
Marcha por Cuba en Barcelona
- Sábado 5 de diciembre, a las 12 del día.
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Generación Y es un Blog inspirado en gente como yo, con
nombres que comienzan o contienen una "i griega". Nacidos en la Cuba de
los años 70s y los 80s, marcados por las escuelas al campo, los
muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Así que invito
especialmente a Yanisleidi, Yoandri, Yusimí, Yuniesky y otros que
arrastran sus "i griegas" a que me lean y me escriban.

Un amigo me juró hace diez años que no volvería a la playa hasta que pudiera comprar –cerca de la arena– una cerveza en moneda nacional. Sus blanquísimas pantorrillas me confirman que no ha estado en el mar por una década, mientras espera una Cristal pagada con su propio salario. La vecina de la esquina dio su palabra de no cortarse el pelo antes de cierta fecha largamente añorada por tantos cubanos. Los piojos la hicieron romper el compromiso –a principio de los noventa– cuando la melena alcanzaba su cintura. Recientemente, cambió la estrategia y puso un vaso de agua sobre el armario y sólo lo quitará cuando sus hijos exiliados puedan volver a vivir junto a ella.
Diminutas casas de madera descansan sobre una tumba en el cementerio de La Habana. Son la expresión material de esos pedidos que recibe la Milagrosa para proveerles una vivienda a quienes quieren escapar de la casa paterna o del atestado albergue colectivo. Al lado de esas miniaturas, hay aviones y barcos de juguetes, para lograr el sueño de saltarse la insularidad dentro de uno a tamaño natural. En la misma necrópolis, pero hacia el sur, está el panteón de la conocida médium que encarnaba el espíritu de Tá José. Un gallo –con la cabeza cortada allí mismo– le fue ofrecido por aquel joven que alcanzó finalmente el cotizado empleo en una firma extranjera.
Otros aguardan por el milagro de un permiso de salida, por la liberación de un preso político o por una licencia para abrir un pequeño restaurante. Esta parece ser la isla de los imposibles, la tierra de las promesas por cumplir, el país de las ofrendas retenidas hasta que se alcance lo pedido. Yo misma me he jurado que no voy a parar de escribir, pues cada una de mis líneas es la plegaria del que no puede más, el voto virtual de quien ya se dejó crecer el pelo, puso su obsequio sobre el mármol y vio secarse varios vasos con agua.

Entre historias como esta vive Adolfo Fernández Saínz,
que ayer cumplió 61 años, seis de ellos encerrado en
la prisión de Canaleta desde la primavera negra de 2003.
Esa tarde se extraería el último canino que le quedaba. Llevaba días en eso, ayudado por otro recluso que era diestro en sacar dientes y muelas. La colección de lo arrancado la había ido poniendo debajo de la almohada y allí la dejaría hasta que en un momento le diera por lanzarla –con su amarillento esmalte– por la diminuta ventana que tenía la celda.
Si todo salía como esperaba, la próxima semana estaría mostrándole su boca de encías lisas al doctor. Le diría que se le habían caído solos, como le había pasado al protagonista del filme Papillon, que vio cuando era niño. En aquella historia el prisionero había sido víctima del escorbuto, pero él no, él había renunciado a su dentadura para acceder a la dieta blanda que le daban a los reclusos que no podían masticar. El preparado de plátano y boniato superaba en sabor a la rancia comida que les servían a los otros, de manera que era una cuestión de sobrevivencia prescindir de esas inutilidades que llevaba alrededor de la lengua.
Antes de irse hacia la litera del Cojo, que ya había preparado el “instrumental” como si ostentara un diploma de estomatólogo, se miro el canino por última vez en la lata pulida que le servía de espejo. No había nada que lamentar, estaba picado por las caries, torcido a la derecha y manchado de nicotina. Ese pequeño obstáculo que emergía de su boca no iba a interponerse entre las viandas y su necesitado cuerpo. Así que le dio algunos golpes para aflojarlo y caminó hacia donde varios presos aguardaban por una extracción. Sobre el colchón, un trozo de cuchara y una pequeña barra metálica harían las veces de cincel y martillo para debilitar el diente, una improvisada pinza –hecha con dos trozos de alambrón– removerían la raíz. El pago por la improvisada cirugía lo efectuaría en cigarros, cerca de unos veinte que había ahorrado en varios días sin fumar.
Después se iría a dormir con el latido alrededor del hueco que una vez cobijó su colmillo pero alegre de poder entrar a la cofradía de los desdentados, al club de los privilegiados que comían un poco mejor. Otros en sus camas también estarían controlando el dolor, mientras soñaban –durante toda la noche– con una bandeja de aluminio rebosante de suave papilla.

Alguien metió un papel por debajo de mi puerta. Una hoja cortada a la mitad con indicaciones para evacuarse en caso de un huracán o de una invasión. Una de sus frases se me quedó pegada como el estribillo de una mala canción: “Coser una tela a la ropa de los niños menores, con los datos de identidad de los padres (tiempo de guerra)”. Me imaginé dando puntadas sobre la camisa de mi hijo, para que en medio del caos alguien pueda saber que su madre se llamaba Yoani y su padre Reinaldo.
La “guerra de todo el pueblo” –que en estos días se practica en el ejercicio militar Bastión 2009– nos tiene asignado un lugar a cada uno. No importa si nos dan miedos las armas, si jamás hemos creído en la confrontación como vía de solución y si no tenemos ninguna confianza en los líderes que guiarán al pelotón. Quienes juegan a la conflagración sobre una mesa llena de diminutos tanques y aviones de plástico, quieren ocultar que la más honda trinchera la hemos cavado los ciudadanos para protegernos de ellos mismos.
Los noticiarios están llenos de uniformados con sus armas, pero las maniobras marciales no logran esconder que nuestros verdaderos “enemigos” son las restricciones y los controles impuestos desde el poder. La guerra como distracción ya no funciona. La amenaza de paracaídas que caen y bombas que resuenan, como antídoto contra los deseos de cambio, ha dejado de ser efectiva. Creo que cada vez más personas dirigen su índice hacia el real origen de nuestros problemas y –sorpresa para los adalides de la batalla– no se ve como un dedo que señale hacia afuera.

Nos hace feliz curarnos de ese estadio vital que se llama adolescencia, especialmente para independizarnos. Haber encontrado una respuesta a la pregunta que nos hacíamos tan a menudo: “¿Qué vas a hacer cuando seas grande?”. Poder salir de casa sin dar explicaciones, ser responsables de nuestro propio destino y sobre todo, no tener que escuchar aquella advertencia paterna: “mientras yo te mantenga, tendrás que hacer lo que te diga”.
Las naciones que se desenvuelven bajo la tutela de un estado paternalista, corren el riesgo de dejar a su población en una especie de adolescencia estancada. El caso de Cuba es uno de los ejemplos paradigmáticos. Vivimos bajo la patria potestad de un gobierno caracterizado por la continuidad de las personas en el poder, que ha pretendido subvencionar parte de nuestras necesidades básicas. Con mucho orgullo los medios oficiales insisten en mostrar la gratuidad de todos los servicios médicos y de la educación en todos los niveles de enseñanza, así como la existencia de un mercado racionado que –supuestamente- garantiza la canasta básica.
Resulta elemental que los fondos públicos son los que sufragan la manutención y se nutren de esos intangibles valores que los trabajadores producen y no cobran. Obviamente trabajar no es estimulante y lo que se gana apenas alcanza para disfrutar de lo subvencionado. Papá estado no permite que se expresen opiniones divergentes, mucho menos que las personas se organicen en torno a esas ideas, que alcancen la independencia económica y para colmo les reclama una infinita gratitud.
Afortunadamente, tal y como nos ha enseñado el modelo familiar paternalista, todo tiende a cambiar con el paso de los años. Los hijos crecen, terminan siendo adultos y nada pueden impedir que los más jóvenes se hagan con las llaves de la casa.

No ha salido el sol en todo el día y a cada rato un aguacero nos obliga a meternos en algún portal o quedarnos en casa. Se podría pensar que en un país tropical la vida se organiza teniendo en cuenta el clima y que junto a la ropa ligera tenemos siempre a mano sombrillas y capas de agua. Pero no es así. Las filtraciones de los techos son comunes, especialmente en las construcciones de los últimos cincuenta años; viviendas, oficinas, escuelas y hospitales, incluso almacenes de mercancías sufren repetidas pérdidas a consecuencia de ellas. Los derrumbes, por su parte, que ya constituyen una tipicidad en el paisaje urbano, no son producto de bombardeos del imperialismo, sino provocados precisamente por la dificultad para adquirir materiales constructivos e impermeabilizantes.
“No pude ir porque estaba lloviendo” es la disculpa más común de la temporada. No asistir o llegar tarde, lo mismo al trabajo que a una cita amorosa, están socialmente aceptados cuando esgrimimos el contundente argumento. Pero no siempre se trata de un falso pretexto, pues si la calle donde vivimos tiene las alcantarillas tupidas, el riesgo de caer en los numerosos baches –cubiertos por el agua– es ciertamente posible.
Muchas veces hemos visto en filmes extranjeros la escena de una multitud bajo la lluvia. Nos impresiona la imagen de esa nube de paraguas que se extiende a lo largo de una avenida o a todo lo ancho de las gradas de un estadio. Inevitablemente comparamos esas escenas con la típica estampa de nuestras calles en medio de un chaparrón: bolsas de nylon usadas como gorro, el periódico Granma o un trozo de cartón intentando cubrir la cabeza; personas mayores aguardando bajo los balcones o apelotonadas en una parada de ómnibus. La alegría casi siempre la aportan los jóvenes que desafían el temporal, corriendo empapados y surfeando sobre lo primero que se encuentran, una tabla o la vieja goma de un auto, agarrados a la defensa de un camión.
Son días para preguntarse cuándo tener una capa de agua –sin huecos y a la medida– dejará de ser un sueño irrealizable para tantos, cuándo la ciudad no colapsará por un simple chubasco que cae sobre el trópico.
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Mis videos: "Mítin de repudio"  25
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