sin EVAsión

un blog con antifaz provisional, pero con voluntad permanente

A confesión de parte…

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Recientemente dediqué un post al edificio sede del que fuera Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, que –por cierto- ha recibido una cálida acogida por parte de varios lectores. Hoy quiero referirme a una casi increíble anécdota relacionada con la misma locación, pero en su calidad de Secundaria Básica Experimental, y específicamente en la persona de su flamante directora. He recibido la información de una fuente fidedigna y cercana que no puedo revelar, pero me permito compartir el episodio con ustedes porque resulta ilustrativo acerca de los niveles de pobreza moral que vienen haciendo metástasis sobre la sociedad cubana actual. Confío en que llegará el momento en que pueda presentar públicamente a los actores de la escena y disipar cualquier sombra de duda que pueda suscitar este breve incidente.

Con la cercanía del fin de curso, y debido a que su hijo –estudiante de la escuela de referencia- termina ahora el noveno grado (último curso de la enseñanza secundaria en Cuba), una madre se acercó a la Dirección a solicitar, según es su derecho, la revisión del Expediente Escolar, documento que determina la calificación integral de cada estudiante y sus condiciones revolucionarias-morales-docentes (en ese orden) para aspirar a cada especialidad –sea enseñanza tecnológica, preuniversitaria, u otra- como continuidad de estudios. La mencionada señora, al momento de examinar el expediente de su hijo, encontró un acta donde constaba una indisciplina cometida por el adolescente en alguno de los cursos anteriores: una riña con un condiscípulo en la que se disputaban la posesión de una goma de borrar, de un lápiz o de otro objeto de poca importancia.

La madre del muchachito, preocupada porque la presencia del documento pudiera interferir en el destino estudiantil de su hijo a la hora de optar por alguna plaza, habida cuenta de que semejante pliego lo dejaba en desventaja con respecto a otros estudiantes, apeló a la sensibilidad de la directora para que retirara el acta argumentando que el incidente no tuvo trascendencia, que no se repitió, que el estudiante tenía buenos resultados académicos y que, en definitiva, tales peleas son “cosas propias de los muchachos a esa edad”, que “todos los adolescentes discuten o se fajan por boberías”, etc.

La directora, graduada de Profesora General Integral en aquellas primeras promociones que se conocieron con el mote de “Los Valientes” debido a que asumieron por primera vez la responsabilidad de impartir clases de todas las asignaturas –lo mismo de Ciencias que de Letras- a  nivel secundario y que se forjaron en la antigua escuela Yuri Gagarin (en Caimito, provincia de La Habana) a impulsos del gran generador de iniciativas descabelladas, F. Castro; … la directora –repito- de solo 22 años, se inflamó de fervor revolucionario frente a la atribulada madre y ripostó altanera: “Todos los muchachos no. A esa edad yo estaba ocupada chivateando a mis compañeros: al que cometía fraude, al que se fajaba, al que se escapaba, al que hablaba en clases… por eso he llegado hasta donde he llegado. ¡Mire!” Y exhibió ante la atónita señora el colofón de su exitosa juventud: una fotografía de sí misma en sus años de estudiante junto al vetusto y altanero comandante.

No sé cuántos “logros” más de esa naturaleza podremos esperar de este paradigma del hombre nuevo, orgullo de la revolución. A mí, en lo personal, me parece la manifestación más rampante de cinismo y oportunismo en una persona que ocupa la posición máxima de una “educadora” al frente de educandos y profesores. Pero no seré yo quien la juzgue, a fin de cuentas llegarán los tiempos en que las cosas tomen su justo lugar: esta muchachita también tendrá el suyo. Bastará recordar, en su día, aquella máxima del Derecho Romano que reza: A confesión de parte, sustitución de pruebas. Así sea.

La ciudad retrete

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La Habana se ha convertido en un retrete gigantesco. Esto, que a primera vista pudiera parecer una exageración, no es más que otro reflejo del declive total: la imagen mugrienta y pestilente de la desidia general. Cierto que en toda la ciudad apenas existen servicios sanitarios públicos, pero tampoco recuerdo que éstos hayan abundado alguna vez, al menos en los últimos cuarenta años, y nunca antes de ahora percibí tanta suciedad del entorno. No me salga ahora un puntilloso a mencionarme la falta de higiene de los barrios bajos de muchas capitales o de los agresivos olores que caracterizan ciertas ciudades tercermundistas: mal de muchos es consuelo de tontos. Estoy hablando de mi ciudad natal, que en tiempos pasados tenía la belleza y dignidad que le conferían su peculiar arquitectura, su higiene ambiental, su envidiable sistema de alcantarillado y el amor de sus habitantes.

Más allá del insuficiente (e ineficiente) sistema de recogida de desechos sólidos –lo que nos impone el permanente paisaje de colectores de basura repletos y hasta desbordados-; de las defectuosas redes de albañales cuyas frecuentes roturas han ido poblando de negros, insalubres y permanentes arroyos nuestras calles o de la carencia de suficiente personal de trabajos comunales –en este caso barrenderos- que mantengan la adecuada limpieza de calles y avenidas; también se ha enseñoreado en un amplio sector de la población, fundamentalmente del género masculino, la práctica de malos hábitos. Ahora es común ir caminando por la vía pública a plena luz del día y ver un sujeto arrimado a un poste o a una pared orinando con tanta comodidad y confianza cual si se encontrara ante el sanitario de su casa, con el “bienestar” adicional de no tener que descargar o subir y bajar la tapa del retrete. He sido testigo de esta escena muchas veces, la más reciente de las cuales fue hace apenas una semana, cerca del mediodía, en una cuadra de tanto tráfico humano como la de Árbol Seco entre Carlos III y Estrella, justo al costado del Mercado Carlos III, por donde circula una cantidad abrumadora de gente y de automóviles. Esta vez el sujeto en cuestión, después de cerrar tranquilamente la portañuela de su pantalón… ¡se subió a su carro, allí parqueado y se fue! Tenía apenas a unos pasos el baño público del Mercado, pero prefirió exhibir impúdicamente su propia desfachatez y su desprecio a los demás orinando en plena calle.

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Los bajos de mi edificio, por ejemplo, se han convertido también en un baño público, sobre todo los fines de semana en que hay actividades “culturales” en la “Casa de la Incultura” de Centro Habana (antigua Casa Hornedo, en Carlos III esquina a Castillejo), cuando muchos de los asistentes salen borrachos y encuentran aquí el aliviadero para sus vejigas. Pero ocurre lo mismo en otros disímiles puntos de la ciudad: los portales de Carlos III y Oquendo; los de las calles Reina, Monte y Galiano; los del majestuoso Palacio Aldama (actual Instituto de Historia); los del cine Payret; los del antiguo Diario de la Marina (hoy Editora Abril); los del Centro Asturiano (hoy sede de las salas de arte universal del Palacio de Bellas Artes); toda la Manzana de Gómez; los Jardines del Capitolio; el Parque de la Fraternidad, y hasta la tierra donde crecen los árboles del Parque Central. Estos son solo algunos lugares por los que suelo transitar. La esencia amoniacal llena con sus efluvios irritantes casi cada lugar público por donde circulamos en nuestro ajetreo diario.

Y este es solo un aspecto de la barbarie que nos ha invadido, existen otras manifestaciones quizás más aberrantes: ahora ya no solo tenemos vándalos que se dedican a romper los teléfonos públicos o a saquear sus alcancías; está también la acción de escupir dentro del depósito que devuelve las monedas, de manera que el incauto que va a recoger la suya después de una llamada que no se llevó a efecto, de pronto se encuentra con los esputos de alguien enredados entre sus dedos. Es como si la gente desatara su rencor y su impotencia contra la ciudad, en definitiva tan sufrida como sus habitantes.

Hay quienes opinan que esta es una forma de rebelión. Puede ser, pero en todo caso son acciones fallidas que solo consiguen dañarnos a nosotros mismos: es sabido que por estas calles no transitan los habitantes del Palacio de la Revolución, del Laguito o de otras zonas exclusivas de los poderosos, los máximos responsables de la miseria material y espiritual que nos corroe. No creo que quienes proceden ensuciando la ciudad porten algún ideal elevado o sientan responsabilidad alguna por sus actos. Tampoco regodearnos en la porquería es una solución a nuestros muchos males. La ciudad capital se ha llenado de manifestaciones delictivas y de otras muestras de indisciplina social que no hablan realmente de la tan cacareada rebeldía o dignidad de un pueblo, sino del atroz estado de retroceso moral que estamos viviendo; posiblemente una simple pero visible muestra del abismo en que nos ha sumido medio siglo de destrucción sistemática.

Imagen 1. La arboleda del Parque Central, frente a los Hoteles “Parque Central”, por la calle Neptuno e “Inglaterra” y “Telégrafo”, por la calle Prado, es uno de los urinarios gigantes, a espacio abierto, de la capital cubana

Imagen 2. La esquina de las calles Oquendo y Pocito, en Centro Habana, ofrece casi permanentemente esta imagen, ya habitual, de la higiene que caracteriza la ciudad. En la esquina opuesta se encuentra la cafetería “El Frisquito”, un centro de elaboración de alimentos para las escuelas secundarias y comedor obrero de los trabajadores de salud pública encargados de la “campaña antivectorial” en prevención contra las epidemias de Dengue

Desempleados no, “disponibles”

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Por esa simpática forma que tiene la revolución cubana de transformarlo todo, incluyendo el idioma, ya casi puede decirse que aquí no hablamos español. Tras décadas de constante abuso de la lengua, donde “compañero” sustituyó a “señor”, “abastecimiento” a “racionamiento”, “bloqueo” a “embargo”, “UMAP” a “campos de trabajos forzados”, “período especial” a “crisis económica” y toda una larguísima e irrepetible lista de eufemismos; para no mencionar los de tipo histórico que convierten los “reveses” en “victorias”, las “derrotas” en “victorias morales”, los “disidentes” en “mercenarios”, los “inconformes” en “confundidos” o cualquier alusión a la crítica situación socioeconómica de Cuba en “propaganda enemiga”, ahora resulta que en la Isla no hay desempleados.

Cada día la prensa oficial repite con gozoso  retintín, cual si se tratara del epitafio del capitalismo, las cifras de desempleados que aumentan sin cesar, fundamentalmente en Estados Unidos y Europa. La intención es que los cubanos nos sintamos seguros y confiados en nuestro bondadoso sistema social “que no abandona a nadie”. Quizás por eso, por más que hojeo las ocho paginillas del Granma y por más que aguzo el oído y la vista durante las transmisiones del noticiero de TV, no encuentro ni la más mínima mención a los trabajadores cubanos que, repentinamente y en secuencia creciente, se han visto tomando vacaciones forzosas después del cierre abrupto de sus centros de trabajo. Ejemplos hay tantos que me voy a limitar solo a lo que ocurre en un pueblo de la provincia de La Habana, Güira de Melena, caso suficientemente documentado por fuentes afectadas por las nuevas medidas de “ahorro” que implican en muchos casos dejar de producir, absolutamente, para “evitar gastos”: un fenómenos que solo podría tener legitimidad en un sistema como el nuestro. Pues bien, allí han cerrado las fábricas de conservas, de tabaco y de carretas; todos sus trabajadores han sido enviados “de vacaciones” a casa (aquí se aplica otro eufemismo: ante la imposibilidad de llamar “vacaciones” a esto, se prefiere la frase “descanso remunerado”), después de lo cual los obreros estarán cobrando el 60% de sus salarios por espacio de unos meses y permanecerán “disponibles” por un tiempo indefinido.

Si entendí bien esta sustitución de términos –que bien podría englobarse para denominar una ciencia derivada de la lingüística, que llamaríamos eufemismología-, la noticia que publicara el Granma en primera plana el pasado sábado 20 de junio, supliendo el vocablo “desempleo” por el que se usa en Cuba, el recuadro debería decir que “La disponibilidad en La Florida supera el 10%” o que -a juzgar por cifras del Departamento de Trabajo de ese Estado- hay 417 500 trabajadores “disponibles” en La Florida en los últimos 12 meses… Solo que ellos (los funcionarios estadounidenses) lo informan seguramente en inglés, o tal vez en español corriente, lenguas que parecen no tener la rica flexibilidad del idioma revolucionario cubano.

Ilustración: Fotografía de un grupo de aficionados al béisbol que se reúne diariamente desde la mañana hasta la caída de la tarde, durante todo el año, en un espacio fijo del Parque Central –la sombra de los árboles al lado izquierdo de la estatua del Apóstol-, solo para discutir acaloradamente sobre ese deporte. La gran mayoría son hombres en edad laboral. Se desconoce si puedan ser oficialmente llamados “desempleados” o “disponibles”; igualmente se ignora cuáles son sus fuentes de subsistencia; pero lo cierto es que, o bien no están dispuestos a vincularse a los puestos de trabajo del gobierno, o son una evidencia del novedoso sistema de “ahorro” sustentado por la revolución

El Capitán Garfio

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Un artículo publicado en Granma el pasado 16 de junio hacía referencia a la Operación Peter Pan, que separó –según cifra citada en dicho periódico- más de 14 000 niños cubanos de sus padres en virtud de un infundio divulgado desde la CIA en los primeros tiempos de la revolución. El “embuste” imperialista afirmaba que el Estado cubano arrebataría a los padres la patria potestad de sus hijos para someterlos al adoctrinamiento comunista. Ahora, asegura el articulista de Granma, se ha desatado en Venezuela una campaña apoyada por la CIA en contra de la revolución bolivariana, en la que se esgrime el mismo argumento, esto es, que la Ley Orgánica de Educación promovida por el gobierno venezolano “arrebatará la custodia de los hijos a sus padres”.

Al margen de las forzadas similitudes con el proceso cubano, que el gobierno venezolano, en una desmedida falta de originalidad, insiste en propugnar, y de las que deberá tomar cuenta y efectos el pueblo de Venezuela, la ocasión me lleva a repasar -tantos años después de los hechos ocurridos- lo mucho de oscuro y sórdido que rodea la mencionada Operación en la historia de Cuba. Llama la atención lo fragmentaria, tangencial y escasa que resulta la información oficial con relación a aquel velado evento, que deja más cuestionamientos que respuestas. Para empezar, la elevada cifra de niños involucrados en aquel duro episodio que han citado las fuentes oficiales supondría la necesidad de un estudio más profundo y de una mayor divulgación de los hechos. La utilización de la infancia como carta de juego en la política es un capítulo demasiado sucio, sea de la parte que sea, y en el caso de la Operación Peter Pan parece haber sido el comodín de dos contendientes, no solo de uno.

Uno de los cuestionamientos más elementales pudiera ser que si el gobierno cubano movilizó a la nación en 1998 para recuperar al niño Elián, llegando incluso a paralizar al país en función de la colosal campaña política pese a que –era sabido- el padre tenía todos los derechos y las ventajas para ganar el litigio, como finalmente ocurrió; ¿por qué no fueron reclamados en su momento aquellos miles de niños víctimas de las maniobras  de la CIA? ¿Es que se movían otros intereses, además de los de la tenebrosa Agencia? ¿Es que los cubanos, con una particular sensibilidad por los niños, no se hubiesen movilizado por la suerte de aquéllos? ¿Por qué la magnánima y justiciera revolución no convocó a su siempre entusiasta pueblo?  A casi 50 años de aquella perfidia, ¿a quiénes resultó políticamente útil la Operación Peter Pan? ¿Quiénes son todos los responsables? ¿Ninguno de los miles de padres afectados intentó recuperar al hijo? ¿Qué ayuda ofreció la revolución a estos padres? No conozco las respuestas.

La Operación Peter Pan, pese a su carga dramática, no se estudia en los programas escolares de Historia de Cuba; al parecer, la Protesta de Baraguá  o los actuales 5 héroes significan más que el virtual secuestro de miles de niños cubanos. No se habla de ellos en las aulas, no se recuerdan, apenas se mencionan tangencialmente en escuetas y esporádicas referencias de la prensa oficial, como ésta que presentó Granma.

Sin embargo, algún viso de realidad había en la conjura de la CIA: aunque no de jure, de facto la revolución sí arrebató la patria potestad de millones de padres cubanos. Basta un repaso superficial de estos 50 años: en un principio –y durante un tiempo suficientemente prolongado- el gobierno aprovechó a su favor la simpatía popular y manipuló astutamente la psicología de las masas para lograr sus propósitos. Muchos padres accedieron a la separación de sus hijos del hogar cuando aún eran apenas adolescentes. Recordemos: ¿qué edades tenían muchos de los alfabetizadores que se separaron de sus familias a instancias del gobierno revolucionario para adentrarse en los lugares más remotos de la Isla?, ¿y las campesinas acogidas al famoso programa Ana Betancourt?, ¿Y los Camilitos, que estudiaban en escuelas militares bajo régimen de internado desde séptimo grado? Más tarde, aquello que se iniciara de acuerdo a la “voluntariedad” de padres e hijos, se tornaría obligatorio: las Escuelas al Campo, donde los adolescentes permanecían por 45 días en albergues rústicos y en condiciones de promiscuidad, lejos de sus mayores. En los años 70 se inauguraron las Escuelas en el Campo, con alumnos internados en un principio voluntariamente. Primero fueron las secundarias (ESBEC), después también las preuniversitarias (IPUEC) y preuniversitarios “vocacionales” (IPUEVC), de las que las dos últimas variantes acabarían siendo obligatorias desde los años 90 para quienes aspiraran a graduarse como bachilleres.

Hábilmente el gobierno revolucionario fue introduciendo a lo largo de los años una cuña que tendía a separar a los hijos de los padres para lavarles el cerebro a su antojo. Con ese fin centralizó y monopolizó la educación y eliminó cualquier alternativa al adoctrinamiento oficial sin ayuda alguna de la CIA. Este gobierno se ha encargado de desautorizar a la familia y suplantarla en la formación de los hijos; ahora estamos recogiendo los frutos de tal despropósito: los jóvenes no han encontrado el luminoso futuro que prometía el Estado padrastro, y ya no responden a los intereses de la revolución. Pero, a la vez, muchos de ellos, crecidos lejos de sus hogares, han perdido el concepto de familia y los valores que ésta tradicionalmente transmitía. La revolución ha significado de mil maneras distintas la fragmentación de la familia cubana, y con ello una pérdida cultural que pudiera ser irreparable a los efectos de la Nación. Ciertamente, la CIA puede haber creado hace décadas un engendro ocasional llamado Operación Peter Pan, pero la obra “educativa” del gobierno cubano –medio siglo de secuestro permanente de los hijos- bien parece urdida por el mismísimo Capitán Garfio.

Restaurante Europa

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En los tiempos iniciales de esta bitácora escribí un post dedicado a la que fuera la pizzería más popular de La Habana Vieja, ubicada en la esquina de las calles Obispo y Aguiar. En aquel momento les comenté que allí se había inaugurado, después de muchos trabajos de reparación y embellecimiento, un lujoso restaurante con elegantes puertas de cristal esgrafiadas con las iniciales RE, lámparas, copas, blanquísimos manteles y toda la parafernalia que compone la pompa y el boato de los lugares elitistas, exclusivos y caros. Tan selecto era aquel lugar que no me permitieron –en mi estridente plebeyez- tomar fotografías del interior y hube de contentarme con una imagen de la entrada, cerrada a las indiscreciones de una nativa impertinente, fotografía que publiqué junto con el texto.

Los lectores imaginarán mi sorpresa cuando, en un reciente paso que hiciera por la céntrica esquina donde se encuentra el restaurante, encontré la más rampante decadencia: habían desaparecido los celosos porteros, el ambiente refinado y el aire acondicionado; todas las puertas estaban abiertas de par en par; la carta del restaurante estaba colocada sobre la fachada de la entrada principal cuidadosamente enmarcada; en tanto –y aquí es donde se puede valorar en toda su magnitud la apoteosis del cubaneo en condiciones socialistas- lo más visible del conjunto es una tosca pizarra cubierta con la más chapucera caligrafía anunciando una tentadora oferta que, transcrita fielmente hasta donde pudo esta blogger, decía así:

Special Offer
- Panecillos y Mantequilla
- B y B (no me pregunten qué es esto, no lo sé con seguridad, pero la lógica me indica que debe ser lo mismo que el primer renglón –pan y mantequilla- por sus iniciales en inglés)
- Sopa del Caribe
- Caribbean ( le sigue una palabra ilegible) Soup
- Filete de pescado Grillé
-Grilled Filed of Fish
- Flan de Café y Caramelo
- (Aquí una línea illegible)
Price CUC  6.50

Juro que cuando, sin  poder evitar una sonrisa- me detuve a leer la pizarra, un solícito camarero (o el propio capitán de salón) salió y se acercó a animarme amablemente a entrar y degustar una oferta que calificó de “exquisita”. Nada, que los tiempos son malos y al parecer hasta los más estirados han comenzado a bajar la cresta. De todas formas decliné, porque no tenía la intención de almorzar allí: no me puedo permitir experimentos costosos de dudosos resultados para mi digestión; prefiero acogerme a la cocina de mi casa, más económica y segura. Por demás, si la sazón tiene allí el mismo grado de exquisitez que el pizarrón de la entrada… No sé, yo no puedo entrar. Y lo cierto es que muy pocos se deciden a hacerlo, a juzgar por los escasos comensales en el salón en un horario pico de almuerzo. Sigo pensando que, ya fuera como la antigua fonda que ocupó ese espacio o como la pizzería que conocí, cualquier tiempo pasado del “Europa” fue, sin dudas, mejor.

Memoria apologética de un viejo edificio

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¿Quién pica? La Avispa
¿Quién gana? La Habana
¿Quiénes son los más astutos? Los del Instituto
¿De qué lugar? De La Habana

Confío en que muchos lectores reconocerán el edificio de la fotografía. A los que no lo conocen les digo que es el “pre” de La Habana, o - para los más apegados a las viejas y buenas tradiciones- el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana. Por este masivo y compacto edificio pasamos muchas generaciones de cubanos para egresar  orgullos con nuestros flamantes títulos de bachilleres en Ciencias y Letras –que así decía el documento oficial-, llenos de ilusiones por el próximo y cercano ingreso a las aulas universitarias.

La contemplación de este edificio me trae siempre un aluvión de recuerdos, todos amables y curiosamente cercanos pese a los 32 años que han trascurrido desde que terminé mi bachillerato. Casi puedo ver los alegres grupos de estudiantes uniformados en blanco y azul; percibir los sobresaltos de los exámenes; rememorar los proyectos de un futuro, entonces tan remoto, pero definitivamente distinto al que en realidad tuvimos; escuchar las constantes bromas y las risas; sorprender las conversaciones prohibidas, las complicidades, los fugaces amoríos, los primeros cigarros. Se me dibujan decenas de rostros en la memoria, unos más cercanos y familiares que otros, pero hoy curiosamente entrañables todos. ¡Tantos de ellos dispersos ahora por el mundo!

Los jóvenes del Instituto de La Habana teníamos un fuerte sentimiento de pertenencia a sus espacios. Amábamos su sólida estructura de sillares de piedra; su ancha escalinata; sus soleados patios interiores; sus galerías; los brillantes vitrales del Aula Magna, solemne y amplia, con su podio imponente y sus muebles de caoba; el portal elevado sobre la calle Zulueta; el vestíbulo adornado con columnas clásicas y terminando en la majestuosa escalinata interior de mármol; el enrejado elegante de las ventanas de la planta baja; las pizarras de cristal de las aulas; sus bien instalados laboratorios… Un edificio concebido para la enseñanza como no se volvería a construir otro. Todavía en los años en que yo cursaba estudios allí, el Pre conservaba su propio periódico, “La Avispa”, editado por un grupo de estudiantes -apenas un delgadísimo pasquín impreso con un viejo mimeógrafo, en el sótano del edificio-, con una salida bastante irregular, pero que de alguna manera portaba en sí las reminiscencias del pasado, algo así como un hálito de la autonomía de los viejos tiempos republicanos, cuando las aulas del edificio eran un fuerte  reducto de libertades y de debates de la sociedad civil en la voz de sus estudiantes. Éramos concientes de que en épocas pasadas allí se había formado una buena parte de los pilares de la intelectualidad cubana, de los líderes del pensamiento cívico de la República.

Un día aciago, en los años 90, el Instituto de La Habana dejó de serlo. Todos los centros de enseñanza preuniversitaria de la ciudad se habían estado trasladando gradualmente desde mediados de los años 80, por decreto oficial, hacia el campo, e inexorablemente llegó también el turno al nuestro. En lo sucesivo, los estudiantes de bachillerato estaban obligados a estudiar bajo régimen de internado en los horrorosos bloques de prefabricado que –para su mejor adoctrinamiento, alejados de la influencia y control familiar- se habían construido. Se silenciaron por un tiempo las aulas y las galerías del vetusto edificio, que quedó huérfano de la juventud y del espíritu que acogiera a lo largo de casi un siglo, se trabajó en su remozamiento completo bajo el auspicio del Historiador de La Ciudad, y finalmente reabrió, esta vez como escuela secundaria básica “experimental” –un título que suele otorgarse aquí a las instituciones que gozan de atenciones especiales-, “centro de referencia” (otro título nobiliario del sistema) y vitrina modelo de lo que entienden las autoridades como ejemplo de excelencia en la enseñanza media. Huelga decir que las plazas para el ingreso de los adolescentes a esta escuela son muy reñidas y se otorgan previa cuidadosa selección por los funcionarios del Municipio de Educación.
 
He sabido recientemente que pronto la secundaria que ocupa el edificio será trasladada al Convento de Belén. Se dice que éste volverá a ser el Instituto Preuniversitario de La Habana, y de cierta forma me alegra que así sea. Mi fértil imaginación me hace suponer que las críticas condiciones de la economía y la falta de liquidez estatal son ya incapaces de sostener el gravamen de miles de estudiantes internos, a los cuales el gobierno –en virtud de sus propias leyes y de las brillantes iniciativas del líder “invicto”- se ve obligado a garantizar, aunque sea de forma mínima, la alimentación, los uniformes y el aseguramiento material elemental que implican el alojamiento y el transporte. Pero quizás estas no son más que suposiciones mías y la reapertura del Instituto solo responda a algún capricho de las alturas o –más probablemente- a uno de los impulsos de añoranza de nuestro Historiador. De todas maneras, en este caso no podría menos que agradecer que sus arranques de nostalgia tengan un resultado más efectivo que los de esta oscura blogger. 

Pero, no sé. Algo me dice que ya las cosas no serán iguales que antes. No sé si quedará alguno de los excelentes profesores que tenía entonces el Instituto; no sé si todavía, en las condiciones actuales de deterioro generalizado, existan suficientes profesionales con tanto celo por la calidad de la enseñanza; no sé si los estudiantes serán tan ingenuos y confiados o si tendrán tantas esperanzas como teníamos entonces nosotros y los que estuvieron antes o un poco después. Me gustaría creer que sí, que un día el Instituto con más tradición de este país, volverá a ser lo que era, y aun mejor. Quiero pensar que acaso allí se forjen las ilusiones de muchas generaciones de cubanos que en un futuro posible y relativamente cercano, a golpe de amor, de voluntad y de sueños, sean capaces de reconstruir y crear algo valioso y permanente sobre las ruinas de Cuba. Y pensándolo bien, creo además que después de todo, es mejor que ellos no sean jamás tan ingenuos y confiados como fuimos nosotros.

A la rueda, rueda… la merienda escolar*

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Finalizando el curso escolar 2002-2003 quedó implantada en Cuba una nueva modalidad en el horario de los estudiantes de enseñanza secundaria: en lo adelante tendrían un denominado “horario único”, según el cual estarían obligados a permanecer desde la sesión matutina hasta el final de la vespertina sin la habitual salida a almorzar en sus respectivos hogares. Desde la crisis conocida aquí como “Período Especial”, iniciada con la desaparición de la URSS y el derrumbe del campo socialista, los comedores escolares de la enseñanza primaria habían comenzado a declinar hasta su casi total desaparición. La enseñanza secundaria, por su parte, no contaba ya con ese servicio. A partir de la introducción del “horario único”, el almuerzo de los estudiantes de secundaria sería reimplantado bajo la forma de una merienda gratis, generosamente garantizada y distribuida por el gobierno. Los alimentos se prepararían en un “centro de elaboración” en cada municipio, y consistirían en pan con algún “componente proteico” y un brebaje de apariencia -y solo de apariencia- lechosa que, se dice, es yogurt de soya. La ración: un pan con lo que sea que le coloquen dentro y un vaso del misterioso líquido para cada estudiante.

El establecimiento de este nuevo horario no era, desde luego, una opción. Un ejemplo de ello fue la reunión de padres convocada en el patio de la secundaria básica “Protesta de Baraguá”, de Centro Habana en ocasión de iniciarse el nuevo sistema, donde una funcionaria y profesora, ante la reprobación de muchos de los presentes -y, tristemente, la aprobación de otros- declaró a voz en cuello con el mayor desparpajo que “no se estaba pidiendo permiso a los padres, sino simplemente informándoles que en lo sucesivo sus hijos no irían a almorzar a las casas y permanecerían en la escuela hasta la hora de salida de la tarde”. Punto.

El horario único –según se planteó- se creó sobre la base de grandes erogaciones del Estado para solucionar el problema de los padres que trabajan y por esa razón no pueden preparar el almuerzo de sus hijos, así como para evitar que los adolescentes permanezcan en la calle sin control de sus mayores.  A la vez, permitiría garantizar una adecuada alimentación a aquellos niños en cuyos hogares escasean los recursos económicos; una forma, en fin, de mejorar la nutrición y mantener la escuela el control de los educandos en una edad tan crítica como la que discurre entre los 12 y los 15 años. Dicho de esta manera, y con excepción del carácter obligatorio de la medida que nuevamente escamoteó a favor del Estado la responsabilidad y el derecho de los padres, hasta podría parecer algo positivo. No obstante, el discurso oficial utilizó también, a falta de mejores argumentos, otro viejo pretexto: la merienda escolar, al ser la misma para todos, “igualaba” a los estudiantes eliminando las diferencias entre los que pertenecen a una familia con menores ingresos y los más favorecidos. Para velar por el cumplimiento del sagrado principio igualitarista que siempre se aplica sobre el pueblo (y solo sobre él), los profesores impedirían el acceso a la escuela por parte de los padres que decidieran tomar la iniciativa de llevar el almuerzo de sus hijos al mediodía.

La experiencia inmediata se encargaría de demostrar lo fallido de la medida: los padres que tienen posibilidades económicas envían a sus hijos a la escuela con el pozuelo de almuerzo casero en la mochila, o bien se lo hacen llegar a mediodía pasándolo “de contrabando” a través de las cercas escolares, o burlando/sobornando la vigilancia de los profesores. Es decir, no solo se mantienen las abismales diferencias entre los estudiantes que “tienen” y los más pobres sino que, además – por obra y gracia de las disposiciones oficiales-, ahora los de escasos recursos deben contentarse con consumir la desagradable merienda del gobierno o pasar hambre (casi lo mismo) mientras ven con sus propios ojos los alimentos que se pueden permitir los más afortunados, diferencias éstas que antes quedaban discretamente ocultas en el marco íntimo familiar.

Los efectos colaterales no se han hecho esperar: los estudiantes que repudian su ración oficial la botan directamente a la basura, lo que constituye un verdadero e innecesario despilfarro de recursos; se conocen casos de profesores que colectan las meriendas que rechazan sus estudiantes para destinarlas a la alimentación de animales o para vender el contenido del pan, como es el caso del queso fundido (tantas veces rancio) que reciclan los vendedores de pizza; en algunos centros también se han dado casos de estudiantes que arrebatan el almuerzo a los más débiles; el transporte destinado a la distribución de la merienda con frecuencia se atrasa, o suele presentar deficiencias en el sistema de refrigeración, con el consecuente deterioro de los alimentos, lo que no significa que se sustituya o se suprima la entrega.

Una vez más, las disposiciones generalizadoras demuestran su proverbial ineficacia. Los tecnócratas de la miseria no pueden comprender que –lo quieran o no- existen diferencias entre la población a contrapelo de que niños, adolescentes y jóvenes asistan a las mismas escuelas y tengan los mismos maestros. En cuanto a la alimentación de los escolares, un estudio casuístico preliminar hubiese permitido que los hijos de padres con vínculo laboral o los casos de limitaciones económicas familiares se beneficiaran con el restablecimiento del almuerzo escolar, tal como existía en años anteriores. Esto hubiese implicado también un ahorro de recursos estatales que podría revertirse en un mejoramiento de la calidad de la alimentación de los niños y jóvenes acogidos a este programa. Pero tampoco hay que ser ingenuos. Sabemos que la intención verdadera del gobierno no es alimentar o cuidar a nuestros hijos sino hacer política a costa de ellos. Así lo demuestran a diario el discurso y la prensa oficial, y lo repiten también los servidores externos del régimen, cómodamente acunados en el limbo que en Cuba delimita las fronteras entre el desgobierno y los desgobernados.

Foto: ESBU “Protesta de Baraguá”, sita en Pocito, entre Castillejo y Hospital, Centro Habana.

* Una versión de este post fue publicada en la revista digital Contodos que hasta hace poco se publicaba en la propia web desdecuba.com. No obstante, debido a que la zona blogger es más visitada de lo que fue la revista de referencia, por la importancia que creo tiene el tema y toda vez que siempre he sentido un particular interés en divulgar y debatir acerca de las cuestiones que atañen directamente a las generaciones más jóvenes, me permito reproducirlo en este espacio.

Irán: la tecnología en función de la libertad

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Poco ha dicho la prensa oficial cubana de los acontecimientos en torno a las elecciones en Irán y a las manifestaciones que se han desatado a partir de la reelección de Ahmadinejad, proclamada por éste como “victoria del pueblo iraní”. Por supuesto, no se ha mencionado en los medios de la Isla la violenta represión con que se ha respondido a los manifestantes de la oposición en Teherán ni los siete muertos resultantes de ello. Todo lo que ocurre allí –se dice en los medios- es resultado de una maniobra desestabilizadora de las fuerzas hostiles al bueno de Mahmud, ese benefactor de su pueblo, asediado por (¡adivinen!) la ingerencia del imperialismo norteamericano y por los traidores internos que se oponen a seguir “el camino de la dignidad y el desarrollo” que eligió (otra vez) el pueblo. Occidente es el diablo insidioso que atiza el odio de los ingenuos “persas”, tal es la visión maniquea y tonta con que la prensa ofende aquí la inteligencia de los cubanos.

Pero está claro que no divulgarían los hechos tal como son. El gobierno de la Isla no puede permitirse el lujo de divulgar imágenes que desmienten la versión amigable que siempre ha presentado del presidente iraní, menos aún si esas imágenes salieron al mundo en buena medida gracias a los blogger de ese país, que cubrieron con éxito aquello que el régimen quiso silenciar prohibiendo el acceso de la prensa extranjera. No podrían reconocer la impotencia de las dictaduras ante las posibilidades que ofrece la tecnología a quienes buscan romper el cerco de la censura. El temor que les infunde el ejemplo de los blogger de Irán los impele a arrojar tierra sobre los ojos de la opinión nacional.

Lo ocurrido en Irán vuelve a poner sobre el escenario la importancia de conocer la tecnología y ponerla, pese a las limitaciones que se nos opongan, al servicio de la libertad de expresión y de información, un derecho del que también hemos carecido por medio siglo los cubanos de la Isla.

Foto: E. Leal. Torre antena del Ministerio de las Comunicaciones y la Informática, La Habana

Una comparación inadecuada

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La lectura de los mensajes a mi bitácora y de los comentarios que cuelgan los lectores me producen la gran satisfacción de sentirme cerca de todos y cada uno de ustedes. Sus palabras son la comprobación de que mis horas frente al ordenador, mis desvelos y preocupaciones por el insuficiente acceso a Internet, no son estériles. Son, además, mi remuneración. Los comentarios me causan reacciones variadas: a veces me divierten, otras tantas me ilustran y me proporcionan informaciones y conocimientos que no tenía. Tampoco faltan los que me sorprenden cuando se malinterpretan mis ideas, pero todos ustedes, que visitan el blog, que leen mis propuestas y manifiestan interés en compartir este espacio que se creó para eso, justifican mi trabajo.

Eso sí, amigos, me niego a crear una imagen falsa de mí. Por eso pido a los que me califican de “heroína” que lo reconsideren: no acepto tamaña responsabilidad. Sobre todo no consiento la insistencia de algunos en compararme con la matriarca oficial, Mariana Grajales. Es evidente que no todos tenemos la misma percepción de esa señora cuyo único mérito especial parece haber sido parir hijos para más tarde enviarlos a la guerra: la actitud menos maternal que, en mi modesta opinión, pueda tenerse. No hay ningún evento apreciable en su biografía más allá del parto de los famosos “titanes” y “leones” de las guerras de independencia, con todo el respeto que merecen los próceres. Tampoco creo que una mujer valga solo por ser madre o esposa de alguien; conozco mujeres estériles así como otras que han elegido no ser madres -una decisión que no comparto pero respeto profundamente- que son magníficas personas; y también sé de mujeres madres que son redomadas sinvergüenzas.

En el caso de la Grajales, me parece particularmente monstruoso enviar a los hijos a matar o a morir, sobre cuando tal encomienda proviene de un ser dotado con el regalo natural de dar vida. Es ésa precisamente la “cualidad” que más ha explotado también la política oficial para manejar a su antojo la psiquis femenina, siempre manipulada desde el fetichismo cultural (y profundamente machista) de la maternidad como función suprema de la mujer; sólo que ahora las mujeres cubanas debemos parir hijos, no ya siquiera para la supuesta defensa de la independencia nacional, sino para salvaguardar los intereses del gobierno cubano incluso en otros países. Ahí tenemos las experiencias de Etiopía, Argelia, Bolivia, Angola, Nicaragua y tantos otros episodios bélicos, después de los cuales las medallas con la imagen de Mariana Grajales, colocadas sobre los pechos de numerosas madres cubanas, constituyen el premio y consuelo que les prodiga la oligarquía guerrera desde su trono, por la pérdida irreparable del hijo. La ceñuda madre de los Maceo es el icono más a propósito para la consumación de la hipocresía oficial.

En fin, que para mí el paradigma maternal no significa mucho, sino las actitudes. Definitivamente, no me gusta Mariana. Así pues, aunque sé que el ánimo de los que –inexplicablemente- me comparan  con ella no es ofender, les respondo sin ofensa, pero con energía: ¡más Mariana Grajales serás tú!

Ilustración: Cortesía de Eugenio Leal. Vista parcial del monumento republicano a Mariana Grajales, que se levanta en el parque de 23 entre C y D, en el Vedado: la excelsa madre besa la frente del hijo, armado con el machete, a la vez que su dedo le indica imperativamente su destino: la guerra.

Desnudos sobre el tejado

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Inexplicablemente, después de la andanada de epítetos insultantes con que la prensa cubana ha venido atacando a la Organización de Estados Americanos (OEA) en las últimas semanas, ofendiendo indirectamente, de paso, la dignidad de los países miembros de dicha organización –entre ellos sus amigos de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina, Brasil, entre otros-, anuncia jubilosa la anulación de la resolución que apartó a Cuba de esa organización hemisférica desde 1962. Todo es, dice la prensa, una nueva derrota de la política de Estados Unidos frente a la aplastante integración latinoamericana. En el texto de la Resolución, que publicó Granma con fecha 4 de junio- se expresa “que la participación de Cuba en la OEA será el resultado de un proceso de diálogo iniciado a solicitud del Gobierno de Cuba y de conformidad con las prácticas, los propósitos y principios de la OEA”. Como es habitual, no se publicó la propuesta previa de Estados Unidos a la Asamblea Permanente, de entablar un diálogo con La Habana para analizar el reingreso de Cuba a la OEA.
 
Muchos cubanos de a pie se rascaban incrédulos las cabezas: ¿a qué tanto alboroto?, ¿no se había dicho alto y claro que “Cuba no quiere pertenecer a esa organización que es un cadáver político” y que “jamás regresaremos a la vetusta casa de Washington”? ¿Qué clase de diálogo solicita el gobierno cubano para ventilar “las prácticas, los propósitos y principios” de los cuales ha venido renegando por décadas, con mayor encono en los últimos días, anteriores a la XXXIX Asamblea General de la OEA? ¿Por qué la prensa cubana nunca informó de esa “solicitud de diálogo”? ¿Por qué el Presidente cubano no ha hecho ninguna declaración acerca de un evento tan trascendental como esta histórica anulación que se ha calificado por otro amante de la verborrea ampulosa como “la absolución” que ha hecho la historia de “Fidel y el pueblo cubano”?
 
Pero dejemos de lado los histrionismos de ocasión y veamos el lado positivo del acontecimiento: más allá de las interpretaciones particulares que se han hecho según los intereses políticos de cada parte, lo cierto es que al gobierno cubano cada vez se le hace más difícil mantener el inmovilismo frente a los puentes que se le tienden desde el exterior. El punto no es ahora si las puertas que se vienen abriendo con el actual proceso de distensión (Europa derogando la Posición Común, Obama apostando por el diálogo, los organismos internacionales favoreciendo un ambiente de inclusión de la Isla en todos los foros) es el resultado de “la posición digna” o de “la heroica resistencia” de la dictadura cubana; sabemos que no es así. El punto es que estas políticas de acercamiento y diálogo han dejado a los viejos caudillos desnudos sobre el tejado a la vista de todos: el mito de David contra Goliat se desmorona irremediablemente. Solo la hostilidad les procura sus vestiduras verdeolivo.
 
Por otra parte, el escenario es bien diferente al de 47 años atrás; está claro que en los tiempos que corren la pertenencia a cualquier organización civilizada exige requisitos que la parte cubana no está en condiciones de garantizar, sobre todo en lo referente a democracia y derechos humanos. Aquí se cumple aquella máxima de mi abuela, que solía decir “no se puede remendar sobre tela vieja”. Si, para colmo de males, la política cubana también es una máquina vieja, el parche no puede resultar exitoso. La Declaración del Gobierno Cubano que con fecha 8 de junio acaba de publicar Granma,  es la socorrida patada a lo Castro con que la mesa de negociaciones ha sido nuevamente derribada. Sin que mediara debate alguno, sin que se sometiera a consideración por el “Parlamento” como órgano supremo del Poder Popular, sin que se produjera (que sepamos) el diálogo que se solicitó “por el gobierno cubano”, los inquilinos del tejado decidieron abruptamente que Cuba no regresará a la OEA. Y no podía esperarse otro pronunciamiento, porque la distensión y el diálogo son ingredientes letales para las dictaduras.
 
Ilustración: Fotografía de Eugenio Leal

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