Generación Y es un Blog inspirado en gente como yo, con nombres que comienzan o contienen una "y griega". Nacidos en la Cuba de los años 70s y los 80s, marcados por las escuelas al campo, los muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Así que invito especialmente a Yanisleidi, Yoandri, Yusimí, Yuniesky y otros que arrastran sus "y griegas" a que me lean y me escriban.


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Me advierten que sobre la mesa de alguna oficina descansa “mi caso”. Un expediente lleno de pruebas de infracciones cometidas, un abultado dossier de ilegalidades que he acumulado en estos años. Los vecinos me insinúan que me disfrace con gafas de sol y que desconecte el teléfono cuando quiera hablar algo privado. Poco, muy poco –me aclaran- puede hacerse ya para que no toquen a mi puerta una mañana bien temprano.

En espera de eso, quiero señalar que no guardo armas bajo la cama. Sin embargo, he cometido un delito sistemático y execrable: me he creído libre. Tampoco tengo un plan concreto para cambiar las cosas, pero en mí la queja ha sustituido al triunfalismo y eso es –definitivamente- punible. Jamás pude darle una bofetada a nadie, no obstante me negué a aceptar el sistemático manotazo a mi “yo cívico”. Esto último es condenable en grado sumo. Encima de eso, y a pesar de no haber hurtado nada ajeno, he querido “robar” –en repetidas ocasiones- lo que creía me pertenecía: una isla, sus sueños, sus legados.

Mas no se confíen; no soy del todo inocente. Llevo en mi haber un montón de fechorías: he comprado sistemáticamente en mercado negro, he comentado en voz baja –y en términos críticos- sobre quienes nos gobiernan, he puesto apodos a los políticos y comulgado ante el pesimismo. Para colmo, he cometido la abominable infracción de creer en un futuro sin “ellos” y en una versión de la historia diferente a la que me enseñaron. Repetí las consignas sin convicción, lavé los trapos sucios a la vista de todos y –magna transgresión- he unido frases y juntado palabras sin permiso.

Declaro –y asumo el castigo que me toque- que no he podido sobrevivir y cumplir con todas las leyes al mismo tiempo.

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(Texto escrito el domingo 11 de mayo y a la espera de una conexión a Internet que sólo ha llegado hoy)

Mi hijo se hace un hombre y ya exige su propio espacio. Por el momento su territorio es breve: un cuarto, el caos de quien no está al tanto del aburrido orden de las cosas y la anárquica consigna de “quiero hacer lo que me da la gana”. Ya puedo vaticinar los encontronazos cuando las demandas de autonomía se extiendan a su ciudad y a su país. Cuando la alcanzada conquista de colgar sus íconos en las paredes dé paso a la necesidad de exteriorizar alguna “incómoda” preferencia.

El día llegará en que no le baste el peinado, la moda o la música para sentirse diferente. Se hará entonces agitador, reaccionario o extremista, con la complicidad absoluta –óiganlo bien- de su progenitora. No pienso desterrarlo de la casa, delatar sus acciones, renegar de sus actos o aclarar -para salvar mi responsabilidad- que “no lo eduqué para eso”.

A fin de cuentas también él ha tenido que cargar conmigo y soportarme. Sea lo que sea: estrafalario, pirómano, contestatario, incluso indiferente, me tendrá a su lado. Hay que preguntarle a él si hará lo mismo conmigo. Si un día este Blog, mi historia, mis excesos, no pesarán demasiado sobre su vida.

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Tengo veinte minutos para llegar del Parque Central hasta una pequeña Galería –cercana a la Plaza Vieja- donde un amigo expone sus cuadros. Si intento seguir a pie me perderé la parte del discurso inaugural y el pintor naif no me lo perdonará. Capturo un bicitaxi y le ofrezco diez pesos porque vaya a toda rueda. El ciclista me mira alegrándose de las pocas libras que tendrá que cargar y tararea un reggaetón que dice “le gusta el bate a la mujer del pelotero, le gusta la carne a la mujer del carnicero… y la del bombero me está pidiendo fuego…”.

Ya estamos en marcha y durante el trayecto me siento como una estirada señorona subida en palanquín. Aligero mi culpa pensando que si no fuera yo, el pobre chofer habría tenido que cargar un par de gordos que también le hacían señas. No he salido del remordimiento cuando éste desatiende el timón y me pregunta: “¿Eres de La Habana?”. Confirmo mi origen citadino y con ojos codiciosos me dice “Yo soy de Guantánamo. Estoy buscando alguien que se case conmigo para que me ponga en el registro del carné de identidad. ¿Estás soltera?”

Lo directo de la propuesta me deja abrumada. Quiero explicarle que ya tengo pareja, que no poseo una propiedad donde inscribirlo y salvarlo de la deportación. Se me ocurre aclararle que mi barrio está muy próximo a esa torre -en forma de pirulí truncado- donde se alberga el poder, lo cual hace extremadamente complicado domiciliar una nueva persona. Todos los argumentos para negarme a tan súbito pedido de matrimonio se los resumo en uno breve “No puedo”.

El hombre me mira como si lo estuviera condenando al centro de retención de “ilegales” por el que ya ha pasado. El mismo sitio de donde salen ómnibus cada semana para extraditar, junto a un acta de advertencia, a los que están “sin papeles” en La Habana. Su mirada me hace sentir culpable de haber nacido en esta ciudad achacosa y exclusiva, coqueta con el turismo internacional y ceñuda con los compatriotas de otras provincias.

Estoy a punto de cambiar de idea y casarme con él, pero llegamos al lugar de la exposición y mi amigo el pintor me salva del anillo de bodas.

Como si fuera poco, ayer me han dado un nuevo galardón. El que he recibido lleva un titulo de película del sábado: “la blogger cautiva” y consiste en no dejarme viajar a Madrid para la ceremonia del premio Ortega y Gasset. Los que me lo otorgaron no han querido dar su nombre y su apellido, aunque en este Blog hemos llegado a mencionarlos como “ellos”. Son esos que, desde un uniforme militar, manejan nuestros derechos ciudadanos y no dan explicaciones sino que imparten órdenes.

 No creía merecer tantas atenciones, pero si los funcionarios insisten, acepto esta nueva distinción. Olvidan ellos que en el ciberespacio mi voz puede viajar sin límites, salir y entrar sin pedir permiso… No importa si mantienen retenido mi pasaporte. Desde hace un año tengo otro que en el acápite de nacionalidad exhibe una breve palabra: “blogger”.

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Para los escépticos de siempre, esos que creen que las cosas no cambian, aquí les dejo unas fotos comparativas de mi pan del racionamiento de julio pasado y del que recibí hoy.

La diferencia fundamental entre el “espécimen” de arriba y el de abajo no es tan sólo en su apariencia. Entre ambos hay varios administradores de la panadería despedidos por desvío de recursos, un par de reuniones de rendición de cuentas con quejas sobre la calidad de ese producto y un grado más de resignación ante el hecho de que definitivamente “hemos olvidado la receta del pan”.

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Quiero convocar a los amigos y comentaristas del Blog a colaborar con la traducción al inglés de los últimos posts. Los textos en ese idioma los pueden poner en la zona de los comentarios de esta convocatoria al trabajo voluntario.

No habrá diplomas, ni efectos electrodomésticos para los que traduzcan más entradas; sólo el agradecimiento de esta blogger y de aquellos lectores que no pueden leer en español.

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Esta incómoda infancia cívica, en la que necesito pedir permiso para casi todo, no acaba de convertirse en mayoría de edad. Antes eran mis padres los que vigilaban que no me tragara un tornillo o que metiera los dedos en el tomacorriente, ahora la supervisión viene por parte del Estado. Bajo la “protección” de este rígido tutor, no hay mucho espacio para jueguitos ni para retozos; mucho menos para salir sólo.

Como un bebé en pañales me veo por estos días, mientras espero el permiso para viajar a Madrid para recoger el Premio Ortega y Gasset. La autorización para volar mañana sábado 3 de mayo –día de la libertad de prensa- está “detenida” por una misteriosa Jefatura de Inmigración y Extranjería que no me da explicaciones. Para esa poderosa institución sigo siendo un lactante al que no se le dice que le van a poner una inyección.

¡Qué ganas tengo de crecer… de hacerme adulta y que me dejen salir y entrar de casa sin permiso!

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Junto a noventa y nueve famosos me ha puesto la revista Time en su lista de personas influyentes del 2008. A mí, que nunca me he subido a un escenario, ni a una tribuna y que mis propios vecinos no saben si “Yoani” se escribe con “h” intermedia o con “s” final. Para más sorpresa estoy en el acápite de “Héroes y pioneros”, aunque preferiría la simple categoría de “ciudadano”.

De los innumerables caminos para llegar a ese célebre listado, creo haber transitado –a pie- por el más inusual. Ese que no va apuntalado con poder económico, carisma ante las cámaras, control político o ascendencia religiosa. Sencillamente me dediqué a contar mi realidad desde el distorsionado foco de las emociones y las interrogantes. Llegué a creerme que la voz de un individuo puede empujar los muros, oponerse a las consignas y desteñir los mitos. Ahora la vanidad solo me alcanza para imaginar que los otros inscritos se estarán preguntando “¿quién es esa desconocida blogger cubana que nos acompaña?”

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Elsa se ha comprado un nuevo DVD-player y una olla de presión eléctrica, pero su marido le advierte que debe esperar un poco para abrirse una línea de móvil. Él, que ha visto cosas que estremecen, recuerda todavía la última “operación maceta” de los años noventa. En esa ocasión a su hermana la acusaron de enriquecimiento ilícito y le confiscaron dos aires acondicionados, un carro y algunos efectos electrodomésticos. Por eso, le aconseja a su mujer que no se deje llevar por el entusiasmo del consumo, generado por las últimas medidas aprobadas por el gobierno.

En su paranoia el matrimonio especula sobre supuestas listas con los nombres de quienes compran los nuevos artículos aparecidos en el mercado. Por sí o por no, Elsa ha puesto cada nuevo objeto a nombre de un miembro diferente de la familia. Así la niña de siete años es legalmente la dueña de la olla, mientras que el varón -de doce- ostenta el título de propietario del lector de DVD. El abuelo, que apenas oye, será el que aparezca en el contrato del celular, si se deciden a tenerlo. Ninguno debe aparentar que ha empezado a acumular más productos de los que le permite su salario.

La cautela no es exclusiva de Elsa y su desconfiado esposo, sino que se extiende entre los campesinos temerosos de que las parcelas de tierra que hoy les dan en usufructo, sean –cuando ya estén productivas y libres de marabú- nuevamente nacionalizadas por el Estado. También los que no han podido saltar sobre el colchón de un hotel, desconfían que la nueva entrada de nacionales a esos recintos pueda revertirse en cualquier momento.

El comprensible temor al paso atrás nos mantiene en vilo ante cada nuevo anuncio. Cualquiera pensaría que se trata de un exceso de sigilo por nuestra parte, pero los antecedentes hablan por sí solos. Los más prudentes esperaremos por el temido proceso de rectificación, mientras que los incautos son arrastrados por el arrebato de los cambios.

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Este domingo en el noticiero el presidente de la Central de Trabajadores de Cuba anunciaba un 1ro de mayo donde se evidencie la “inventiva creadora” de nuestro pueblo. Sus palabras iban acompañadas por las conocidas imágenes de miles de personas desfilando en una Plaza llena de carteles, banderas y pullovers multicolores. Al ver tanta exuberancia, volvió mi vieja duda de dónde se confeccionan todos esos elementos vistosos que resplandecen bajo el sol de mayo.

Si nos guiáramos por las palabras de Salvador Valdés Mesa, se trataría de la iniciativa ciudadana la que diseña, pinta y colorea los posters y las ropas. Sin embargo, todos sabemos que no es posible comprar en pesos cubanos –la moneda en la que se reciben los salarios- ni una bandera cubana, ni pintura de aceite o acrílica y mucho menos camisetas o gorras. Tampoco se puede adquirir legalmente una impresora para lograr las letras perfectas que exhiben los afiches de las movilizaciones. ¿De dónde, entonces, salen los carteles que pretenden ser fruto de la espontaneidad popular?

Conozco la respuesta y sepan que poco tiene del arrojo de un obrero que escribe sus demandas en un lienzo. Tampoco se parece a la decisión de un sindicato autónomo que organiza pancartas para que sus miembros exijan mejoras laborales. La mayoría de esos letreros son orientados y diseñados por aquellos que los miran “embelesados” desde la tribuna. Ellos saben que si dejan a los trabajadores –por sí solos- que hagan los carteles, probablemente dirían otras cosas.