos, externos, históricos, sociológicos y culturales, en una época y en un espacio geopolítico determinado, hizo posible el predominio del inmovilismo en las últimas décadas. Sin embargo, esos mismos factores, conjuntamente con otros nuevos, han puesto a la orden del día los límites del inmovilismo. Una realidad que las propias autoridades del país, atrincheradas durante mucho tiempo en la concepción de que Cuba ya cambió, han reconocido en su discurso, la necesidad de cambiar todo lo que sea necesario y/o actualizar el modelo.

Los intentos de homogeneizar la pluralidad social, convertir al ciudadano en masa, desconocer la función vital de los derechos y libertades y determinar que, cuando y cómo hay que hacer cada cosa, condujo al estancamiento primero y al retroceso después, hasta concluir en un rotundo fracaso con considerables daños materiales y espirituales.

Aunque la inviabilidad del modelo llevó la economía casi al colapso, el sistema continuó aferrado a una ideología sin futuro hasta que, parafraseando a Lenin sobre su definición de situación revolucionaria, la coincidencia en Cuba entre agotamiento del modelo, estancamiento de la nación, descontento ciudadano, presiones externas y consenso por el cambio, conforma un cuadro objetivo expresado en que: los de abajo no quieren y de los de arriba no pueden, seguir como hasta ahora. En ese contexto, aferrado al inmovilismo y a la política de confrontación, una serie de acontecimientos se sucedieron apenas iniciado el año 2010: se impidió la entrada a Cuba del eurodiputado socialista Luís Yáñez, se produjo la muerte por una prolongada huelga de hambre del prisionero político Orlando Zapata Tamayo, se inicio otra huelga similar por el opositor Guillermo Fariñas y se produjeron varias manifestaciones represivas contra las Damas de Blanco, lo que conformó un nuevo escenario en el momento en que el gobierno anunciaba la “actualización del modelo”.

El cambio de conducta se manifestó en aceptar y permitir hechos antes inaceptables, como fueron: permitir a Rosa Diéz, líder del partido español Unión Progreso y Democracia, lo que se le prohibió a Luís Yáñez: entrar a Cuba con visa de turista y reunirse con varios disidentes; la reunión del canciller cubano con la troika de la Unión Europea, donde planteó la disposición de Cuba de continuar el diálogo a pesar de la denunciada “campaña mediática contra Cuba”; y la reunión del jefe del Estado cubano con las autoridades de la Iglesia Católica, donde se trató el tema de las Damas de Blanco, la huelga de Fariñas y la liberación de los presos.

Sin embargo, aunque ese cambio de conducta no signifique que exista la voluntad política para la democratización de Cuba, se trata de un resultado práctico importante: el fracaso del inmovilismo; pues el tema de los presos pudiera ser la antesala de otras demandas urgentes de la sociedad. Me refiero a los derechos referidos a salir y entrar libremente al país, el acceso libre a Internet, o la libertad de expresión, por sólo mencionar tres de las tantas carencias de los cubanos.

Si la táctica del gobierno consiste solamente en liberar a los presos para cambiar la imagen exterior y tener acceso a los planes de cooperación y a fuentes de financiamiento, está en el camino de un nuevo y más rotundo fracaso. Para evitarlo es importante que, en ausencia de una sociedad civil independiente con carácter legal para actuar al interior de Cuba, la comunidad internacional, a la vez que alienta la liberación de los prisioneros, coloque en su agenda con Cuba la necesidad de ratificar los pactos de derechos humanos firmados desde hace más de dos años y poner las leyes internas en consonancia con esos documentos. Sería un grave error implementar las ayudas al gobierno sin que éste demuestre la disposición de ir más allá de la liberación de los presos políticos, lo que no ayudaría ni al gobierno ni a la sociedad cubana.

La voluntad de cambiar tiene que demostrarse con la implementación de los derechos humanos, base de la dignidad de la persona y de aceptar que, junto al intento gubernamental de actualizar el modelo, los ciudadanos gocen del derecho a proponer modelos alternativos, lo que lleva implícito la renuncia al interés estratégico de permanecer eternamente en el poder. La participación ciudadana paralela al Estado es una exigencia de la modernidad. Cuba ha cambiando a lo largo de su historia y sin embargo, estamos inmersos en una profunda crisis estructural, una de cuyas causas ha sido la debilidad o ausencia de la sociedad civil, ese espacio de interrelación y convivencia de la diversidad de intereses, que por su autonomía e independencia respecto al Estado, constituye un instrumento insustituible para la participación ciudadana.

La demostración de que la eficacia para conservar el poder no es extrapolable al avance en la economía, indica también que la misma es insuficiente para detener la historia. Todo cambia, y Cuba está cambiando.

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Monseñor Enrique Pérez Serantes, nacido en Galicia, doctor en Filosofía y en Teología, ordenado sacerdote en 1910 y profesor del Seminario San Carlos y San Ambrosio durante seis años. En la diócesis de Cienfuegos ocupó los cargos de Visor y Vicario General, donde fundó el Consejo de San Pablo de los Caballeros de Colón. En 1922 recibió la consagración episcopal y fue designado segundo obispo de Camaguey por el Papa Pío XI. En 1948 la Santa Sede lo designó arzobispo de Santiago de Cuba.

Pérez Serantes fue el obispo más comprometido con los problemas sociales de Cuba, se destacó en la atención al mundo del trabajo, devino prototipo del obispo misionero y uno de los más destacados apóstoles de la Iglesia cubana. Su actividad estuvo inspirada en la encíclica Rerum Novarum (1891) del Papa León XIII, quien favoreció la creación de grupos, asociaciones y sindicatos católicos, germen de la actual Doctrina Social de la Iglesia. Al producirse el asalto al Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, asumió una conducta de compromiso, reflejada en circulares que embistieron contra el gobierno de Batista y que involucraron a la Iglesia en la convulsa situación cubana.
 
Las primeras circulares fueron Paz a los Muertos, el 29 de julio de ese año y Carta al Coronel Río Chaviano, al día siguiente. Luego emitió Al pueblo de Oriente, el 28 de mayo de 1957, una pronunciación a favor de la paz social; Queremos la paz, el 24 de marzo de 1958, un nuevo llamado a la búsqueda la paz, dirigido a mediar entre el gobierno y los guerrilleros; la circular Sobre la explosión del polvorín del Cobre, el 16 de abril de 1958, donde trata de demostrar que los causantes de la explosión no pensaron que la misma produciría el menor daño en el Santuario Nacional, evitando cualquier acusación contra el Ejército Rebelde; Invoquemos al Señor, el 22 de agosto de 1958, emitida durante la contraofensiva del Ejercito Rebelde; Paseo Macabro, el 7 de octubre de 1958, donde fustiga haberse paseado el cadáver de un joven rebelde por las calles de la ciudad y calificó el hecho de barbarie; y Basta de Guerra, el 24 de diciembre de 1958, en el que planteó que “nadie debe seguir divirtiéndose despreocupadamente, mientras millones de cubanos se retuercen y gimen en angustias de intenso dolor y de miseria”. Esa posición explica que en el acto celebrado el 2 de enero de 1959 en Santiago de Cuba, para escuchar por primera vez a Fidel Castro, Monseñor Pérez Serantes fuera el primero en hacer uso de la palabra.

He escuchado una versión según la cual Sarría lo salvó porque estaba cumpliendo órdenes, ya que la esposa de Fidel era hija de un político muy cercano a Batista, quien había intercedido por su yerno. Con independencia de que tal versión pueda o no ser cierta, el hecho que quiero destacar es que, en la Carta al Coronel Río Chaviano de 30 de julio, Pérez Serantes planteó su determinación de interceder por los fugitivos y la disposición de servir de garante de sus vidas, decisión que le permitió participar en el traslado de Fidel del lugar donde fue apresado hasta Santiago de Cuba, impidiendo que fuera asesinado. Esto último lo confirmó el General Juan Escalona Reguera en una entrevista que le realizó el periodista Luís Báez, en la que aseguró que, estando en Siboney, cerca del lugar donde Fidel Castro fue apresado, pudo observar el momento en que Sarría y Pérez Serantes discutían en la carretera, con el coronel Pérez Chaumont, quien exigía que le entregaran a Fidel Castro, a quien traían detenido.
En mayo de 1960, después de Fidel declarar el carácter socialista de la Revolución, Pérez Serantes hizo pública una circular en la que definía la posición de la Iglesia ante el rumbo que iban tomando los acontecimientos de forma definitoria: Con el comunismo nada, absolutamente nada. Después de una vida eclesial, caracterizada por el compromiso con los problemas sociales de Cuba, antes y después de la Revolución, y de interceder por la vida de Fidel Castro, Monseñor Enrique Pérez Serantes falleció en Cuba el 19 de abril de 1968.

Las contradicciones entre Iglesia y Revolución se fueron agudizando hasta devenir conflicto abierto. Una prueba del empeoramiento de las relaciones fue la detención durante varias horas en Camaguey –en diciembre de 1960 durante un viaje de regreso a Santiago de Cuba– del primer orador del acto celebrado del 2 de enero en Santiago de Cuba, donde Fidel Castro se dirigió públicamente por primera vez a los cubanos.

Después de una vida eclesial destacada, caracterizada por el compromiso con los problemas sociales antes y después de la Revolución, y de interceder por la vida de Fidel Castro, como lo habían hecho otros hombres de Iglesia ante situaciones conflictivas en la historia de Cuba como Pedro Agustín Morell, Antonio María Claret y Olallo José Valdés, Monseñor Enrique Pérez Serántes falleció en Cuba el 19 de abril de 1968, a los 84 años de edad.

Pedro Agustín Morell, Antonio María Claret, Olallo José Valdés y Enrique Pérez Serantes no son los únicos, pero son representativos de la importancia que tienen la ética, el valor, el compromiso y la voluntad para enfrentar los conflictos. Se trata de hechos poco divulgados, que forman parte de nuestra historia y que encierran muchas enseñanzas para el actual caso de los prisioneros de conciencia cubanos y para otros muchos problemas que esperan por la mesa de negociación.

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En 1833, cuando La Habana era arrasada por el cólera y escaseaban los médicos, un niño de 13 años, inmerso en la atención a los enfermos descubrió su verdadera vocación. A la pregunta de uno de los frailes juaninos que lo observaba con curiosidad, acerca de si le gustaría servir a Dios atendiendo enfermos, respondió: -Si, Padre, sería mi mayor ilusión. Casi de inmediato hizo sus votos de pobreza, obediencia y castidad y pasó a formar parte de los hermanos de San Juan de Dios, una orden hospitalaria que desde 1603 tenía representantes en Cuba. Aquel niño convertido en fraile, que al mes de nacido había sido depositado por sus progenitores en la Real Casa Cuna del patriarca San José, era fray Olallo José Valdés.

En 1835, cuando arreciaba la epidemia del cólera en Puerto Príncipe, donde fallecieron decenas de enfermos, Olallo fue enviado para reforzar a los hermanos que laboraban el Hospital San Juan de Dios –atendido por los juaninos desde 1728–, donde permaneció durante 54 años, barriendo, lavando sábanas y vendajes, bañando a los ancianos, curando y alimentando a los dolientes. En ese fragor, acompañado de sus lecturas, devino Enfermero Mayor, utilizó las mejores técnicas para curar padecimientos, practicar operaciones quirúrgicas y actuar como farmacéutico.

Su fortaleza de carácter, su entrega, su compromiso con los más sufridos y sobre todo su fe, le permitieron enfrentar disímiles situaciones complejas.

En 1842 se aplicaron en Cuba los decretos de exclaustración, mediante los cuales las órdenes religiosas fueron suprimidas y sus bienes incautados por el Gobierno. Por ese motivo el Hospital de Puerto Príncipe pasó a la Beneficencia Pública. En ese momento, aunque los hermanos hospitalarios se vieron obligados a convertirse en empleados del Estado y someterse a exigencias ajenas a su naturaleza, fray Olallo, ignorando la orden, continuó en su labor, impidiendo que los pobres enfermos sufrieran las consecuencias negativas de la medida. En 1868, al estallar la Guerra Grande, las autoridades militares ocuparon el Hospital, lo convirtieron en plaza militar y ordenaron suspender la atención a los enfermos civiles. Olallo, no sólo se opuso a esa medida, sino que actuó como mediador, hasta lograr que sólo fueran dados de alta los enfermos que podían continuar el tratamiento fuera del recinto hospitalario, gracias a lo cual, el resto pudo permanecer en el Hospital.

Pero fue en 1873 cuando su nombre quedó inscripto definitivamente en nuestra historia. El 11 de mayo de ese año Ignacio Agramonte cayó muerto en combate en el potrero de Jimaguayú y su cadáver fue trasladado a Puerto Príncipe. Al día siguiente, su cuerpo exánime, atravesado sobre el lomo de un caballo, fue tirado en medio de la Plaza para ser exhibido como escarmiento y trofeo de guerra, con la orden de que nadie lo podía tocar. Enterado del acontecimiento, Olallo ordenó preparar una camilla, se dirigió al lugar y respondió a las autoridades militares que la única orden superior que él acataba era la del Señor. Seguidamente cargó el cuerpo, lo condujo al pasillo del Hospital y con su pañuelo, le limpió el rostro cubierto de fango y de sangre. Luego fue trasladado a la enfermería, donde fue lavado y amortajado, evitando así que los militares pudieran cumplir el objetivo que perseguían con los restos del Mayor.

Además de participar directamente en varias epidemias, como ocurrió en 1871 cuando coincidieron el cólera, la viruela y la fiebre amarilla y de atender directamente a enfermos de cólera, nunca se contagió. Cuando el Hermano Juan Manuel Torres, el único de la Orden que quedaba vivo, contrajo lepra en 1866, Olallo se hizo cargo de su aseo, alimentación y curas hasta su fallecimiento diez años después. La última prueba de su consecuente entrega a los más sufridos la realizó en 1888. Ante Notario y en presencia de los testigos, declaró que todos sus bienes, incluyendo una casa heredada y el dinero que le adeudaba la Administración pública, lo dejaba en herencia al Hospital de San Juan de Dios de Puerto Príncipe, donde sirvió durante más de medio siglo.

A los 69 años de edad, el 7 de marzo de 1889, enfermo, cuando aún atendía decenas de pacientes cada día, murió en el mismo Hospital donde ejerció su obra caritativa. Vivió para los pobres, murió pobre, su cuerpo fue cargado por pobres y entre ellos fue enterrado. En su panteón reza la inscripción: Este monumento llegaría al cielo, si lo formaran los corazones de los pobres agradecidos a quienes asistió el Padre Olallo durante 53 años en el Hospital de San Juan de Dios de Puerto Príncipe.

En marzo de 1989, la Iglesia Católica de Camagüey solicitó se realizara el proceso de santidad. En diciembre de 2006, el Papa Benedicto XVI firmó los decretos que lo reconocieron como Venerable. En noviembre de 2008 se celebró la misa de beatificación en la ciudad de Camaguey, donde se declaró canónicamente, que el fray Olallo José Valdés era Beato; un valioso ejemplo de participación de figuras de la Iglesia en los asuntos políticos y sociales de Cuba a lo largo de la historia.

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El artículo de Juan Varela Pérez, Faltaron control y exigencia en la zafra, publicado en el diario Granma el 5 de mayo de 2010, constituye una prueba de que el estado crítico de la producción azucarera cubana refleja tanto la situación de la producción agrícola como el de la economía en general.

Entre otras cosas Varela aseguró que “la actual zafra –la del año 2010– puede calificarse de pésima en producción y eficiencia”, que ha sido “la más pobre desde 1905”, que al Ministerio del Azúcar y a los Grupos Empresariales les faltaron control y exigencia para hacer cumplir las variantes organizativas que permitieran solucionar las dificultades, que al cierre del 25 de marzo había “un déficit superior a 850 000 toneladas de caña”, que los rendimientos cañeros que llegaron en el período 2005-2008 a crecer de 24 toneladas por hectárea a 41,6, volvieron a deprimirse y muestran un costoso descenso”, que revertir la crisis de hoy demanda un examen integral y recomienda analizar la estimulación al cañero, “cuya producción es hoy la menos pagada en la agricultura”.

Para entender la magnitud del desastre repasemos algunos datos de la producción azucarera cubana en los últimos 115 años. En 1895 se produjo por vez primera 1,4 millones de toneladas de azúcar, monto que cayó con la tea incendiaria durante la Guerra de Independencia; en 1903 se produjo 1 millón de toneladas; en 1907 se llegó hasta 1,3 millones; en 1919 se sobrepasaron los 4.0 millones; en 1925 la cifra llegó hasta 5,3 millones; en 1948, 6,1 millones y en 1952 se logró la colosal cifra de 7,2 millones de toneladas. En 1959 se produjeron más de 6 millones; en 1970 se alcanzaron 8,5 millones –cifra record en nuestra historia–, con el inconveniente que ese esfuerzo voluntarista desorganizó toda la economía cubana; posteriormente las zafras entre 1982 y 1990 se aproximaron a la de 1970 para iniciar una recaída hasta que en 1999 apenas se lograron 3,8 millones de toneladas.

Para enfrentar el declive azucarero, Ulises Rosales del Toro, General de División y Jefe del Estado Mayor General de las FAR, fue designado Ministro del Azúcar. En ese cargo pronosticó una recuperación que alcanzaría en el año 2001 la cifra de 5 millones de toneladas. Para ese fin dirigió dos proyectos: la Reestructuración de la Industria Azucarera y la Tarea Álvaro Reynoso. El primero, estaba dirigido, entre otras cosas, a lograr un rendimiento industrial del 11%, lo que significaba extraer de cada 100 toneladas de caña, 11 toneladas de azúcar; sin embargo, en el año 2002 se cerraron 71 de los 156 ingenios existentes y se redistribuyó el 60% de las tierras destinadas a la caña para otros cultivos, a pesar de que Cuba cuenta con condiciones envidiables para su producción. El segundo, que lleva el nombre del insigne cubano Álvaro Reynoso, se proponía lograr un rendimiento de 54 toneladas de caña por hectárea (muy por debajo del promedio mundial), que tampoco tuvo éxito.

Dicha estrategia demostró su inviabilidad. En 2001 en vez de 5,0 se produjeron 3,5 millones, un monto similar al de 1918; en 2002 bajó hasta 2,2 millones de toneladas, la más baja en 80 años; en 2003 volvió a bajar hasta 2,1 millones; en 2004 hubo una ligera recuperación que llegó a 2,52 millones, para caer estrepitosamente en 2005, año en que se produjo sólo 1,3 millones, la peor cosecha azucarera de los últimos cien años –una cifra que ya se producía en Cuba en el año 1907–; mientras el rendimiento por hectárea, como lo explicó Juan Varela, sufrió un ligero aumento para volver a declinar.

Las otras medidas dictadas para la economía agrícola han sido, esencialmente, la promulgación de la Ley 259, acerca de la entrega de tierras en usufructo y los cambios de funcionarios al frente de los ministerios.

La primera medida, la Ley 259, se limita a entregar tierras ociosas en usufructo por 10 años que fueron invadidas por el marabú, al punto que el área de tierra cultivada decreció entre 1998 y 2007 en un 33%; a pesar de ello, la Ley conserva la propiedad en manos del Estado. El jueves 13 de mayo, en el programa televisivo La Revista de la Mañana, el periodista Ariel Terrero comentaba que si bien con la Ley 259 hay más campesinos, éstos carecen de equipos, recursos y experiencia; que Cuba está importando el 80% de lo que consume respecto a productos agrícola; que se creció en plátano respecto al año anterior, un año que además fue muy malo por los ciclones, pero se decreció en muchos otros rubros como malanga, vetelales frescos, etc.;y  que la mitad de la tierra entregada por la Ley 259 sigue sin producir.

La segunda medida, los cambios de funcionarios, no ha ejercido ningún efecto positivo; Ulises Rosales del Toro, después de ocho años sin poder detener el declive azucarero “atendiendo a su amplia experiencia de dirección y autoridad política, así como la necesidad de potenciar la producción agropecuaria, actividad estratégica del país”, fue designado Ministro de la Agricultura y en su lugar, como Ministro del Azúcar se designó a Luís Manuel Ávila González, quien posteriormente fue destituido del cargo. Más recientemente, el Viceministro Primero de la Agricultura, Gustavo Rodríguez Rollero, fue promovido a Ministro y Ulises Rosales elevado a la atención integral de los ministerios del Azúcar, Agricultura e Industria Alimentaria.

La esencia del fracaso, tanto en la producción azucarera como en el resto de la economía, consiste en la subordinación de la economía a la política, en la ineficaz estructura actual de la propiedad y en salarios sin correspondencia con el costo de la vida. La milenaria experiencia práctica y la ciencia económica han demostrado en todas partes del mundo que el ser humano actúa en dependencia de sus intereses; entonces, cuando el interés desaparece, como ha ocurrido en Cuba por las causas analizadas, el resultado no puede ser otro: los ciudadanos impedidos por ley de ser propietarios y al recibir un ingreso insuficiente, en vez de empeñarse en producir subsisten al margen de la ley, con el consiguiente y perjudicial deterioro ético.

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Antonio María Claret (1807-1870), después de desarrollar una destacada labor evangelizadora en Cataluña y Canarias, de participar como cofundador de la Congregación de los Hijos del Inmaculado Corazón de María (misioneros claretianos) y de ser ordenado Obispo, fue enviado a nuestro país para ocupar el Arzobispado de Santiago de Cuba, el cual abarcaba el territorio desde las actuales provincias de Guantánamo hasta Ciego de Ávila, una extensa región donde la labor evangelizadora había dejado mucho que desear debido a la ausencia de obispos durante 18 años.

Para el mejor desarrollo de su misión, Claret elaboró una Carta Pastoral dirigida a la iniciación en la vida cristiana con semejanzas a la actual Doctrina Social de la Iglesia, legitimó miles de matrimonios, fundó la Hermandad de la Instrucción de la Doctrina Cristiana para la evangelización y junto a la madre María Antonia París, fundó también el Inmaculado Corazón de María (claretianas). Su norte fue siempre la dignidad de la persona y la prioridad de los más necesitados como lo demuestran las cajas de ahorro al servicio de obreros y campesinos, la ayuda a las mujeres sin dotes para casarse y a las viudas desamparadas y su atención a la agricultura, sector para el que escribió dos libros referidos a los métodos agrícolas modernos; creó una granja en Camaguey para niños y niñas pobres y elaboró un plan que tendía a convertir a los campesinos en verdaderos propietarios.

Su arribo a Cuba se produjo cuando el comercio de esclavos seguía arrojando miles de africanos sobre nuestras costas. Como en sus manos no estaba la posibilidad de abolir la esclavitud, abogó –siguiendo el ejemplo de San Pablo– por el trato caritativo a los cautivos, por la igualdad entre negros y blancos y por la eliminación de la trata, a la vez que autorizó los matrimonios interraciales y exigió el cumplimiento de las leyes civiles y eclesiásticas que contenían beneficios para los esclavos, como el Bando del Buen Gobierno, el Reglamento de Esclavos y las Leyes Sinodales. El valor ético de su conducta reside en que las autoridades coloniales prohibían a los eclesiásticos criticar la legislación vigente, y la esclavitud era legal, por lo que tuvo que enfrentar más de un proceso en su contra.

Aunque Claret se declaraba apolítico, realmente era partidario del sistema monárquico y contrario a la independencia. Sin embargo, como hombre de Iglesia, esa posición nunca lo apartó de su labor misionera. En su autobiografía escribió: “Jamás me he metido en materias de política; veo y medito la marcha de las cosas, pero no digo ni una palabra”. Aunque él consideraba que la actuación política directa era una impedimenta para el ministerio sacerdotal, lo cierto es que nadie que se preocupe y ocupe de los pobres, los enfermos, los trabajadores y los esclavos, puede considerarse al margen de la política.

La mejor prueba de lo anterior la brindó el mismo Claret con la actitud asumida en el proceso judicial, efectuado en agosto de 1851, que condenó a muerte a Joaquín de Agüero y a otros patriotas camagüeyanos que se alzaron contra la metrópoli. Los consideró patriotas porque, aunque eran partidarios del anexionismo, no se puede ignorar que esa corriente política incluía a todos los que asumían el modelo norteamericano por su carácter democrático y no sólo a los que propugnaban la unión con Estados Unidos con el fin egoísta de preservar la esclavitud.

Ese fue el caso de Joaquín de Agüero, quien se inició en la vida pública aboliendo la esclavitud en sus propiedades, casi dos décadas antes que lo hiciera Carlos Manuel de Céspedes en La Demajagua. La razón estriba en que, como la anexión implicaba previamente la separación de España, los que tenían ideas independentistas podían aceptar la participación en la primera etapa, es decir, en la de la separación. El historiador marxista Sergio Aguirre, en Nacionalidad y nación en el siglo XIX cubano, al referirse a Joaquín de Agüero, Isidoro de Armenteros, Francisco Estrampes y Ramón Pintó, escribió: “Fueron todos, al parecer, anexionistas. Pero, ¿quiénes anduvieron movidos erróneamente por una sana intención democrática?; ¿cuáles fueron hipotecadores de la nacionalidad cubana en aras del interés esclavista?; ¿para quienes fue la independencia el verdadero objetivo? Lógicamente, el mejor parece Agüero. El peor Pintó”. Otro historiador, Oscar Loyola, en Cuba y su historia, reconoce que el anexionismo no fue una corriente unitaria y plantea que Agüero se alzó en defensa de la separación de Cuba de la Metrópoli.

A favor de esos cubanos que lucharon por la separación de España, Claret, que era partidario de la monarquía, pidió clemencia por ellos y solicitó permutar la pena de muerte dictada a cambio de su propia vida: una actitud valiente y ética conforme a los principios cristianos.

En carta al Capitán General de la Isla, el 26 de julio de 1851, escribió: “Ya sabe Vuestra Excelencia que nunca jamás me he metido en asuntos políticos, pero en esta isla se halla tan hermanada la religión con la política, que apenas se puede hablar de la una que no se tope con la otra aunque no se quiera”. Por su recta conducta fue víctima de varios atentados contra su vida, entre ellos el ocurrido en 1856, en la ciudad de Holguín, donde fue herido en la mejilla y en el brazo derecho con una navaja.

En 1857 Claret, al ser designado confesor personal de la Reina Isabel II, abandonó Cuba. Resultado de la revolución liberal de 1868 partió al exilio con la Reina y murió refugiado en una abadía de Francia, el 24 de octubre de 1870. Por su obra el Episcopado de América Latina solicitó al Papa León XIII su beatificación, la causa se introdujo en 1887, fue declarado Venerable en 1890, beatificado en febrero de 1934 y canonizado por el Papa Pío XII, el 7 de mayo de 1950.

Al igual que el obispo Pedro Agustín Morell, quien medió y defendió a los esclavos del Cobre en 1731, San Antonio María Claret, intercedió por la vida de un grupo de patriotas camagüeyanos. Hechos poco conocidos, que son parte de nuestra historia y que encierran muchas enseñanzas para el presente cubano.