sin EVAsión

un blog con antifaz provisional, pero con voluntad permanente

Ginebra: la consagración del cinismo

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Transcurridas escasas semanas desde las escandalosas muertes ocurridas en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, ya circulan por numerosos ordenadores las fotografías de los escuálidos y maltratados cadáveres. Las imágenes, casi irreales, recuerdan las de aquellos otros cuerpos amontonados en los campos de exterminio nazi, más de 60 años atrás, y vuelven a arrojar sal sobre la llaga abierta en la opinión pública de los cubanos.

No me referiré ahora a todo el horror y el sufrimiento que se descubren en cada fotografía, a la impresionante delgadez de aquellos infelices, a los golpes que acusan los hematomas de sus magros cuerpos, al despreciativo hacinamiento de varios cadáveres sobre una misma sucia camilla –así condenados también a una promiscuidad post-mortem– , a la insultante inmundicia del ambiente, o a la miseria moral de un sistema de salud que se autoproclama como el más perfecto del planeta y se abroga el derecho de cuestionarse a otros. Y no lo haré porque, casi a la vez que pude contemplar la sordidez inimaginable en que murieron estos mártires anónimos del socialismo de Estado, estuve hojeando las siempre mendaces páginas del Granma, donde aparece el discurso que pronunciara el canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, el día 3 de marzo de este propio año, durante el más reciente período de sesiones del Consejo de Derechos Humanos, celebrado en Ginebra, y no puedo definir si me causó aun más repugnancia que las fotografías. En la primera plana de la edición impresa del jueves 4 de marzo, como una irreverente burla al mundo entero, salta una cita de las palabras pronunciadas sin el menor sonrojo por el alto funcionario de la Isla:
 
“Cuba tiene una ejecutoria meritoria e intachable en la protección del derecho a la vida, incluso mediante cooperación altruista fuera de sus fronteras”. 
Imposible dibujar con palabras el insulto. Solo voy a colocar imaginariamente cada una de estas imágenes de los fallecidos junto a los párrafos del nuevo heraldo de la hacienda, para tratar de encontrar alguna luz, por pequeñita que sea, que explique cómo puede caber tanto cinismo en un gobierno. Cada una de estas fotos, por sí sola, es una denuncia y una condena al régimen cubano. Quisiera poder explicarme, además, cómo una persona joven, como el señor Rodríguez Parrilla, de apariencia casi ingenua, un desconocido apenas ayer y cuyas manos no tenían las manchas de sangre que ostentan las de sus mentores, se ofrece a ser el cómplice voluntario de crímenes que –es de presumir– hasta ahora no le pertenecían.
 
No se puede ser a la vez civilizado y permanecer de espaldas a la realidad cubana. La máscara bondadosa del gobierno no debe continuar burlando principios esencialmente morales que implican y comprometen a todos. Las decenas de famélicos pseudo-humanos que han muerto o que aún sobreviven en Mazorra y en otras instituciones “hospitalarias” del generoso Estado, los prisioneros políticos y comunes de las lóbregas cárceles de la Isla, la memoria de Orlando Zapata Tamayo y de los que le antecedieron en el martirio y todos los que gozamos del dudoso privilegio de los Derechos Humanos al estilo Castro, deberíamos tener un espacio en Ginebra –aunque solo fuera un modesto espacio virtual, pero permanente–  donde podamos representarnos a nosotros mismos ante el mundo y donde se nos escuchara con el respeto y los Derechos de los que no hemos gozado en nuestro propio país desde hace más de medio siglo. 

Fotografía tomada del blog Penúltimos Días

Huelgas de hambre: la solidaridad como sustento

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A lo largo de la historia del presidio político, las huelgas de hambre han sido casi el único recurso de los reclusos para manifestar su inconformidad, ya sea con las infrahumanas condiciones carcelarias, con los malos tratos, o con reclamos de diversa naturaleza. El preso político cubano, bajo la dictadura de Castro, no ha sido la excepción; nuestra historia de los últimos 50 años ofrece valiosos testimonios sobre estas huelgas y también hay más de un mártir que ha perdido la vida como resultado de ellas. Orlando Zapata Tamayo, fallecido el 23 de febrero de 2010, es el más reciente
Ha trascendido que desde este propio 24 de febrero, el periodista independiente Guillermo (Coco) Fariñas, se ha declarado en huelga de hambre y sed, en reclamo de la inmediata liberación de sus (definitivamente nuestros) compañeros de la Primavera Negra que –con la salud severamente deteriorada, muchos de ellos con peligro para su vida– cumplen arbitrarias condenas en las cárceles de la Isla. Varios presos políticos se encuentran también en huelga de hambre, mientras las autoridades hacen gala de su insolencia desoyendo sus demandas e, incluso, negando la condición de presos políticos de los plantados.
Ayer, 25 de febrero, hablé por teléfono con Coco Fariñas y le ofrecí mi solidaridad. En lo personal, no apruebo las huelgas de hambre porque considero que cada defensor de los derechos cívicos y de la democracia es tremendamente valioso para Cuba y –dadas las actuales circunstancias– temo por sus vidas; sin embargo, respeto profundamente sus principios y su actitud y apoyo por completo la justicia de su causa, que es la de muchos cubanos.
En medio de la profunda crisis al interior de la Isla, cuando el gobierno parece estar asistiendo al inicio de su ocaso y por ello se torna más represivo y rabioso, urge tomar acciones que protejan a estos cubanos indefensos que tan dignamente salvan la maltratada vergüenza nacional. Pido a cada lector que sigue este blog que haga llegar a sus familiares y amigos dentro de Cuba la información sobre esta lucha que humilde y valientemente están librando los perseguidos de la dictadura, que difunda todo lo posible lo que está ocurriendo tras las banderas y fanfarrias de la mascarada gubernamental para destruir las falsedades y tergiversaciones que propala la prensa oficial y sus siervos sobre la resistencia cívica. En esta hora precisa no podemos darnos el lujo de dar la espalda o mirar a otro lado: nuestra solidaridad es el único sustento que podremos ofrecer a los huelguistas. Es preciso quebrar el silencio oficial que pretende encubrir la realidad que se está viviendo al interior de Cuba y que la gente común conozca que solo en el sacrificio y el esfuerzo de los más dignos está nuestra esperanza. No permitamos que se queden solos.

Ilustración: Fotografía de Orlando Luis

Orlando, una muerte temible

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Fotografía de Orlando Luis

Hasta el 23 de febrero último, parecía que el encarcelamiento de los 75 de la Primavera Negra había sido una de las postreras pifias de Castro. La muerte de Orlando Zapata Tamayo, uno de los luchadores cívicos entrampados entonces por la fuerte ola represiva desatada por la dictadura, viene a demostrar que los hechos ocurridos casi siete años atrás continúan repercutiendo contra el propio régimen  que los gestó.
No contenta con haber dejado morir a Orlando sin siquiera permitirle el mínimo consuelo de pasar sus últimos días entre los suyos, la dictadura ha lanzado a su jauría a las calles para reprimir las justas manifestaciones de solidaridad y respeto de otros cubanos ante el valor y la resistencia de un hombre que tuvo la grandeza de enfrentar al más poderoso y prolongado gobierno dictatorial que ha conocido la historia de Cuba. Muchos cubanos independientes fueron detenidos, otros fueron amenazados y los operativos policiales se sucedieron durante toda la jornada del 24 de febrero.
Por rara coincidencia, una fecha de importancia histórica para los cubanos, este 24 de febrero de 2010 estuvo signado por el miedo, no por parte de los ciudadanos dignos y libres que fueron a firmar el libro de condolencias en el domicilio de Laura Pollán, Dama de Blanco; o por los que arrojaron flores al mar, en recuerdo a los Hermanos al Rescate también muertos por el derribo de sus avionetas, otra de las “gloriosas” acciones de Castro y sus espías, ni por los que asistieron a las honras fúnebres de Orlando. Ahora es palpable el temor del régimen y de los mercenarios a su servicio. Ellos no se explican la fuerza de la vergüenza, desconocen la virtud que encierra el sentido del decoro y no pueden ni remotamente comprender que la libertad es un don natural que se lleva por dentro y –por tanto– resulta imposible eliminarla con rejas.  Los 75 de la Primavera Negra, Orlando Zapata, los prisioneros políticos y nosotros, todos los desobedientes, somos libres.
El régimen cubano, en cambio, es hoy el verdadero preso: está encerrado en la propia lógica de la represión y la violencia que genera. Víctima del sistema que él mismo forjó, incapaz de producir otra cosa que odio y miedo, ahora exhibe impúdicamente esos rubros tratando de retener mediante el terror lo único que realmente le importa: el poder. Solo que muchos cubanos están perdiendo el miedo.
El sacrificio de Orlando Zapata Tamayo encierra también una singularidad esperanzadora; él ha muerto, pero Cuba comienza a despertar. Pequeños nichos de la sociedad civil, de la oposición, los periodistas independientes, la iglesia y cada vez más amplios sectores sociales de los más diversos puntos de la Isla, antes inconexos, han comenzado a enlazarse. Más temprano que tarde la realidad va a cambiar: éstos no son tiempos de dictadores.
El presidente cubano (la minúscula es intencional), Raúl, el Gris, el Segundón, ha hecho una declaración a los medios de prensa extranjeros expresando que lamenta la muerte de Orlando. Por supuesto, no se trata de una espontánea expresión de sinceridad, sin embargo, por esta vez yo le creo: tiene sobradas razones para lamentar ésta y otras muchas muertes.

“Lo que tienen que hacer es…”

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El carácter sui generis del fenómeno blogger, refrendado en su signo esencialmente independiente de toda tendencia política o ideológica, en lo multivariado de sus componentes humanos y –en consecuencia– en sus proyecciones, estilos y temáticas; no sujeto a plataformas ni a manifiestos, pero definidamente contestatario y rebelde en su naturaleza, ha venido concitando casi simultáneamente la solidaridad y el apoyo de muchos, el rechazo y la ácida crítica de otros, la atención de no pocos medios de prensa (incluyendo el periodismo independiente al interior de la Isla) y el hostigamiento creciente de las autoridades cubanas.

Más allá de los simpatizantes, de los detractores y también de los represores, esto es un síntoma de la buena salud de la blogósfera alternativa cubana. No obstante, como todo fenómeno relativamente nuevo y –más relativamente aún– eficaz en sus resultados particulares (como son el cuestionamiento de la realidad cubana, la difusión de la opinión alternativa, el ejercicio de la libertad de expresión, la apertura de espacios de debate ciudadano, y algún otro modesto etcétera), tiende a fomentar en el imaginario de ciertos grupos, tanto “de adentro” como “de afuera”, el crecimiento de una expectativa curiosa: ya algunos no nos ven exactamente como lo que somos ni nos califican por lo que hacemos, sino que pretender definir cómo debemos ser y qué debemos hacer; posición que tiende, contradictoriamente, a dinamitar precisamente aquellos principios que han hecho posible nuestra existencia , permanencia y crecimiento.

El espectro es amplio, así que trataré de resumir los más importantes reclamos que los bloggers alternativos solemos recibir de ese sector sorprendentemente numeroso de personas que parecen saber siempre lo que debe hacerse, o mejor dicho, lo que deben hacer los demás: “Ustedes deberían unirse con los opositores y con todos los representantes de la sociedad civil emergente” (¡y dale con la “unidad”!), “¿Por qué los blogger no escriben un manifiesto?”, “Deberían divulgar en sus blogs los programas de los partidos opositores”, “Deben organizarse”. Tampoco faltan quienes, a todas luces, no nos leen, pero temen lucir desactualizados, así que llegan al extremo de sugerirnos que hagamos lo que hemos estado haciendo siempre desde nuestros blogs: apoyar a los presos de la Primavera Negra y a todos los prisioneros políticos cubanos; manifestar nuestra solidaridad con las Damas de Blanco y con muchos cubanos anónimos que han sufrido atropellos e injusticias por parte de las autoridades y denunciar las impunes violaciones a las libertades y a los derechos que se producen cotidianamente en Cuba.

En días recientes apareció –no sé bien cómo ni de dónde– uno de estos sabihondos sujetos que parecen sacar tantas soluciones de las mangas como los magos conejos de un sombrero, y sin conocer apenas nuestra realidad, nuestros blogs (salvo el de Yoani) y las habituales actividades blogger, nos regañó casi paternalmente. A juzgar por su encendido discurso, los bloggers alternativos no pasamos de ser un puñado de arrapiezos desorientados. Lo simpático, sin embargo, fue la despedida: el hombre insistió en salir de nuestro sitio de encuentro acompañado por algunos de nosotros, y una vez en la calle se volvía inquieto hacia todas direcciones, creyendo ver detrás de cada árbol y debajo de cada piedra a los agentes represores que habrían de conducirlo a los sórdidos calabozos del régimen. Era evidente su expresión de alivio cuando, finalmente, se separó de los que fuimos sus involuntarios acompañantes. Lo vimos alejarse y nos reímos de muy buena gana, por supuesto: he aquí que nuestro severo juez que sabía exactamente lo que debemos hacer nosotros no tenía ni la menor idea de qué hacer con su pánico. Pero para mí fue, sobre todo, una lección, porque tuve que hacer grandes esfuerzos y morderme la lengua para no decirle a este visitante ocasional la frase fatídica: “Lo que usted tiene que hacer si tiene tanto miedo es no venir a vernos y mucho menos hacerse acompañar por nosotros, salvo que tenga segundas intenciones”. Definitivamente esto de querer dirigir la vida y acciones ajenas es un vicio muy pernicioso, también yo tendré que luchar contra esa tentación.

Ilustración: Una clase de Word Press en la Academia Blogger

Despedida de duelo

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Hace solo pocos años, en 2005, nacieron los “trabajadores sociales” como recurso infalible del Invicto para combatir la corrupción generalizada en Cuba. En aquel entonces yo publiqué dos artículos sobre el tema: “Trabajadores sociales: ¿el nuevo ungüento de la Magdalena?” (Firmado bajo el seudónimo T. Avellaneda en la Revista digital Consenso) y “Los ángeles de Castro” (con el seudónimo Eva González, Diario Digital Encuentro en la Red), trabajos de los cuales me permito reproducir aquí el primero, que he podido rescatar, para los lectores que tengan la paciencia de leerlo.

El tema resultaría extemporáneo si no fuera porque en la actualidad los trabajadores sociales están siendo masivamente desmovilizados y “reubicados” laboralmente en las plazas que urgen al gobierno en las contingencias actuales. Se dice que solo dejarán en activo el grupo mínimo indispensable para atender casos verdaderamente necesitados de asistencia social, los que quedarán vinculados a los consultorios de médicos de la familia y policlínicos. Es así que, entre los otrora favoritos del reyezuelo, muchos hombres son enviados a las labores agrícolas y a la construcción, en tanto a las mujeres se les otorga un plazo de gracia de tres meses para encontrar un puesto de trabajo que les resulte más conveniente que el que les ofrecen los funcionarios encargados de la “reubicación”.

Desde sus inicios estaba claro que el experimento sería un fracaso. Ninguna economía es capaz de sostener tamaño tren de gastos y prebendas, salarios tan elevados para miles de personas improductivas y, mucho menos, el mantenimiento de fondos para lo que constituían “botellas” oficiales: es sabido que un elevado porcentaje del total de los llamados “trabajadores sociales” permanecían ociosos, sin dejar de percibir sus salarios íntegros; una vía expedita para corromper a los jóvenes, que, sin esfuerzo o mérito alguno, recibían privilegios y facilidades de las que carece la mayoría de la población de la Isla, jornales más elevados que la media de los trabajadores cubanos, las carreras universitarias más codiciadas por los estudiantes regulares y los “poderes” que emanaban de la sagrada protección oficial.

Así pues, envueltos en el más absoluto silencio, en contraste con las estridencias de su surgimiento, los adalides de la pureza socialista han caído en desgracia y desaparecen del panorama como si nunca hubiesen existido. Se marchan derrotados, sin glorias y sin confetis, mientras la corrupción continúa gozando de la más rebosante salud. Hoy, los antes aguerridos y revolucionarios trabajadores sociales, uno de los últimos engendros del megalómano ex presidente cubano, han pasado a engrosar las nutridas filas de los inconformes. Lástima que los oportunistas de cualquier denominación o procedencia nunca resulten una adquisición confiable.

Ilustración: Fotografía de Orlando Luis Pardo

  
Trabajadores sociales: ¿el nuevo ungüento de la Magdalena?
(Publicado en la Revista Digital Consenso, No. 5 de 2005, bajo el seudónimo de T. Avellaneda)

Una nueva cruzada contra la corrupción, aplicada fundamentalmente en la capital, es el más reciente y desesperado intento del gobierno para controlar algunos de los agujeros por los que se escurre la maltrecha economía cubana. Esta vez, son los llamados trabajadores sociales -una especie de fuerza multipropósito que hasta ahora había sido destinada a visitar ancianos carentes de amparo filial o a apoyar a las familias de más bajos ingresos con niños minusválidos, entre otras misiones similares-, los encargados de sanear la economía cerrando las brechas a los malversadores.

En principio, la lucha contra la corrupción podría considerarse un evento positivo, si bien no resulta un fenómeno novedoso en Cuba (ni la corrupción ni las tentativas de eliminarla). ¿Acaso algún cubano ha olvidado aquellos famosos operativos como “Pitirre en el Alambre”, contra los Mercados Libres Campesinos; “Operación Adoquín”, contra los artesanos de la Plaza de la Catedral, que tuvieron lugar en la década de los 80? Unos años después otra cruzada; “Operación Maceta” , pretendía acabar con los especuladores que acumularon grandes sumas mediante negocios ilícitos, a la vez que permitía al gobierno recoger una gran cantidad de efectivo y retornarlo a las arcas del Estado, que fue y sigue siendo el principal malversador de la economía del país.

Como todos los cubanos sabemos, ninguna de estas operaciones de saneamiento económico y moral tuvieron más efecto que el de la inmediatez, en muchos sentidos nociva para la familia cubana. Después de la operación “Pitirre”, como la comenzó a llamar la voz popular, las amas de casa no contaron más con un mercado en el cual adquirir viandas, vegetales o cárnicos para completar la exigua canasta básica que permite a los ciudadanos cubanos el acceso a una asignación ridícula de alimentos por precios módicos, cartilla de racionamiento mediante. Tuvimos que esperar a los oscuros y deprimentes años 90 para que el gobierno cubano comprendiera que –dada su incapacidad para garantizar la alimentación de la población- debía permitir el retorno de los mercados agropecuarios, pese a los elevados precios de sus productos, a fin de paliar la hambruna que se desató durante el eufemísticamente llamado “período especial”. Igualmente inocuas resultaron las medidas para suprimir el mercado artesanal, con su oferta de ciertos productos que el Estado no es capaz de ofrecer. Los artesanos regresaron con renovados bríos -e incrementados precios- como una alternativa (no bolivariana ni martiana, por cierto) para aquellos cubanos cuyos bolsillos resultan insuficientes frente a las tiendas estatales que ofrecen sus mercancías en pesos convertibles y con precios aún más astronómicos.

Ahora pretenden demostrarnos lo que hace mucho tiempo conocemos: existe corrupción y malversación en Cuba. Se dice que hay toda una serie de “parásitos”, de “lacra” que vive “a costa del pueblo”, robando los bienes del Estado, desviando recursos. Lo que no sabremos nunca es cuánto se malversa, ni a todos los niveles a los que llega la corrupción. Podemos, eso sí, imaginarlo. La imaginación y la especulación han sido los eternos recursos del cubano frente a la falta de información. El cubano no es un sujeto activo dentro de las decisiones económicas del país. Ni siquiera tiene conocimiento de cuál ha sido el ingreso económico anual, cuáles las cifras exactas de inversiones o de exportaciones, etc. Debemos conformarnos con pseudoinformaciones tan ambiguas como que el PIB creció en un 8% el año pasado (¿?), o que en determinado renglón se duplicaron los ingresos con respecto al año anterior (¿y cuáles fueron los ingresos del año anterior?). Acaso debamos limitarnos a estar felices y optimistas porque “vamos bien”. Las medidas económicas en todos los casos, hasta ahora, solo han logrado perjudicar a la mayoría, en tanto arbitrarias y enajenadas de la realidad nacional.

Lo cierto es que ahí tenemos a los trabajadores sociales para resolver el problema de la corrupción. Eso sí, recordemos que en Cuba la solución de un problema implica el surgimiento de muchos más, y a veces mayores que aquellos que originalmente se pretendían eliminar, toda vez que se aplican restricciones sobre un mercado ilegal sin que se establezcan mercados legales que satisfagan las demandas de la población. Pero algo me dice que esta vez tampoco va a funcionar; y es que no se puede eliminar un mal atacando los efectos y no las causas que lo originan. La corrupción no se va a erradicar aumentando el número de inspectores, de policías o incrementando la “vigilancia cederista”. Estos métodos han demostrado su ineficacia a lo largo de numerosos años y campañas de purgas sucesivas. Más bien han conseguido elevar el número de corruptos.

Una de las principales causas de la corrupción es el absoluto divorcio que existe entre el salario y las jubilaciones con respecto al costo de la vida. La imposibilidad del cubano de vivir de sus ingresos -sean por concepto de salario o de jubilación- hace que busque soluciones económicas alternativas, las que llevan directamente al delito. El asunto se agrava ante la negativa del gobierno cubano a permitir el desarrollo de alternativas privadas, o lo que es igual, a legalizar algunas de esas soluciones que facilitarían el desenvolvimiento económico de los ciudadanos en múltiples servicios, a la vez que liberaría al Estado de responsabilidades que, a todas luces, le resultan abrumadoramente pesadas.

Así que tenemos a La Habana tomada por asalto por centenares de jóvenes de otras provincias, a los que hay que garantizar alojamiento y alimentación por cuenta del Estado, los que han comenzado a trabajar en las gasolineras de la ciudad y han incrementado significativamente los ingresos de estos centros al controlar rigurosamente tanto el expendio de diésel y gasolina, como el monto en metálico de estas operaciones. La falta de habilidad de estos jóvenes en este tipo de actividad inusual para ellos y las trabas que hay que superar ahora para adquirir el combustible (usted debe declarar cuánto va a comprar, pagar, recibir un comprobante y previa presentación de éste al trabajador social que despacha, conseguirá por fin el anhelado producto), ocasionan colas en las gasolineras. Por si todos estos controles fueran pocos, los nuevos “pisteros” deben anotar el número de la matrícula de cada automóvil al que despachan y la cantidad de combustible que éstos han adquirido.

Algunos suspicaces consideran, no sin un alto grado de acierto, que estas medidas están encaminadas -entre otras cosas- a limitar la asignación de gasolina y diesel, que se ha destinado durante años al transporte perteneciente a empresas y organismos del Estado mediante el sistema de bonos y, de esta forma, evitar la reventa del sobrante que no es consumido y que pasaba a integrarse en la rueda del mercado negro que surtía a los particulares por un precio inferior al que encontraban en las gasolineras. Los controles que ahora se están aplicando pudieran conducir a una reducción más o menos drástica de tales asignaciones.

Por su parte, los trabajadores sociales de La Habana han sido enviados a erradicar la corrupción en las provincias orientales. Este enroque no resulta muy parejo: si bien los muchachos de las provincias del interior se muestran complacidos –y hasta felices- de venir a la capital, y para permanecer en ella son capaces de enfrentar las tareas más disímiles; no ocurre lo mismo con una parte de los jóvenes capitalinos que han sido destacados en el decadente oriente cubano. Acostumbrados a la vida activa y más agitada de la gran urbe, ya hay un sector significativo de ellos que se sienten frustrados e inconformes de ser utilizados para cualquier contingencia, en lo que un amigo mío ha dado en llamar “misión internacionalista que no acumula méritos”, puesto que estar en esa región equivale a permanecer en medio de la nada, desterrado a un sitio muerto, sin las “ventajas” que traen consigo las misiones internacionalistas a otros países.

La malévola opinión popular es que a los muchachos de provincias que fueron destinados a la capital “solo hay que darles tiempo”. Es decir, que en medio de una sociedad donde son tantas las penurias y tan perennes las carencias materiales de todo tipo, es fácil corromperse. El precio de cada individuo estaría directamente relacionado con sus niveles de necesidades, y es obvio que en la ciudad de La Habana sus necesidades no serán las mismas que tenían en sus provincias de origen.

Por lo pronto, pese a que algunos -quizás malintencionados- aseguran que ya tienen su propio trabajador social para resolver la gasolina, la ciudad acusa ciertos reflejos negativos de la lucha contra la corrupción. Es posible que no haya relación alguna entre los controles del diésel y la carencia de productos del agro en la gran mayoría de los mercados de la ciudad, pero lo cierto es que se hace necesaria una verdadera peregrinación de un mercado a otro del barrio, muchas veces infructuosa, con la esperanza de encontrar alguna col escuálida o algún mazo de habichuelas de dudosa frescura.

Antes de esta nueva batalla por la honestidad, pululaban por la ciudad los camiones de varias provincias del interior, ya fuera con matrícula particular o los propios camiones de transporte estatal o al servicio de las cooperativas de producción agrícola, que usualmente se dedicaban a transportar los necesarios productos hasta los mercados. Ahora los camiones son tan escasos como los productos en cuestión, que no es lo mismo comprar el petróleo “por la izquierda” por un precio de tres pesos corrientes el litro, que adquirirlo legalmente en una gasolinera a 50 centavos de peso convertible, es decir, cuatro veces más caro.

Cada tentativa de luchar contra la corrupción tiene un efecto inmediato sobre la cotidianidad del cubano. La multiplicación de las carencias demuestra que es precisamente el mercado negro, que se nutre de la corrupción, el que provee a los cubanos de aquellos productos que le son necesarios, anomalía de la deformada economía cubana que hemos estado viviendo durante décadas. Esta situación, que trae irremediablemente consigo la corrupción generalizada, fue definida, pocos años atrás, de manera muy ilustrativa:

“Una gigantesca y eficiente red de productos y servicios al margen de la ley funciona a lo largo y ancho del territorio cubano. La oferta de artículos originales o adulterados abarca, desde una aguja de coser hasta un detective privado; desde una linda caribeña hasta una consulta astrológica, desde una reparación de calzado hasta la construcción de mansiones; desde la prensa hasta un documento oficial. A falta de locales propios la red emplea los del Estado, donde comercializan o prestan sus servicios, lo que originó el vocablo Estaticular, es decir, gastos del Estado y utilidades del particular. La fuente principal de abastecimiento es el robo, con la consiguiente corrupción. Los verbos escapar, luchar y resolver, designan acciones para adquirir lo necesario adicional.” (Castellanos, D. 2001)

Por otra parte, ¿qué medidas se van a tomar con los trabajadores originales de las gasolineras quienes, se dice, están en casa “de vacaciones”, cobrando su salario completo? ¿Quedarán desempleados? Porque si es cierto que este experimento purificador tiene una duración de solo 45 días y después pasarán los trabajadores sociales a desempeñarse en otros lugares donde proliferan las irregularidades y malversaciones (léase en las tiendas de pesos convertibles, en los hoteles, en las farmacias, en las bodegas de productos controlados por la cartilla de racionamiento, en cualquier punto de la producción o los servicios donde sea posible sustraer algún beneficio económico o de otro tipo), ¿quiénes serán los ángeles puros que vengan a ocupar su lugar? Habrá que movilizar grandes ejércitos de ellos desde las provincias del interior porque, según declaraciones del presidente, las provincias son honradas, en tanto la capital está llena de corruptos. Aparentemente olvida el detalle significativo de que un alto porcentaje de los habitantes de la ciudad de La Habana procede de esas provincias, y se trasladó hacia la capital precisamente buscando oportunidades económicas que no se les presentaban en sus provincias de origen. En todo caso, ya que existen esas escuelas de trabajadores sociales capaces de formar en pocos meses al soñado Hombre Nuevo, insobornable, no contaminable y con una conciencia químicamente pura, es posible que el gobierno decida mandar a estudiar en ellas a los muchos corruptos, a fin de que sean reeducados.

Otro aspecto a tener en cuenta es el carácter especializado de algunas de las categorías ocupacionales que se pretenden sanear y para cuyo desempeño los trabajadores sociales no están capacitados. Se ignora cuál será la solución que han considerado las autoridades para superar este escollo, pero confío en que ha de ser, como siempre, verdaderamente ingeniosa.

Solo una verdadera propuesta de programa integral que fomente la actitud emprendedora de la ciudadanía como camino de las soluciones materiales y de la recuperación moral, partiendo de la participación de todos los cubanos, así como del reconocimiento a la libertad y a los espacios y oportunidades para todos, crearía las bases propicias para recuperar la dignidad y el valor del trabajo y del esfuerzo de cada individuo y sería el principio del fin de la generalización de la corrupción y del delito económico en Cuba.

 

 

 

 

 

 

 

 

¿ETECSA… o CITMATEL?

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He estado de descanso por muchos días. Cierto que no lo anuncié y algunos pudieran tomar a mal este alejamiento. Pido disculpas sinceramente, pero la verdad es que estaba agotada y me hacía falta disponer de un tiempo para mí misma.

Y he aquí que justo un día antes de mi “reintegro” al blog, recibo un enigmático mensaje en mi teléfono móvil, que dice literalmente así:

“De RECARGA 1: Llamar al (7) 204 3145, de 8 am a 5 pm de un fijo para comprobar datos de recibir recarga de saldo por internet. En caso de problemas con el pago, se cancelará la línea.”.

Así que llamé al número de referencia. Allí una voz masculina, de sonoridad joven, me informó que mi número de móvil había recibido una recarga “desde Estados Unidos” que no había sido “confirmada”; que yo debía dar el nombre y los datos del individuo que realiza la recarga o, de lo contrario, se me cancelaría la línea. Yo ignoro quién tuvo la gentileza y generosidad de recargar mi cuenta, gesto que agradezco desde lo más profundo de mi alma, pero con seguridad es un buen amigo que tomó mi número desde twitter, donde recientemente lo hice público.

La misma voz del funcionario con el que me comuniqué por teléfono, al pedirle me diera su nombre y la dirección en la que radicaba su oficina a fin de reclamar personalmente, se encargó de informarme (o más bien, de desinformarme) que no podía darme su nombre ni a qué oficina representaba, pero insistió en que si no le ofrecía los datos que se me solicitaban, se me cancelaría la cuenta. Así, sin más. Como no suelo recibir amenazas y ante un ultimátum de tal envergadura, sin ánimo de discutir en vano con un emisario de poca monta, me dirigí a la oficina de ETECSA más cercana, habida cuenta de que es esa la empresa con la que está firmado un contrato de servicio de telefonía móvil cuyos términos estaban siendo violados y es la que debe responder a cualquier reclamo sobre sus prestaciones.

En la sucursal de “El Príncipe”, sita en Carlos III, entre Subirana y Francos, casi enfrente de mi edificio de residencia, ante mi reclamo, una amable funcionaria tuvo a bien comunicarse con la oficina comercial, en la cual le informaron que “hay un desfalco de 20 millones de CUC en la empresa” y por eso los clientes deben referir quiénes son los que recargan las cuentas desde el exterior (¿?). También supe que el número (7)2043145 pertenece a la entidad estatal CITMATEL, que es “atendida directamente por el Ministerio del Interior”. Es pues, ese Ministerio el que se toma la atribución de amenazar a los clientes de ETECSA. Por eso mi joven interlocutor telefónico “No podía darme esa información”. Los largos tentáculos del MININT están por encima de las relaciones contractuales legalmente establecidas.

He sabido que Yoani y Claudia también recibieron mensajes similares al ser recargados sus móviles por amigos desde fuera de Cuba, de manera que –para evitar incómodas solicitudes de datos personales, que no debieran ser de interés para ETECSA- sugiero a los amigos que quieran y puedan ayudarme recargando mi móvil por Internet (52938042), que lo hagan desde la página turecarga.com, que es más sencillo y directo el proceso. Les digo también que mi móvil está inscrito a nombre de mi esposo, Oscar González Ulloa, que fue quien me contrató la línea. Ante las circunstancias, es de prever que existan intenciones de confiscar nuestras líneas de móviles por parte del gobierno a fin de limitar aún más nuestras comunicaciones. Los amigos que así lo decidan podrían apoyarnos entonces con tarjetas SIM de otras empresas telefónicas, las que podrían recargar sin dificultades. Gracias por anticipado.

Ilustración: Oficinas de ETECSA, sucursal El Príncipe, Avenida de Carlos III.

La buena letra de Regina Coyula

malaletra

Regina Coyula es una de los blogger de más reciente debut. En noviembre último salió su blog Mala Letra, con un sencillísimo y precioso banner hecho por ella misma, y de inmediato la franqueza y naturalidad de sus textos han atrapado a numerosos lectores entre los que ahora, algo tardíamente para mi vergüenza, me incluyo.

Confieso que muchas veces me dejo arrastrar por las asfixiantes ocupaciones que me imponen la cotidianidad y mi complicada condición en la que se mezcla lo profesional-independiente con lo doméstico-familiar, funciones que a la par me producen las mayores satisfacciones y me colocan los más duros grilletes; de hecho, debido a mi habitual “despiste”, supe que existía Mala Letra cuando ya llevaba varias semanas online. Pero de cualquier manera, lo cierto es que dejé transcurrir casi dos meses antes de enfrentar el enigma de un blog que, curiosamente, a fuerza de coloquial y cálido logra superar con éxito la fría soledad de un encuentro de Web.

No voy a pedirle disculpas a Regina Coyula (a fin de cuentas era yo quien me lo estaba perdiendo), así que prefiero darle las gracias. Gracias por la chispa inteligente, sensible y simpática de sus post y por la fuerza incomparable de lo anecdótico; gracias por venir a crear donde tantos podemos disfrutarla y aprender de ella; gracias, en fin, por elegir esta feria virtual de artesanos de la palabra en la blogósfera alternativa de la Isla, -ésta, que no exige “permisos” ni listas especiales-, para regalarnos generosamente la frescura de su buena letra.

Ilustración: Banner del blog de Regina

Apostando por el caballo perdedor

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Nada es tan aleccionador como la historia, ni tan veraz como la vida misma. En los últimos meses los cubanos hemos estado asistiendo, si no a un franco despertar, al menos a la ruptura del sueño. El descreimiento por el proyecto social de la Isla que se venía apoderando de la opinión general, ha estado dando paso a otras dudas que señalan a un punto definitorio en la realidad cubana actual: finalmente la gente se cuestiona al poder. Para una gran cantidad de cubanos, lo que dice el gobierno y su prensa son, simplemente, falsedades. Basta escuchar los comentarios callejeros para entender que el capital de fe popular con el que contaba el gobierno para mantenerse indefinidamente en la liza está tocando a su fin. Medio siglo hemos necesitado para asistir al fenómeno insólito de volvernos hacia dentro y comenzar a descubrir que aquí se jugaron todas las apuestas a un caballo perdedor y que, además, se han hecho trampas.

La ruina económica de Cuba, la dispersión de las familias, la pobreza generalizada, son solo una parte del saldo final de tan azaroso galope: ni una sola de las muchas carreras del homo-equino fue coronada con el triunfo. Ahí están los resultados de los  macroplanes económicos, de las decenas de experimentos fallidos, de las guerras exportadas, de las intrigas políticas a nivel internacional, de las malas alianzas y de las buenas profecías irrealizadas, que constituyen las más duras lecciones para los cubanos. De nada vale a estas alturas y en estas cruciales circunstancias, enmascarar nuestra realidad tras las desventuras de otros, como pretende hacer la servil prensa oficialista: ni la catástrofe de Haití, ni el “golpe” de Honduras, ni la crisis económica mundial, ni el pretendido ocaso capitalista, ni la eterna y socorrida maldad del imperialismo norteamericano pueden ocultar la verdad incuestionable del fracaso de este sistema.
  
En los tiempos triunfalistas de los inicios de la revolución cubana, el caudillo por antonomasia de aquella aventura fue acuñado en el argot popular como “El Uno”, equivalencia a la figura del caballo en la charada. Cuando se decía El Caballo no había que mencionar nombre ni rango, se trataba –sin dudas- de el número uno de Cuba, el idolatrado, el temido, el invicto comandante en jefe. Hace ya mucho tiempo que nadie parece recordar ese sobrenombre. A decir verdad, en la actualidad sería una broma macabra designar así al otrora orgulloso alazán, entre otras razones porque hemos aprendido que las carreras no se ganan a base de meros relinchos. Hoy, las demasiadas derrotas acumuladas y la decadencia total de Cuba no dejan siquiera un pequeño capital de confianza con qué cubrir las apuestas.

Elegía de la inocencia

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Dicen que murieron de frío, pero no es cierto. Al menos no es exacto: el frío de la madrugada solo consagró la obra de la desidia, de la acumulación de abandonos, de la deshumanización de otros. Ellos, para asombro de todos, solo murieron. Eran solamente unos locos (otros), esa fracción del rebaño que de alguna misteriosa manera se ha desconectado de una realidad demasiado fea y escapa hacia algún paraje desconocido e inaccesible para los que tenemos la arrogancia de llamarnos “cuerdos”.
 
Entre incrédulos y consternados, supimos que más de dos decenas de enfermos mentales habían fallecido por estos días de inusual invierno en el Hospital Psiquiátrico de La Habana (Mazorra). Casi nadie podía o quería suponer esto pudiera ocurrir en Cuba. La prensa oficial, aunque tarde y remisa, se vio obligada a hacer pública la noticia en una nota breve e incompleta, arropando lo ocurrido con los cobertores que faltaron a los orates difuntos, apenas unas pocas líneas que desaparecen bajo la avalancha de imágenes y crónicas de la catástrofe natural ocurrida en Haití. Una treintena de dementes indefensos no compite en las planas de ningún periódico con el impacto mediático de un sismo de gran magnitud, miles de muertos e incalculables pérdidas materiales. Ni siquiera si esos dementes forman parte de la legión de supuestos privilegiados de una “potencia médica” en el país más generoso y humano del planeta; ni siquiera si el cataclismo que los exterminó fue una tragedia social predecible, y por tanto evitable.

Quiero dedicar estas líneas a la memoria de esos infelices enfermos mentales, muertos en total estado de indefensión, sin atención, sin abrigo y sin consuelo. Solo en un sitio muy sórdido, bajo un sistema muy corrupto, podría ocurrir semejante aberración, y apunta que algo muy sucio y pútrido está amenazando con aniquilar lo que queda de bondad entre nosotros. Causa dolor imaginar que en sus espantosas condiciones quizás era más irracional seguir con vida. Hoy los cubanos debemos traer doble luto, porque junto a estas absurdas muertes, muchos habremos sepultado también los últimos vestigios de nuestra despreocupada inocencia.

Ilustración: Uno de los más célebres y conocidos de los locos callejeros de La Habana, El Caballero de París, paseando por la céntrica calle San Rafael, en el centro de la capital.  (Fotografía de autor desconocido para esta blogger)

El derecho a la solidaridad

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Quizás los lectores menos familiarizados con la cotidianidad de Cuba consideren tardío un post en solidaridad con los haitianos, que vienen sufriendo por estos días la tragedia de más muertes y mayor miseria después del violento sismo que les golpeara el pasado 12 de enero. La escasa posibilidad de conexión para muchos de nosotros hace que los trabajos salgan publicados días después de haberlos escrito, y generalmente –como en mi caso- aprovechamos las ocasiones que se nos presentan para enviar varios artículos de una vez a los amigos que nos apoyan desde fuera de Cuba, para que los coloquen online, razón por la cual un blog como Sin EVAsión no puede tener carácter informativo: no puedo reaccionar a la inmediatez de una noticia con un post sobre el tema, salvo las escasas oportunidades en que coinciden la noticia y la conexión.
 
No obstante, he sabido que varios bloggers alternativos han podido pronunciarse en apoyo a Haití y no han faltado quienes aportaran de su propio peculio, modestamente y en nombre de todos nosotros, para ayudar en lo posible a mitigar los efectos de tan dura catástrofe, como ha sido el gesto del colega Iván García, entre otros. Lectores generosos, que suelen visitar nuestros blogs, han tenido la delicadeza de aportar también en nuestro nombre sus donaciones a los haitianos. Lamentablemente, Cuba no cuenta con una institución que nos permita recaudar fondos y enviar nuestros donativos a esa nación, sacudida por una catástrofe tal que en comparación nuestras propias desgracias desaparecen. Con seguridad, muchos cubanos sensibles aportarían de su propio estrecho bolsillo si no fuera porque hasta el derecho a practicar la solidaridad y el humanismo están aquí controlados por el gobierno: no tenemos siquiera la libertad de ayudar como ciudadanos independientes a otros hombres del mundo.
 
La fatalidad de un desastre natural severo en una nación signada por males seculares que la han convertido en la más pobre de este hemisferio, ha sido por estos días el pretexto de una vergonzosa exhibición política por parte de los medios de difusión oficiales en Cuba, como si la sensibilidad y el espíritu de cooperación fuesen patrimonio absoluto del gobierno cubano y sus aliados. Mientras toda Haití llora miles de muertes y pérdidas materiales que se multiplican ante la pobreza general del país, mientras la violencia generada de la supervivencia en situación límite agrava la tragedia, los políticos inescrupulosos aprovechan la circunstancia para criticar a sus enemigos y capitalizar la “solidaridad” gratuita y dirigida desde las alturas; un alarde que deja de ser ayuda para convertirse en despreciable altanería. 
Por eso, y quizás también por la triste circunstancia de ser Cuba y Haití naciones mendigas, muchos cubanos estamos en condiciones de calar la magnitud de su desgracia y sentir como propio el sufrimiento de nuestros vecinos antillanos, solidaridad que crece en nuestros espíritus como parte de la familia humana que perdimos en este evento. Los cubanos podemos imaginar mejor que nunca cuán destructivo podría ser el impacto de un sismo de tal magnitud sobre cualquiera de nuestras propias endebles y empobrecidas ciudades, sobre todo después de venir sufriendo los embates de medio siglo de catástrofe permanente.

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  Trad. ForodeFotos