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Generación Y es un Blog inspirado en gente como yo, con nombres que comienzan o contienen una "i griega". Nacidos en la Cuba de los años 70s y los 80s, marcados por las escuelas al campo, los muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Así que invito especialmente a Yanisleidi, Yoandri, Yusimí, Yuniesky y otros que arrastran sus "i griegas" a que me lean y me escriban.

Cuidar lo propio, robar lo ajeno

rejas

Por la noche, vigila los surcos plantados de malanga y la cría de carneros, con una escopeta corta de fabricación casera. Es la obra de un improvisado armero que soldó un trozo de cañería de poco diámetro a la recámara rústica de la que sobresale el irregular percutor. Basta el sonido –en medio de la madrugada– del rastrillar del ingenioso artefacto para que salgan corriendo los que pretendan robarle la cosecha. Cuando la puerca está parida, llama a un hermano que vive en el pueblo y acompañados de aquel artilugio –creado por la necesidad– hacen guardia hasta que salga el sol.

Muchos campesinos usan armas ilegales que han sido compradas o producidas de forma alternativa. Sin ellas, el fruto de meses de trabajo podría terminar en manos de los “depredadores” de sembrados, sombras escurridizas que se mueven en la oscuridad. Las penurias han aumentado los robos en los campos cubanos y obligado a los lugareños a salvaguardar ellos mismos sus recursos. De ahí que proliferen los perros agresivos y las escopetas manufacturadas, especialmente en las fincas donde hay vacas. La libra de carne de res se vende a dos pesos convertibles en un mercado negro que se nutre del hurto y sacrificio ilegal, a pesar de las prolongadas condenas de cárcel que estos delitos conllevan.

Para los guardianes de lo propio, ha sido una sorpresa el anuncio oficial de que “con carácter excepcional y por sólo una vez (…) las personas naturales y jurídicas residentes en la isla que tengan en su poder armas de fuego sin la correspondiente licencia podrán obtener el debido registro”. Existe, sin embargo, la convicción tácita de que quien anuncie públicamente semejante posesión obtendrá como respuesta la confiscación. Ante ese temor, pocos confesarán que guardan el frío metal en algún lugar de su casa y seguirán prefiriendo el riesgo de no tener papeles a la inseguridad de quedarse sin protección. Para nuestra alarma, esos rústicos instrumentos también les sirven a quienes, sin tener  finca ni animales que preservar, acechan al otro lado de la cerca, dispuestos incluso a disparar con tal de llevarse lo ajeno.

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Sin rumbo

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Nos habituamos a las cifras engordadas, al secretismo cuando algo iba mal y a un producto interno bruto que nunca reflejaba el contenido de nuestros bolsillos. Por décadas, los informes económicos tuvieron la capacidad de esconder, tras páginas llenas de números y análisis, la gravedad de los problemas. Entre los licenciados en la ciencia inexacta de las finanzas, hubo algunos que se atrevieron a desenmascarar  la falsedad de ciertos números –como Oscar Espinosa Chepe– y fueron penalizados con un “plan pijama” de desempleo y estigmatización.

Esta semana, la lectura del análisis –serio y bien argumentado– publicado por el presbítero Boris Moreno en la revista Palabra Nueva ha aumentado mi nerviosismo sobre el colapso que se nos avecina. Con el sugerente título de “¿Hacia dónde va la barca cubana? Una mirada al entorno económico”, el autor nos alerta de una caída –en picada– del estado material y financiero de la Isla. Palabras que deberían aterrarnos, si no fuera porque los oídos se nos han vuelto un tanto impermeables a las malas noticias, de tanto zambullirnos en las aguas de la improductividad y la escasez.

Concuerdo con el Máster en Ciencias Económicas en que la primera y más importante medida a tomar es “el compromiso formal del gobierno en reconocer la capacidad de opinar de todos los ciudadanos sin que esto implique represalias de ningún tipo. Deberíamos eliminar de nuestros entorno los calificativos que restringen el intercambio de ideas y opiniones”. Después de leer esto, me figuro a mi vecina, contadora retirada, diciendo en voz alta sus criterios sobre la necesidad de permitir la empresa privada sin que esto le granjee un mitin de repudio frente a su puerta. Cuesta trabajo proyectar algo así, ya lo sé, pero acaricio la idea de que algún día –sin el temor a que los acusen de “mercenarios a sueldo de una potencia extranjera”– miles pasarán a hacer sus señalamientos y a plantear soluciones. ¡Qué capital enorme recuperará Cuba!

Aunque las arcas no van a colmarse sólo con propuestas y razonamientos, nuestra experiencia nos señala que el voluntarismo y las exclusiones sólo han contribuido a vaciarlas.

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“Ángeles de la guarda”

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Veo policías por todas partes. No sé si los tengo pegados en la retina o es que en los últimos meses ha aumentado –alarmantemente– su número. Van en camiones Mercedes Benz, se paran de a tres en las esquinas y hasta muestran sus perros pastores en varios puntos de la ciudad. Mientras cientos de modernas y redondeadas cámaras nos miran desde arriba, estos uniformados nos controlan al nivel de la calle y de sus rotas aceras. Salen de la nada y desaparecen cuando más nos hacen falta. Sagaces en detectar un saco de cemento transportado sin papeles, rara vez surgen en la noche en un barrio marginal donde el número de delitos crece y crece.

También están los vestidos de civil, esos “ángeles de la guarda” que tienen presencia fija en cualquier cola, centro cultural o aglomeración humana. Ya no son tan fáciles de detectar, porque han cambiado los pullovers de rayas, las camisas de cuadros y el corte militar de sus peinados, por disfraces que van desde las trencitas con cuentas de colores hasta los calzoncillos que sobresalen más arriba del pantalón. Ahora llevan teléfonos celulares, gafas de sol, sandalias de cuero, pero se les sigue notando que están fuera de lugar, con la expresión de quien no encaja en la situación sobre la que informa. Van al Festival de Cine, pero nunca han visto una película de Fellini; están en las galerías, no obstante ser incapaces de determinar si lo que ven es un cuadro figurativo o abstracto. En fin, les han enseñado a camuflarse, pero no han podido borrarles el rictus de desprecio que ponen ante esas “debilidades pequeñoburguesas” que son el arte y sus manifestaciones.

Sin embargo, al que más le temo no es al grupo de los que llevan la placa de metal numerada sobre el pecho ni al de los encubiertos que redactan informes, sino al policía coercitivo que todos llevamos dentro. Ese que suena el silbato del miedo para advertirnos que no nos atrevamos y que sacude las esposas de la indiferencia cada vez que se nos acumulan las críticas o las opiniones. Ha pasado por la Academia de la autocensura y es un soldado diestro en señalarnos los caminos que no nos traigan dificultades. Su código penal tiene si acaso un par de breves artículos: 1ro. “No te metas en problemas“ y 2do. “Lo que tú hagas no va a cambiar nada”. Si nos levantamos un día con ganas de acallar el golpeteo de sus botas dentro de nuestra cabeza, entonces nos recuerda las rejas, los tribunales, la frialdad de una prisión de provincia. No necesita levantar la porra contra nuestras costillas, pues sabe tocar los resortes del miedo y ejecutar las llaves de kárate que dejan nuestro cuerpo adolorido por anticipado, inmovilizado, ante la frase de “Quédate tranquilo, es mejor esperar”.

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Dos monedas y cuatro mercados

bucanero

Tiene ocho años y una confusión enorme. Hoy en la mañana, su madre le puso en la mano una moneda de 25 centavos después de decirle “aquí tienes cinco pesos”. Miró la superficie brillante con el escudo de la república calado en una cara y al dorso la espigada torre de la ciudad de Trinidad. Aunque nació en un país económicamente esquizofrénico, aún no está acostumbrada a alternar de los pesos cubanos a sus parientes convertibles. En la escuela, la maestra nunca le ha hablado del asunto; para explicárselo se necesitaría toda una asignatura de todo un semestre. Tampoco en su casa le aclaran mucho, como si a los adultos les pareciera normal que en los bolsillos se mezclaran dos ejemplares monetarios.

En Cuba, existen cuatro formas de mercado y dos diferentes tipo de dinero para pagar en ellos. Cada mañana las amas de casa esbozan en su cabeza –sin mucho aspavientos–  el plan de cuál de ellos usarán para comprar en qué lugar. Es una operación aritmética que lleva unos segundos, tras los cuales subyacen tres lustros de haber asumido la dolarización y su posterior “fantasma”, el peso convertible. La conversión se hace constantemente y hay vendedores que aceptan lo mismo esos simbólicos billetes que nos entregan en el salario que los otros con un valor 24 veces mayor. Por una piña podemos pagar tanto 10 pesos en moneda nacional –el sueldo de una jornada de trabajo– como cincuenta centavos del llamado popularmente “chavito”. Algunos turistas no están al tanto de semejante enredillo y adquieren a la reina de la frutas con una decena de pesos convertibles. Ese día el mercader cierra rápido el puesto y regresa a casa feliz del equívoco.

La generación de mi hijo no alcanza a comprender cómo es eso de vivir con una sola moneda. Creo que tienen un desarrollo especial en la zona del cerebro donde termina por aceptarse lo absurdo, en esas conexiones neuronales que tramitan lo inadmisible. Realizan las conversiones cambiarias con la facilidad de quien ha aprendido dos lenguas desde pequeño y las intercala sin gran esfuerzo. Sólo que el aprendizaje de varios idiomas siempre es algo enriquecedor, pero el asumir como natural la dualidad financiera es aceptar que hay dos posibles vidas. Una de ellas es achatada y gris, como los centavos nacionales y la otra –que le está vedada en toda su extensión a una buena parte de la población– parece llena de colores y filigranas, al estilo del billete de veinte pesos convertibles.

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La información proscrita

camara

Rumores que se propagan, murmullos convertidos en notas oficiales y periódicos que cuentan –varias semanas después- lo que ya sabe todo el país. Hemos pasado del racionamiento informativo a un verdadero “destape” que fluye en paralelo a la censura de los medios oficiales. Nuestra glasnost no ha sido impulsada desde las oficinas y los ministerios, sino que ha surgido en los teléfonos móviles, con las cámaras digitales y las memorias extraíbles. El mismo mercado negro que nos ha abastecido de leche en polvo o detergente, ahora ofrece conexiones ilegales a Internet y programas televisivos que llegan a través de las prohibidas antenas parabólicas.

De esa manera hemos sabido de los sucesos ocurridos en Venezuela durante la pasada semana. Mi propio celular ha estado casi al borde del colapso de tantos mensajes contándome sobre las protestas estudiantiles y el cierre de varios canales. Copia de estos breves titulares los he reenviado a toda mi agenda de contactos, en una red que remeda la transmisión viral: yo contagio a varios y ellos a su vez inoculan el vacilo bacilo de  la información a un centenar. No hay manera de parar esta forma de difundir noticias, pues no usa una estructura fija sino que muta y se adapta ante cada circunstancia. Es anti hegemónica, aunque la palabrita adquiere connotaciones diferentes en el caso cubano, donde la hegemonía la tienen Granma, la Mesa Redonda y el DOR*.

Conocimos de las muertes en el hospital psiquiátrico días antes del anuncio oficial, de la suerte de los defenestrados de marzo de 2009 estamos al tanto a través de “radio bemba” y un día sabremos que ha llegado el “final”, antes de que autoricen a contarlo en la prensa. El caudal de informaciones se ha quintuplicado, aunque eso no obedezca a una decisión gubernamental de proveernos de mayores referencias, sino al desarrollo tecnológico, que nos ha permitido saltarnos los cintillos triunfalistas y los noticiarios vacíos de contenido. Cada vez dependemos menos de la papilla masticada e ideologizada de los telediarios. Conozco cientos de personas a mi alrededor que no sintonizan Cubavisión y el resto de los canales nacionales desde hace meses. Sólo miran la tele proscrita.

La pantalla de un Nokia o un Motorola, la brillante superficie de un Cd o el minúsculo cuerpecito de una memoria flash, hacen jirones nuestra desinformación. Al otro lado de ese velo de omisiones y falsedades –creado durante décadas- hay una extensión desconocida y nueva, que nos asusta y nos atrae.

*Departamento de Orientación Revolucionaria del Comité Central que determina la política informativa de todos los medios del país.

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